martes, 2 de junio de 2009

Llama de amor viva

Los cohetes ya anunciaban la alborada de Pentecostés por las Marismas, la Esperanza de Triana, blanca y morena, ya había entrado en La Catedral como la Aurora, pero en el Maestranza, al filo de la madrugada más oscura y resplandeciente, Isolda cantaba su último y arrebatado himno a la noche:

En el infinito hálito
del alma universal,
en el gran Todo...
perderse, sumergirse...
sin conciencia...
¡supremo deleite!


Por fin hemos podido disfrutar del “Tristán e Isolda” en Sevilla. Creo sinceramente que éste ha sido el gran suceso cultural del año, por aquí ya habían pasado “La Valquiria”, “El Holandés Errante” y aun “Parsifal”, pero faltaba el Tristán, no para complacer a la tribu de wagnerianos que un día u otro invadiremos Polonia, no.

Esta obra es la cumbre de la música occidental, esto es, de la música. Sólo en el famoso acorde que le da inicio se contiene una inagotable lección de cromatismo y armonía que se proyecta hacia la atonalidad del siglo XX y más allá.

Se trata, además, de una propuesta moral y estética arrebatadora: la culminación del ideal romántico llevado al extremo. En el viaje que empezamos con Isolda de Irlanda y Tristán de Cornualles sólo nos puede acompañar el amor, la muerte y la noche, nada más, nadie más.

En la teoría de lo imaginario de Durand y Elíade, de las que tanto se abusa, se incluye en el “régimen nocturno” a aquellos símbolos que remiten a la muerte y la oscuridad, a los arquetipos del misticismo, frente a la claridad del régimen diurno:

“Shall I compare thee to a Summer's day?”“¿Te comparé con un día de verano?”

dice Shakespeare, más cercano regularmente al régimen nocturno, en uno de sus más ilustres sonetos, por ejemplo.


No existe una obra más devoradoramente noctívaga que el Tristán en el que el día es, por exceso, sinónimo de muerte, de la vida que es preferible no vivir.

En mi predilección por esta obra, como en mi continua relectura de los “Himnos a la Noche” de Novalis que la alientan, tiene mucho que ver mi noctambulismo congénito.

La noche es el ámbito de lo sagrado, de la creación, de la belleza.

Dice Tristán en el segundo acto:

¡Oh, estábamos, pues,
consagrados a la noche!
¡El pérfido día
dispuesto a la envidia
podrá separarnos con sus ardides,
pero ya no logrará engañarnos
con su mentira!
De su vano esplendor,
de su resplandor jactancioso
se burla la mirada de quién
se consagró a la noche.


O Isolda:

¡Impulsado únicamente por la muerte
fuiste de nuevo restituido al día!


A través de la noche los personajes ingresan en el Cosmos, en un estado de conciencia anterior a la especie en la que el ser trasciende su contingencia y se diluye, como de hecho le sucede a Isolda, cuando muere de amor sin la intermediación de un arma, enfermedad o veneno.

En el Tristán no resuenan las valquirias ni los grandes mitos germánicos, ni los coros de Los Maestros Cantores o las sensuales danzas del Tannhäuser. En el más allá, en la cenagosa e indefinible Irlanda, en la brumosa e inalcanzable Cornualles, en el Finis Terrae de nuestro imaginario, al borde del abismo, resuena la voz de Caronte que llama a la muerte antes del tiempo.

El filtro de amor para Wagner no es más que un resorte, ni siquiera una excusa, para hacer estallar lo que ya latía y por eso trasciende cualquier leyenda, precipitándose peligrosamente cualquier exégesis hacia las interpretaciones más freudianas, y acaso improcedentes, sobre Eros y Tánatos.

Es sabido que Wagner incorporó a su partitura el nostálgico aviso con el que bogan los gondoleros venecianos y que en esas calles de agua, majestad, podredumbre y lujo, donde a la postre encontró la muerte muchos años más tarde, concibió y terminó esta obra que podría ser un retablo decadente y novísimo, derrumbado y sumergido ya para siempre en el mar de los teatros, pero que el genio absoluto que fue Wagner elevó a la cima del arte total.

Así, El Tristán es, sino la más mediterránea, desde luego la menos germánica de las óperas de Wagner, pues su monolítica concepción romántica está preñada de sensualidad lírica.

La Sinfónica de Sevilla sonó como pocas veces (hay que decir que cada vez mejor) muy empastada, brillante y sutil, alimentando continuamente la hoguera de la música, a la que los cantantes, que en las obras de Wagner son instrumentos de viento poderoso, aportaron el portentoso torrente de su voz sin desfallecer durante cerca de cuatro horas y media, lo que es un milagro.

Como otro milagro ha sido la puesta en escena, clásica, esto es, romántica, modernista y prerrafaelita: aprovechando las curvas, las volutas de una imaginaria góndola que hacía las veces de leit-motiv visual conformando una espiral aúrea que contuviese la salvaje vegetación donde la noche se enciende en el segundo acto, el buque que navega perdido por las brumas célticas en el primero, el castillo en el que Tristán agoniza en el último.

Sobre una leve gasa que difuminaba la luz se iban proyectando lunas, soles, astros, bruma, estrella azules y todo tenía el matiz de los sueños.

Hemos ingresado en la noche eterna de Novalis, despreciemos el día, la luz violenta en la que no se escucha el corazón de los hombres.

T. S. Eliot, que lo sabía todo, en la desesperación estéril de la Tierra Baldía hizo brillar, dentro de los cristales de su espejo roto, el grito que abre el Primer Acto del Tristán, el canto del triste marinero

Frisch weht der Wind
der Heimat zu:
mein irisch Kind,
wo weilest du?

El fresco soplo del viento
hacia la patria nos lleva:
mi niña irlandesa,
¿dónde estás?



En el siglo XX que empezaba no había lugar para Isolda, sólo para la esterilidad y el vacío moral que nos da náuseas también según avanza el XXI.

Pero el manto de la noche nos ha cubierto y bendecidos por la belleza hemos salido del teatro de La Maestranza ungidos por la luz de la Noche Eterna.

3 comentarios:

Javier Sánchez Menéndez dijo...

Largo, largo fue, pero mereció la pena.

José Miguel Ridao dijo...

¡Qué envidia me das, José María! Yo estoy en un período de sequía musical forzosa, pero nunca dejo de escuchar a Wagner. ¿podré algún día peregrinar a Bayereuth?

José María JURADO dijo...

José Miguel, según se sabe deberíamos solicitarlo con años de antelación, sólo a quien persiste al cabo de 7 ó 9 intentos -dicen-se lo conceden.

A punto estuve de hacer el papeleo... en la web del Festpielhaus se explica cómo ¡y hay que enviarlo por correo ordinario!

 
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