lunes, 15 de julio de 2013

Un cuento barroco (VI)

Ninguno de los acusados se hubiera podido proclamar inocente, aun así hubo que contener a la multitud para evitar algo peor que un linchamiento. Los tres gañanes, corpulentos y cretinos, apenas si se hacían entender con sus gruñidos y muecas; subalternos ocasionales en las cuadrillas de bandoleros merodeaban esos días ayunos de diligencias por las alquerías, robando gallinas. También se los había visto deambulando por los muelles del río buscándose la vida como ganapanes. Eran tantas las torpezas acumuladas en la ejecución de los crímenes, tanta la bestialidad desatada que los propios jefes de las bandas los delataron, casi podría decirse que en defensa propia, a la vista de los varios tumultos que se desataron y de las patrullas de hombres armados que, liderados por los agitadores de uno y otro partido, salieron a la Campiña reclamando venganza.

Dejando aparte la cuestión de que aquellos monstruos hubieran declarado cualquier cosa con tal de esquivar el menor de los tormentos, la presión popular llegó a ser tan fuerte que no hubo tiempo para un interrogatorio más profundo, parecía sin embargo evidente que alguien –un hombre bien vestido, un extranjero- los había reunido una noche en un callejón del puerto y les había adelantado una buena suma. Luego ellos se habían excedido en su trabajo, espoleados por la lujuria y la impunidad ya que cuando no circulaban las postas era mínima esperanza de auxilio. 

Se cursaron algunas diligencias entre los miembros eminentes de las principales comunidades extranjeras en Sevilla, principalmente entre los mercaderes alemanes y el cuerpo consular imperial, para identificar al supuesto autor intelectual de la barbarie, pero al populacho le traen sin cuidados las razones últimas y había que apaciguarlo a toda costa. No corren buenos años para la ciudad cuyo esplendor declina como el sol de Austria.

Ante la desesperación del Barón, que apeló hasta el último instante todas las fases de la vista para demorar en lo posible la segura eliminación de tres de los únicos cuatro testigos con vida que hubieran podido identificar al caballero, -siendo además previsible que una acusación en solitario del ama podría resultar insuficiente- esta se resolvió muy rápidamente. La audiencia, acuciada por la urgencia de dar una solución a los disturbios, tampoco se interesó lo suficiente por este personaje, llegando incluso a sugerir que su relación con él se trataba de una invención de los palurdos para aminorar su culpa y que había sido motivada por la declaración de las doncellas y lacayos quienes, por su parte, se limitaron a añadir en su comparecencia que, más allá de la precipitación de la salida y de la muerte del mulato, de origen incierto y amigo de trifulcas, nada había perturbado la paz del Palacio de Medinaceli hasta el retorno de Monsieur Guichot.

Sevilla, Giralda y Catedral desde la Calle Alemanes


[¿Continuará?]

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