viernes, 12 de julio de 2013

Un cuento barroco (IV)

El treinta de enero, solo dos días después del envío de la carta cuyo contenido Monsieur Guichot no quiso revelar a las autoridades, se personó en el Palacio del Duque un caballero de hasta cincuenta años de edad, de buen porte, enjuto y cano, conminando al ama y a las muchachas a abandonar inmediatamente Sevilla para reunirse con su padre en Écija adonde serían conducidas en un carruaje, listo ya en la puerta y asegurado por cuatro jinetes armados y fiables. Hacía valer para ello un salvoconducto real expedido por su Excelencia y dado en Córdoba el mismo día veintiocho. Varios vecinos vieron bajarse al hombre del coche, pero ninguno acertó a identificarlo, aunque todos los testimonios eran coincidentes respecto a dos cosas: que fue el mulato Juan quien franqueó la puerta y que su borrosa descripción se correspondía con la transcrita más arriba. Estos mismos testigos, sin embargo, no aportaron apenas información sobre el cochero, salvo que iba embozado,  ni sobre la escolta, que pudo llegar algo después.

Los otros dos criados y las damas de compañía aún dormían cuando el caballero accedió a los patios y entabló conversación con el ama, al parecer en términos airados y en un idioma que no era ni español, ni francés y que ellos identificaron como tudesco u holandés. Impresionados por el inusual tono de las voces permanecieron quietos en sus cubículos y al no ser requeridos por el ama tampoco ayudaron en el arreglo de las muchachas ni en el transporte de los baúles, cuestión de la que se encargó también el mulato.

En Castilla nadie ignora la rivalidad entre su augusta persona y el Embajador de Francia acerca de la cual el ama estaba especialmente prevenida por  lo que  es de suponer que algún otro documento más persuasivo, -¿la carta del barón?- acompañaban al salvoconducto cuya falsedad tuve luego ocasión de dictaminar como buen conocedor de su casa.  

Cómo y por qué fue que la dueña no acompañó a las niñas ya no se sabrá nunca. Aterrorizada ante mi presencia apenas supo balbucir algunas maldiciones en flamenco. Durante la vista de la causa, muy consumida por el dolor, la fiebre y los remordimientos e incapaz de mirar a los ojos coléricos de Monsieur Guichot, explicó que nadie puso en duda que aquel coche lo había enviado el barón, ni tampoco la autenticidad del pasaporte expedido por gentileza del Conde de Oropesa extrañamente apiadado de la suerte de las jóvenes pese a su secular enemistad con los partidos franceses y movido a ello quizá por las reiteradas súplicas de su padre o por los principios elementales de la diplomacia entre dos reinos todavía aliados, según le había trasladado el extraño caballero aquella noche. Ante la pregunta de si no le resultaba rara la coincidencia de ambas personalidades en Córdoba su respuesta fue evasiva, pero convincente: que aunque medrosas del viaje las niñas estaban cansadas de aguardar en Sevilla debido a las inhóspitas condiciones de la residencia del Duque y que, puesto que ningún asalto más se había reportado en las últimos semanas e irían tan bien escoltadas merecía la pena que ellas acometieran la aventura y que quién era ella para dudar de una cédula real o desobedecer las directrices terminantes que llegaban en nombre de Guichot.

Pero, ¿por qué no las había acompañado? Esas eran también las inflexibles instrucciones del caballero alemán y solo la terrible desgracia sucedida evidenció el error de esa obediencia. Si hubo además otra, ya se ha ido a la tumba con ella. Que Dios la tenga en su gloria.

[¿Continuará...?]


Palacio de Peñaflor. Écija.


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