martes, 31 de julio de 2012

Plaza de la Palabra

Estas son las palabras que dije, a propósito de la obra de Santos Domínguez, en la presentación de "Plaza de la Palabra", el pasado mes de mayo, en La Casa del Libro de Sevilla.

 
PLAZA DE LA PALABRA
Santos Domínguez
Editora Regional de Extremadura
Casa del Libro de Sevilla, 25 de mayo 2012


Para dar una respuesta civil a la sublime pregunta que Félix Grande ha inscrito en el arco salmódico que a manera de obertura nos da paso a esta Plaza de la Palabra, Santos, ¿tú quién eres?, empezaré por facilitarles los mínimos datos pertinentes: Santos Domínguez Ramos es un poeta nacido hacia la mitad de un siglo trágico en una olvidada y remota ciudad del imperio austrohúngaro llamada Cáceres, en uno de cuyos más vetustos gimnasios enseña Lengua y Literatura. Lector voraz y prodigioso, cada tarde, mientras su vista se demora sobre las torres antiguas y el vuelo grávido de las cigüeñas, envía una reseña puntual e infalible a los confines digitales de las últimas provincias que es leída y discutida con admiración en los ateneos, logias y cafés por los jóvenes oficiales y las células revolucionarias de la Literatura. Antes que anochezca, si acaso no lo interrumpe un telegrama anunciándole que tal o cual burgo lejanísimo ha tenido a bien concederle alguna distinción en reconocimiento a su obra, que el aceptará entre humilde y escéptico, anotará unos versos o acabará un poema y luego nevará, porque siempre nieva en los poemas de Santos.  “Santos, ¿tú quién eres?”. 

[Doy por hecho que hoy, reunidos en esta plaza de la palabra, estamos entre amigos; no obstante, por si acaso, especificaré que Santos Domínguez Ramos (Cáceres, 1955) es autor de más de una decena de libros de poesía, entre los que destacan Pórtico de la Memoria, el primero, publicado en esa ciudad de fronteras que es Badajoz en 1994, Las provincias del frío, La flor de las Ceniza, En un bosque extranjero, Para explicar la nieve o, el más reciente, Luna y Ciencia Nocturna, de 2010, que a mí me parece un libro mayor en su trayectoria. Algunos de estas obras han merecido premios como el Gerardo Diego, el Jaime Gil de Biedma, el Ciudad de Irún o el Premio Alegría de Santander.]

Santos, por otra parte, no es nuevo en esta plaza, el Ayuntamiento de Sevilla le concedió el premio Ángaro de Poesía en 2009, por su libro Para Explicar la nieve, a cuya feliz entrega asistí una inolvidable tarde de octubre en el Alcázar. Por otro lado, edita diariamente la Revista Digital “Encuentros deLecturas”, donde ejerce una intensísima actividad crítica, fiel a la máxima de Auden de que “reseñar libros malos no es sólo una pérdida de tiempo, sino también un peligro para el carácter” y que para mí es un prontuario ineludible para estar al corriente de las novedades editoriales de interés. (Particularmente les recomiendo el especial que, a modo de resumen semestral, está publicando estos días con motivo de la feria dellibro de Madrid).

La “Plaza de la Palabra” que hoy nos congrega propone, de la mano de su propio autor, un recorrido coherente por estas casi dos décadas de creación y conocimiento poético, de alucinación visionaria y  cultivo órfico. Una trayectoria desde la raíz iniciática y mineral del lenguaje, con reminiscencias del grupo Cántico en sus primeros libros, que hoy podrían parecernos incluso candorosas si no supiéramos que en los años noventa significaban una posición estética de vanguardia frente a la todopoderosa poesía de la experiencia. Los ecos y las voces de esa guerra en la que perdió la Literatura (y de la que Santos dejó un excelente recuerdo en su ensayo “Memorial de un testigo”) aún resuenan por desgracia, más de lo que se cree. Nuestro canon, pese a la confusión digital, no es ajeno a ciertos vicios críticos. Una trayectoria que arranca, decía, en una Plaza del Sur, en un escenario arcádico y fraterno donde “los alminares sonoros dan la espalda al tiempo” y “late la hora en el corazón mestizo”. De esta etapa soleada apenas ha dejado Santos tres o cuatro poemas de cada libro, pero precisamente entre ellos, en el que da título a la Antología, “Plaza de la Palabra”, el poeta, ahora más desengañado, no quiere renunciar, sin embargo, al recuerdo de un sueño en que la vida era una algarabía bajo el viejo palmeral.

