miércoles, 8 de abril de 2020

Diario del Año de la Peste XXV ("La magdalena siniestra de Proust")

La magdalena de Proust es probar una torrija recién hecha mientras el remoto vaho del incienso llega del vecindario.  Queda el tiempo en suspenso y el presente abolido. Por el hondo torrente de la sangre el corazón alcanza la memoria sagrada de lo que un día fue belleza inexpugnable.

De pronto, de las calles vacías y en silencio -largos cañones por donde sopla el vacío ignoto de la naturaleza que ahora ocupa el espacio que la civilización arrebató- asciende una música sabida.Tras el palio de plata y oro del recuerdo el corazón se encadena y el tiempo recobrado nos devuelve a la edad remota de la inocencia.

Pasa la Candelaria por el jardín de fuego del deseo imposible cuando era bella la vida.

Pero termina el pellizco de la dulzura y tras el último platillazo de la banda volvemos otra vez a la realidad funesta de las pantallas frías.

Según la televisión del gobierno parece que en España estamos todos de picnic, narcotizados por el exceso de información el duelo es invisible.

Pero la OMS que nos gira visita dice que lo estamos haciendo estupendamente.

Que le parecen de maravilla los más de 15.000 muertos.

martes, 7 de abril de 2020

Diario del Año de la Peste XXIV ("Gaia")

El gran giro copernicano  (nunca mejor dicho) que el cristianismo imprimió a la historia de las religiones y la elevó a un plano superior respecto a las otras creencias históricas fue la sustitución de un Dios vengativo (lento a la cólera, sí, pero colérico) por un Dios menor, compasivo y amoroso.

Frente a los dioses despiadados que castigan a los hombres y les exigen cruentos sacrificios la religión del amor (la charitas) abría una brecha ética que ni siquiera el siglo de las luces logró salvar y que todavía en el siglo XIX dio origen al comunismo en su versión utópica primero y revolucionaria -el jesuita Naphta en la Montaña Mágica- y atea al fin.

No deja por eso de admirarme que después de tantos siglos de relación con la divinidad sea nuestra era la que sucumba ideológicamente al presupuesto de que hemos sido castigados por nuestros actos por un ente superior llamado Gaia, esto es, la madre tierra o la naturaleza.

Según esta tesis, que prolifera en mil formas, los humanos seríamos los responsables de la tragedia que ahora nos aflige por nuestra actividad dañina y depredadora y la tierra, habiéndose erigido en Ángel Vengador, nos hace pagar por nuestra rapiña y se cobra en nuestros ancianos un tributo de sangre del que exonera a los niños y su inocencia. En definitiva, dice el mantra, el virus somos nosotros. 

Es decir, retornamos a la antigüedad, a la religión primitiva, a una relación con las fuerzas de lo desconocido en que asumimos nuestra condición de rompeolas de lo incógnito. Ciertamente no está de más citar en este punto a Chesterton cuando afirmaba que se dejaba de creer en Dios para creer en cualquier cosa.

Los dioses oscuros: Shiva, Visnu, Thor, Osiris, bailan en lo alto la danza macabra de las condenaciones y envían al virus coronario como el rayo de Júpiter a los hombres ominosos.

Y esto, ¿por qué? ¿Qué tengo yo que ver con el virus? ¿Qué los incendios de Australia? ¿Qué los microplásticos oceánicos?

Me temo que nada. Como expresión mística de la frustración humana es una suposición estética preciosa, ¿cómo era eso tan bello del Jefe Indio Seattle?: "el hombre no tejió la trama de la vida, él es solo un hilo".  Quiero decir que en este sentimiento ecologista hay más de espiritualidad zen, que de fundamento causal. 

Es innegable que el ser humano es responsable de sus actos, -siempre que supongamos el libre albedrío, cuya negación termina subyaciendo al término de estas teorías para anular al fin la libertada humana- y que sus acciones repercuten en la destrucción de la casa común, como poéticamente se llama ahora a la tierra, pero no es el ser humano la peor especie de la tierra.

La peor es el virus.

Olvidan quienes militan en estas posiciones, que el ser humano sería también naturaleza -lo decía Lorca en un soneto oscuro ("¡que soy amor, que soy naturaleza!")- y por lo tanto está tan legitimado para fagocitar sus recursos como cualquier virus o marabunta de hormigas.

En esta condenación de la raza humana se obvian millones de años de confinamiento en las cavernas, decenas de miles de años de guerra para domesticar la tierra, miles de años de historia del arte y del pensamiento que culminaron en la subida al Monte Ventoso de Petrarca, cuando surge el sentimiento de admiración ante la naturaleza, en el arranque del Renacimiento que puso otra vez al hombre, desde la razón, en el mismo lugar en que lo había ubicado el Génesis: en el trono de la creación.

