lunes, 8 de julio de 2013

Un cuento barroco (I)


Aunque en la Puerta de Carmona aún colgaban los cuerpos desmembrados y hediondos de los matarifes, la ciudad excesiva ya había casi olvidado el horrendo estupro y asesinato de las tres hermanas Guichot. Desde el macabro hallazgo hasta el expeditivo ajusticiamiento de los criminales las algaradas no habían dado tregua a una autoridad débil e incapaz, superada por la brutalidad de los hechos. Solo entonces, cuando por fin había corrido la sangre y los pliegos de cordel aventaban en las plazas y mercados el perfume truculento de una historia con principio y fin, me adentré en el laberinto de callejuelas y palacios, de muelles y malbaratillos, para prestar el último servicio a Su Excelencia.[1] 

Las tres señoritas Guichot, de once, trece y diecisiete años, habían desembarcado en Sanlúcar procedentes de Francia la víspera de la Epifanía del Señor. Las acompañaban su ama, otras dos doncellas de compañía y al menos tres lacayos de librea. El ocho de enero del corriente ya se hallaban instaladas en Sevilla en uno de los palacios del Duque de Medinaceli donde debían aguardar a su padre, el Barón de Guichot, socio eminente de la facción francesa y consejero personal del  Marqués de Harcourt,  embajador en Madrid del Rey Luis.
 
  ¿ Continuará...?

Sevilla, Puerta de Carmona, s. XIX



[1] Esta es copia sucinta y extractada de la crónica que por mandato del Conde de Oropesa, valido de Su Majestad el Rey Carlos, hube de compilar antes de pasar al Perú como habíamos capitulado. Debo guardar mi identidad, pero esto no será importante para el caso, o acaso no completamente, baste saber que mi no menguada alcurnia y la dadivosidad del Conde me proveyeron de un acceso ilimitado a los escasos testigos y confidentes [N. del A.].


                                                                                                                                 


No hay comentarios:

 
/* Use this with templates/template-twocol.html */