De la raíz telúrica de este oasis mediterráneo, de luces violentas y barrocas avanzamos in crescendo hacia la cristalización pitagórica de la ciencia nocturna, cuando el poema es un prisma con el que invocar a la tierra, al aire, al fuego, al agua en la imprecisión anfibia de un paisaje en Doñana o con el que interpretar, sobre el abismo de los pájaros, como los viejos aurúspices de Roma, la misteriosa evolución de los ángeles y sus vocalizaciones, el poema como un objeto mágico capaz de conjurar el rostro de Caronte justo antes de ingresar en la blanca locura de un cuadro de Caspar David Friedrich.




No sé en qué momento de la vida de Santos empezó a llegar la nieve, en aquella comarca del imperio de la que viene no abunda demasiado, aunque siempre cae la nieve en tierra de fronteras. En un poema memorable de Li-Po, quizá el lírico más grande, escrito en el siglo VIII y cuya caligrafía, traída de China, preside con su luz lunar el pasillo de mi casa, se lee:
A los pies de mi cama un resplandor lunar;
acaso sea la hierba cubierta de hielo.
Levanto la mirada; veo la luna.
Bajo mi cabeza y recuerdo mi hogar.
Porque los poetas verdaderos, o al menos los que a mí me interesan, casi siempre escriben bajo el asombro de lo que Gilbert Durand llamaba en su “Estructuras antropológicas de lo imaginario  el régimen nocturno. En el arco parabólico que va de la luna a la nieve, está el universo simbólico de Santos Domínguez: el lugar del extranjero, el reino de los hielos, la flor de la ceniza, la liturgia solemne de los últimos trenes, la ventisca, la blancura transparente de los ángeles, el último aceite que arderá en la lámpara votiva.

Esta letanía expatriada es también una postura moral, fraterna, y por eso le pregunta Félix Grande al poeta en su prólogo “¿quién eres?” Porque sabe que en su canto sagrado está acogiendo su propio sufrimiento, su propio reflejo en una poesía que es revelación del dolor universal, música de las esferas, sí, pero, sobre todo, música del llanto.

Hija del limo, el sustrato subyacente de la obra de Santos, como tan bien explicó el gran maestro mejicano Octavio Paz al referirse a toda la poesía moderna y la de Santos lo es, es la ausencia de Dios, es –por antítesis- una poesía de naturaleza sobrenatural y aun religiosa que no desdeña, antes al contrario, el don de la profecía, la danza del chamán, sobre ella gravita la pregunta que el genial Terrence Malick se hace al principio de esa obra maestra del cine que es el “Árbol de la Vida”, la pregunta con la que Dios impreca a Job:

¿Dónde estabas tú cuando puse los cimientos de la tierra mientras los astros de la mañana cantaban a coro y aclamaban todos los hijos de Dios?”

Es la misma pregunta que la que se hace Félix Grande y la que nos hacemos nosotros al leer su poesía. Nada sabemos más allá del “desorden nevado de la muerte”, para no precipitarnos en el silencio pétreo de Scardanelli -Hölderlin asediado por el mutismo en la torre dorada de Tubinga- en el gran dolor del mundo. Abrazamos la palabra consoladora, la cifra secreta y avanzamos bajo el sol como los errantes hijos de Caín

Ya lo dijo su querido Wallace Stevens: “Cuando se deja de creer en Dios la poesía es esa esencia que ocupa su lugar para que la vida resulte aceptable”.