No hemos derrotado pestilencias y viruelas sin cuento para que encima nos culpen ahora de la muerte de nuestros mayores.

En la hipótesis de que el virus proceda de la naturaleza lo que hay que hacer es exterminarlo y exterminar las condiciones de vida que hacen que los seres humanos se alimenten de animales inmundos.

En la hipótesis de que proceda del hombre identifiquemos a los culpables exactos, delimitemos esa abstracción de la codicia humana en esos individuos concretos que difuminan siempre su nombre bajo el de la gran empresa, el partido y el Estado.

lunes, 6 de abril de 2020

Diario del Año de la Peste XXIII ("La inteligencia")

En 2008, cuando el terremoto de Sichuan segó la vida de más de 60.000 personas, las autoridades chinas impidieron la búsqueda de supervivientes: ante la magnitud de la tragedia no había tiempo que perder, había que remover la tierra y los escombros y dejar sepultados los cadáveres.

Acostumbrado a la batalla que en estos casos siempre se emprende en occidente -hasta el último recurso por Julen de Totalán- aquella falta de escrúpulos me estremeció y no la he olvidado nunca. No era nueva de todo modos si pensamos en las hambrunas diseñadas por Mao antes y durante  la Revolución Cultural. Además quizá no quedaba otra para evitar las posibles epidemias de disentería o cólera, también esto hay que admitirlo como parte de lo inevitable.

El caso es que cuando China difundió las imágenes de la construcción de los hospitales de Wuhan recuerdo que no pensé tanto en la maravilla de la tecnología china (un tanto exhibicionista, pues el hospital de Ifema presta el mismo o mejor servicio sin tanto alarde) como en la inédita  actitud compasiva del Partido Comunista Chino con sus súbditos.

Me dije cínicamente: se ve que el dinero, una década después, los ha hecho mejores, como si esto fuera posible.

Aquel arca de Noé -si verdaderamente lo era, pues nunca sabremos si formaba ya parte del decorado- debiera habernos puesto a pensar a todos o, mejor, a los que mandan. ¿Qué horror espantoso se estaba viviendo allí para que China, que siempre ha echado tierra por encima, hiciera esa demostración de piedad hospitalaria al mundo por una gripe que solo afectaba a los mayores?

Es incomprensible que los servicios de espionaje -la inteligencia es otra cosa- no presentaran informes más claros -¿o sí lo hicieron?- que hubieran permitido con tiempo suficiente prepararse para lo inevitable. Y no me refiero a España o Italia, pienso, sobre todo, en Estados Unidos.

Esta pieza del puzzle no me encaja -aunque la verdad es que  no me encaja ninguna-, si a los próceres de los años cincuenta no se les escapó el dedo sobre el botón nuclear, ¿por qué no vieron esto?

¿O si lo vieron y esto es solo un ensayo general de algo peor?

"Inteligencia, dame, el nombre exacto de las cosas", que decía Juan Ramón.

domingo, 5 de abril de 2020

Diario del Año de la Peste XXII ("Cofrades a la calle")

Mañana es Domingo de Ramos. En los días previos al confinamiento circuló como un pregón portátil un archivo de audio en el que un entusiasta capillita partidario de las teorías de las conspiración animaba cándidamente a los cofrades de Sevilla a echarse a la calle durante la Cuaresma: 

"Ahora más que nunca (...) llenemos los cultos, las tertulias, las funciones (...) es nuestro momento (...) pasad de las noticias malas, esas noticias hay que huirlas"

y culminaba:

"No os pogáis nerviosos, que nos quieren atacar, no temedle a nada, ahora más que nunca ¡¡¡cofrades a la calle!!!"

Fue el primero de esos locos maravillosos que hacen la figura de "Le fou" en el tarot medieval que nos trajo la pandemia, como los que luego se disfrazaron de dinosaurios o perros, de nazarenos en patinete, de transformistas en el balcón.

Yo entiendo su pasión desatada. Se hace muy complicado explicarla a quien no la ha conocido de primera mano las pulsiones que remueve la Semana Santa en Sevilla: la fiesta más global de una ciudad singular (más extraña que Manila le parecía a Jaime Gil de Biedma), pero también la fiesta la más anacrónica y distante de los valores globalizados de esta era líquida.

Cofrades a la calle.

