viernes, 26 de diciembre de 2014

Burladero Baudelaire (XII y FIN)

Capítulo V
Capítulo IV
Capítulo III
Capítulo II
Capítulo I 

Regresé por fin a París una mañana de mayo. Entré por la parte norte, pero, pese al brillo calcáreo aunque algo más desvaído de las cúpulas del Sacré-Cœur,- siempre en la cúspide de los panoramas-, tardé en reconocer aquellas vistas queridas en las que el camino rural se transforma en calleja primero y las casas van sucediendo a las parcelas y molinos emparrados. Habían arrancado la mayoría de los viñedos y las callejuelas de tierra eran mucho más anchas y estaban empedradas.

No había casi nadie en las calles, de cuando en cuando pasaba una camioneta militar repleta de soldados, pero con un uniforme que yo no conocía. Rodeado de la bruma persistente que me precedía, tampoco en la ciudad resultaba yo visible para nadie. Di varias vueltas alrededor de la colina hasta que, movido por el dolor o la curiosidad, encontré o creí encontrar el lugar donde, al menos, podría, ya que había perdido toda esperanza, reclamar alguna explicación.

El oscuro y ciego callejón estaba tapiado, en su lugar una puerta alta y estrecha de madera, sin timbre ni aldaba y pintarrajeada de blanco, exhibía un cartel mal clavado cuya tipografía no me era desconocida, en letras grandes y rojas, perfiladas en negro, podía leerse: PCF S. XVIIIE A.[1] 

Llamé varias veces, pero no hubo respuesta.

Evité pasar junto a la casa de mi madre. Un andamio horrible enfundaba el campanario y las vidrieras de Saint Germain l'Auxerrois y en los almacenes de la Samaritaine, también vacios de gente, había crecido una pátina óscura y decadente sobre los mosaicos.

Crucé al otro lado del río por el Pont Neuf. Al asomarme al Sena, que aún discurría plácido y sereno, como en mañana de domingo, me pareció percibir un tumulto lejano. Subí camino de la Sorbona por Saint Michael, como en mis primeros años de estudiante. En los balcones de los edificios colgaban banderas rojas y negras cuyo significado se me escapaba y enormes sábanas blancas en las que podían leerse frases absurdas para alguien recién llegado del frente como “Debajo de los adoquines está la playa”.

La lejana algarabía creció hasta convertirse en un tropel que corría en todas direcciones gritando consignas, coreando estribillos y lanzando octavillas de papel. Más lejos se adivinaban los cascos de algunos caballos y el inconfundible y perfeccionado aroma del gas lacrimógeno.

Entonces lo vi.

Envuelto en un apretado jersey morado de cuello alto, rodeado de alumnas bellísimas y discípulos desgreñados, siempre apoyado en su bastón, avanzaba en volandas por el bulevar dando órdenes precisas a unos y a otros. La gendarmería no se atrevía a rozarlo por su calculado aire de maestro o filosófo que extendía ante él y los suyos un halo protector. La comitiva tenía el aire de aquellas fiestas que yo tan bien conocía, a su paso se sumaban más y más jóvenes que, como en el cuento de Hamelín, arrasaban con todo y eran ya legión.

Al pasar junto a mí la niebla se disipó y yo me estremecí esperando lo peor (¿y qué podría ser ya lo peor?), sin dejar de atender a la cuidada puesta en escena de su parada clavó en mí sus ojos vidriosos mientras con la punta del estoque, que para él hacía las veces de bastón, señalaba la enorme pintada a mi espalda: " Yo decreto el estado de felicidad permanente." 

Y me fui tras él.

FIN


[1] Parti Communiste Français Section du 18E Arrondisement.  Partido Comunista Francés, sección del distrito XVIII. NOTA DEL EDITOR.



No hay comentarios:

 
/* Use this with templates/template-twocol.html */