jueves, 25 de junio de 2020

Segunda Ola

Cuando yo era un niño no mucho más pequeño de lo que ahora soy me di cuenta de que la mayoría de los otros niños desobedecían las normas de los mayores, en la escuela sobre todo. 

Además, ni los castigos se cumplían, ni había grandes perjuicios para los reos, en caso de que fueran identificados. 

Pero yo cumplía, aunque el cumplimiento de esta norma solo satisficiera a mi yo interior y a quienes, entes metafísicos o reales, ejercían su autoridad sobre mí. 

Esta desobediencia la continué observando, con mayor intensidad, en el bachillerato, en la universidad y, particularmente, en el trabajo. 

Suelto ya a la red de la vida concluí que cumplir no servía más que para aplacar la conciencia y -en la mayoría de las ocasiones- para hacer el bien, sin que se dedujera de esto necesariamente que quien no cumplía hiciera el mal. 

Mi experiencia en la vida me ha enseñado que solo la fuerza física o la punitiva (multas) y únicamente cuando está presente, doblegan puntualmente la voluntad de las personas. Aunque en general la autoridad -no sé si por qué formara parte en su juventud del grupo desobediente- se aplica siempre con más intensidad y denuedo sobre las personas más cumplidoras; de suerte que ya es un clásico -que todos los niños buenos hemos vivido- el que el guardián de turno levante la mano al que va antes o después que tú y tú pagues por algo que es un episodio secundario de la norma. 

Yo creo que de aquí nace mi largo historial de disputas con la autoridad, civil, religiosa, temporal, que me ha llevado a arrastrar un rosario interminable de pleitos pobres. 

Tener finalmente la razón vale para muy poco. 

De esta experiencia, de este conocimiento sobre la forma humana, está el hecho de que no espere nunca lo mejor de mis congéneres -y vea como un don o un milagro hasta el simple hecho de cumplir- y dé por consumado o irremediable el caso peor. 

Es por tanto pecar de ingenuidad extrema el apelar a que la gente cumpla las normas de distancia social cuando hay tantas normas que no se cumplen y que aunque la mayoría cumpliera bastaría con que no la cumpla uno para que no valgan para nada. 

Es imposible acabar con la economía sumergida del COVID,que se manifiesta, ya lo dijimos, con mediana claridad en el refranero español: "el muerto al hoyo y el vivo al bollo". 

Pienso que en relación al virus habrá que asumir sin más que habrá confinamientos intermitentes en pequeñas zonas y que con el tiempo nos iremos acostumbrando a que cada temporada la enfermedad degüelle a algunos de los nuestros, como tantas enfermedades que en el mundo son.

Es decir, que la esperanza de vida ha bajado y que los riesgos de morir son más. Para que esto no sea un problema lo único que se puede hacer ahora es ampliar el número de camas y redimensionar las funerarias. En esto me gusta recordar lo que dijo Gutiérrez Solana sobre el cementerio de Plasencia en su "España Negra": es muy grande, señal de que aquí debe de morir mucha gente. 

La gran ola gigante de Kawanaga nos va arrastrar a todos, llevemos mascarilla, que yo la llevo -y cumplo-, o no.

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Hokusai. Gran ola de Kawanaga

2 comentarios:

Manuela Fernández dijo...

Según Sócrates, quien hace mal es por ignorancia. Tal vez el impedir que las imágenes de los ataúdes apilados en las morgues habilitadas para ello, el viralizar el loable empeño de los sanitarios por hacer más llevaderas las horas de sufrimiento de los enfermos, el banalizar el confinamiento con el jijí-jajá de los balcones..., haya provocado que ahora se minimice la letalidad del virus.

SAludos.

José María JURADO dijo...

Totalmente de acuerdo contigo, Manuela.

También el impedir que la gente saliera a caminar o hacer deporte antes, incrementando el deseo irrefrenable de vivir.

 
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