Un imposible entonces y un imposible ahora, pero no menos imposible e inimaginable que el teatro universal del mundo que la ciudad excesiva lleva siglos poniendo en marcha cada domingo de ramos.

Cofrades a la calle.


En las últimas centurias solo en el año 33 -por la tensión política- no hubo cofradías en la calle, pero aún así la gente vivió en los templos y plazas enfervorizadamente la fiesta. Es fama que "La Estrella", llamada desde entonces "la valiente", se atrevió a salir desafiando a izquierdas y derechas lo que dio lugar a un altercado público que incluso se saldó con un disparo. Tanta es la locura.

Cofrades a la calle.

Porque sin esta locura quijotesca, sin esta pasión exacerbada y barroca no se puede comprender a esta ciudad-estado que aún mantiene vigentes códigos y usos de un mundo desusado que entronca con la intensidad vital de los tartessios, de los fenicios y griegos, de los romanos y árabes, de los castellanos, cuya sangre caliente arde por las callejas.

Cofrades a la calle.

Sí, habría que desafiar a los gobiernos confinadores, a la razón, a la lógica y al virus y abrir de par en par las puertas de las iglesias confiscadas a su pueblo, de esos templos sin plegarias, cerrados y yertos, y echarse al monte de la carrera oficial. Cabalgando a lomos de Rocinante como caballeros nazarenos contra molinos de viento.

Cofrades a la calle.

Y sí, saldremos. La ciudad ha desplegado un amplio dispositivo virtual, los vendedores de inciensos surten a los adictos. Mañana en los balcones, -muchos de ellos de luto, pero engalanados- sonarán las marchas procesionales y se cantarán saetas. Y no será expresión de la frustración sino vivencia purísima, porque todo en esta fiesta es una disrupción de la realidad por la que ingresamos en otro mundo y en otro tiempo. 

Cofrades a la calle.

Ya lo dijo Pascal, "el corazón tiene razones que la razón no entiende", así que mañana, cuando las palmas del cielo proclamen el hossana  sin fin de la naturaleza derribaremos el muro de nuestro confinamiento espiritual, quebraremos las murallas de la cuarentena y nos echaremos a la calle con los ojos del alma.

¡Cofrades a la calle!

Sí, más ahora que nunca, -yo mismo ya lo digo sin comillas ni cursivas-: no os pongáis nerviosos, que nos quieren atacar, pasad de las noticias malas, a esas noticias hay que huirlas.

¡¡¡Cofrades a la calle!!!




viernes, 3 de abril de 2020

Diario del Año de la Peste (XXI Mano de Santo)

Nunca un viernes de más dolores. Este era antes el día más feliz del año, cuando la Semana Santa de Sevilla estaba entera por estrenar. Completa. Ahora, lejos y en la mano, la miramos a través de las pantallas, como si fuera una bola de nieve con un paisaje inaccesible.

Sabemos que en el año 33, la única vez que no ha habido cofradías en la calle, la gente se echó a los templos y la ciudad fue un hervidero primaveral, un enjambre de luz. En este año inédito y maldito la procesión irá más que nunca por dentro.

No quiero hacer encargos al mundo exterior, para evitar lujos superfluos y desplazamientos inútiles, pero no he podido evitar sucumbir a la compra de incienso. Nunca lo he quemado en casa, porque estaba en la calle, como tampoco tengo por costumbre ver vídeos de pasos, siempre he optado por la realidad o por los ojos del alma.

Nuñez de Herrea, en su "Teoría y realidad de la Semana Santa" usa la palabra televisión, algunas décadas antes del invento, para describir cómo los compadres ven en la alta madrugada de la taberna la entrada del Gran Poder en el vidrio de sus copas de manzanilla. 

Nosotros también miraremos este año los "vídreos" y nos sumergiremos en las hipnóticas volutas de los ángeles turiferarios, no podemos permitir que el nivel de incienso en sangre descienda por debajo de ciertos umbrales incompatibles con la vida.

Para un sevillano, por fino, frío y cacereño que sea, no habrá mayor tragedia que esta reducción del índice incensario que trae el Rey Gaspar de la India por Reyes, cuando el Gran Poder celebra su quinario.

No queda otra, tenemos que ser aplicados en el uso de la tecnología medieval que el estado ha dejado en nuestras manos para vencer la enfermedad de la covidia: confinamiento y oración.

Tras la barbacana de la muralla y tras los cristos en rogativa, esperando -que siempre llega y no se sabe cómo- el día en que la peste huya, se volatilice inmunizada.