Orfeo, Pitágoras, Casandra, Tiresias, que es lo mismo que decir Rilke, Eliot, Emily Dickinson o Saint John Perse, esta es la estirpe del poeta en cuya obra, en palabras de Miguel Veyrat, “se adivina un cierto deseo de retorno […] hacia aquello que nunca debió desviarse para siempre de la gran Tradición lírica de nuestra lengua”, lo que se aprecia desde el momento cero de la obra de Santos, ya me referí antes a las reminiscencias barrocas de Cántico. Él construye su poesía desde el lenguaje, como viga maestra, sobre la piedra angular del aforismo de Stevens, “la lengua es un ojo”, y que el propio Stevens revisitó en otros aforismos, menos concisos, que pueden explicar esta esencia mágica y religiosa de esta poesía:

 "
No hay diferencia entre dios y su templo.

Tal vez exista un grado de percepción en que lo real y lo que se imagina sean lo mismo: un estado de observación  clarividente, accesible o quizá accesible para el poeta, o, pongamos por caso, para el poeta más agudo.

La lengua revela cosas de las que no éramos conscientes antes.
"
No es de extrañar, por tanto, que la figura retórica que más abunde en su poesía sea la hipálage, la hipálage que en su caso podríamos llamar sagrada. En esta forma –hermana filosófica y meditativa de la sinestesia- se produce un desplazamiento tectónico de cualidades, una traslación de significantes, un exilio de las palabras que perfeccionan su decir errante. Vemos algunos ejemplos:

Pienso en el desorden nevado de la muerte.
La música oscura de las constelaciones
El insomnio amargo del ausente

Al final del libro Santos nos ofrece su poética, como nos la ofrece en cada generosa cita con la que enmarca sus poemas, y yo me siento hermano de la misma aunque desde otra cosmogonía, eso sí, pero cosmogonía o cosmo-agonía a fin de cuentas. Creo en la naturaleza matérica de la palabra, en el bosque de los símbolos, en la visita a ese país extranjero donde Lorca situaba la inspiración, en la imagen como piedra angular de la creación poética.

El sentimentalismo ha hecho mucho daño a esta poesía, que es la verdadera, la de nuestra tradición, la española y la humana, porque no solo hay lenguaje e imagen en Góngora o Quevedo, en Neruda, Cernuda o Aleixandre, padres irracionales de la poesía de Santos Domínguez, también en Lope, en Bécquer, en Aldana, que se veía a sí mismo desvalido y solo, igual que tu herido sujeto poético: 

“yo soy un hombre desvalido y solo,
expuesto al duro hado cual marchita
hoja al rigor del descortés Eolo
;“

Digo que también en Lope, en Bécquer, en Aldana o en la “Epístola Moral” existe una osadía verbal; con “antes que el tiempo muera en nuestros brazos” termina el anónimo sevillano, el fuego de Prometeo, que otros han confundido con una linterna barata.

Y me siento también hermano poético de algunos de sus temas, de los grandes temas de la pintura y la música, Mahler, Vermeer, Messiaen, que han sido recogidos en una antología temática de Santos, paralela a esta, “Las alas del poema”, felizmente editada por la Asociación Cultural Norbanova por intermediación de Jesús María Gómez Flores.

Acierta la Editora Regional de Extremadura con esta publicación que nos da diez libros en uno y uno en diez. La calidad del libro es máxima, una imprenta secreta de belleza austrohúngara como Insel und Verlagt, la editora de Rilke.

La plaza de Fez de los primeros poemas ha sido sustituida en la portada, porque ha nevado mucho desde entonces, por la Place Vendôme, donde algunos celebrarán el derrumbe de la columna imperial por la Comuna de París y donde otros quizá preferimos llorar a Chopin, que entregó allí el Espíritu bajo el sibilante peso del régimen nocturno, pero donde todos, de día y de noche, somos felices y consoladoramente acogidos.







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