Porque además es el único remedio que a lo largo de los siglos se ha mostrado plenamente eficiente. Las vacunas son para los ricos y los respiradores para los turcos: tendremos que ir otra vez a Lepanto a por ellos en la ocasión más grande que verán los siglos. Otro día.

A nosotros ahora nos queda la catacumba y la procesión virtual, sin antifaz, pero con mascarilla, que ni eso.

Ah, y lavarnos las manos, manos de santos.


Diario del Año de la Peste (XX. "El libro de los números")

Las cifras son pavorosas. Quien más quien menos cuenta ya una pérdida entre sus allegados, sus conocidos o reconocidos. Pero seguimos sin ver el rostro de los muertos. La censura new age dispone, para no minar la moral de la tropa, que no doble la campana. Pero las campanas están doblando cada día a las ocho en punto de la tarde en los balcones.

A este número se suma hoy el guarismo terrorista del paro, que no sería tan amargo si tuviéramos la certeza -pero el virus nos ha enseñado que las certezas no existen- de que alguna vez saldremos de las catacumbas.

La dimensión planetaria de la pandemia es solo comparable a la de las guerras mundiales, aunque nunca antes hubo tantos miles de millones de humanos escuchando las sirenas antiáreas y bajando a los refugios anti bombardeo.

Lo mismo que Hiroshima selló la tensa paz del átomo entre dos bloques de hielo y el 11-S reabrió la grieta de las brutalidades, solo cabe esperar de este virus sin fronteras incorpore un nuevo paradigma al mundo.

Pero qué ingenuidad la mía, no hay virus que nos mejore ¿Sabe alguien, por ejemplo, algo del virus ahora en África?

Cuando examinamos la historia de las revoluciones nos resulta indecente que los nobles y los burgueses vivieran al margen del dolor de los parias de la tierra. No eran sin embargo muy distintos a nosotros respecto al tercer mundo, como si el mundo no fuera solo uno. Los medios de comunicación agitan a veces nuestra mala conciencia si leemos las cifras del hambre o de la guerra -300.000 muertos en Siria-, pero el libro de los números se olvida muy pronto, por encima de cien o de los mil, ya todo da lo mismo.

Tenemos la obligación moral de poner cara al dolor y letra al número.

El origen de esta crisis mortuoria procede de esta insensibilización ante las cifras de la China: por falsas que fueran, ya eran muy altas, las cifras de la gripe -que yo mismo daba-, también. Si ante los datos de enero hubiéramos erigido un 15M o un 8M antiviral lo habríamos cortado a tiempo. Pero nos dedicamos a hacer chistes sobre los hospitales de China, como se reían de Noé cuando construía su arca.

Hasta que no se abraza el dolor, el dolor no existe, es un cheque en blanco, sin olor ni dueño.

Tres millones de parados, diez mil muertos, dan igual si no somos nosotros. Esto lo sabe el sistema -somos nosotros el sistema- y sistemáticamente se oculta la muerte, y más cuando más cerca nos ronda.

Otra trampa jocosa es la de poner junto a las cifras de los muertos, las de los recuperados, como si se tratara de la misma entidad, como si el alta médica fuera el levántate y anda de Jesucristo con Lázaro.

Sabemos más de los "héroes" martirizados en el 11-S que de los martirizados por el COVID a la vuelta de la esquina.

Esto no es bueno, hay que ponerle el rostro a la muerte, a la buena muerte, porque es nuestro propio rostro, porque además, como parte de la vida que es, no es incompatible con la alegría de vivir.

La tristeza y la alegría deben ser compañeras, porque así es la vida y la naturaleza humana, la naturaleza. No vale dolerse mucho y olvidar luego, como no vale permanecer ajeno al sufrimiento. Existe cada día un tiempo del sufrimiento y un tiempo de la felicidad. Nuestro mundo de pantallas y estímulos solo entiende de catástrofes apocalítpicas o de dichas sin fin. Es lo que tiene el materialismo: mucho miedo.

Debemos disfrutar de estos días y sus pequeñas y grandes cosas, sin culparnos por sentirnos a ratos como los alegres jóvenes confinados en el campo del Decamerón de Bocaccio, sin martirizarnos demasiados por estar comiendo por aburrimiento como si no hubiera un mañana.

Porque no hay un mañana, nunca lo hubo ni lo habrá, solo existe el presente continuo, el regalo continuo de vivir.


jueves, 2 de abril de 2020

Diario del Año de la Peste (XIX. Los Goya)

Ahora todos vivimos -se ha dicho- en un cuadro de Hopper, pero también -y no se ha dicho- en una fotografía de Eugène Atget o en una perspectiva de Piero della Francesca, aunque probablemente nada refleje más nuestro ánimo entre perplejo y desvalido que la angustia metafísica de los cuadros de Giorgio de Chirico.

Estas obras ya hablaron de nosotros, como también hablaron "La Peste" de Camus, "El Decamerón" de Bocaccio o "El amor en los tiempos del cólera" y "La muerte en Venecia" de García Márquez y Thomas Mann, pero ¿cuáles serán las obras que nos dejará este cerrojazo del alma?

¿Quién escribirá o está escribiendo ya la novela de este episodio nacional? Es fácil augurar una pandemia de títulos que, como en el caso de la Guerra Civil nos lleven en los próximos años al hastío de exclamar ante la cartelera "¡otra maldita película del confinamiento!".

Cada casa es en estos días un escenario de Chéjov y -basta asomarse al skype para verlo- una novela de realismo sucio, en algunos casos muy sucio.

La comunicación sostenida a través de las pantallas como en una novela epistolar; el coloquio de los perros; los locos por las calles como licenciados vidrieras 2.0; los encuentros furtivos en el Mercadona; los conflictos generacionales; las relaciones sentimentales y tóxicas suspendidas durante el hiato del virus y, sobre todo ello, el gran telón de la muerte -que es lo que le dará pathos y calidad a la película- son los ingredientes del drama.

En cada videoconferencia de estos días hay ya planos que recibirán el Óscar. Como la navidad el confinamiento será un tema. 

Ya veo a Spielberg rodando con el bueno de Tom Hanks, que es juez y parte en esta toma, la escena lacrimosa en que se abran las plazas, los portales, y las multitudes pisen las calles nuevamente, mientras se desmorona la corona del virus lo mismo que un muro de Berlín.

En esta edad líquida, en la que como no existe el espacio tampoco hay el tiempo, podemos aventurar algunas de las obras que nos harán revivir lo que ahora queremos dejar de vivir, porque hasta de la miseria se tiene nostalgia, ¡ay, aquellos felices días enclaustrados! 

Por ejemplo, pienso ahora en la próxima de Almodóvar: "LOS AMORES VIRALES", indudablemente protagonizada por una enfermera cuyo ex -y maltratador en paro a ratos- se encierra con ella y con sus hijos en el hipotecadísimo piso de protección social -mientras sus padres agonizan por coronavirus en un pueblo remoto de Gudalajara-. Ya veo la fotografía impregnada del verdor sanitario y el conflicto de una mujer con el privilegio de salir de casa cada día para refugiarse en la morgue del hospital, frente a la celopatía de móvil y whatsapp de su pareja, incapaz de repasar las sumas llevadas con los niños.

¿No habéis visto el tráiler de la de Amenábar?  "MIENTRAS DURE LA PANDEMIA" es el título provisional que lleva en el preestreno, aunque algún productor ha propuesto retitularla "MÁS ADENTRO", en referencia clara a la trinchera infinita de estos días. No obstante parece que "ABRE LAS PUERTAS" será el título definitivo, porque queda muy bien sobre el telón de fondo de la Gran Vía desierta, hay ya práctica. El film cuenta la cuarentena de un español en Wuhan, ingeniero en una empresa de biotecnología que de vuelta a Madrid ha de evitar la mutación del virus, mientras los chinos lo persiguen mediante el big data porque han puesto precio a su cabeza.

En la narrativa hay muchas esperanzas puestas, como siempre, en las dos grandes novelas madrileñas, la de Muñoz Molina y la de Javier Marías, de la primera solo ha trascendido el título, "VENTANAS DE MADRID", que es de suponer que sigue la estelas de sus mejores páginas sobre el 11-S, con el ojo más puesto en Trump y en la Peste de Nueva York; mientras que de las segunda -que tiene por protagonista a un agente de un comando de inteligencia israelí denominado en clave, COVID- añade la novedad de que el solipsista y dipsómano protagonista debe dilucidar los enigmas que en forma de flash back le llegan a su enfermizo confinamiento en el centro de Madrid -un piso con un mueble de librería precioso- mientras no para de comer por razones metafísicas y bulímicas, razón por la que en los mentideros y en los verdaderos se dice que la habrá de titular (porque Javier Marías no titula, "ha de titular") "FIEBRE Y PANZA".


Almudena Grandes yo creo que reutilizará sus títulos, "LOS AIRES DIFÍCILES" definen mejor que nada este clima de humores virales, pero donde más empeño va a poner es en la revisión de "LOS PACIENTES DEL DOCTOR GARCÍA", en la que cuenta la historia de un médico republicano jubilado, activista del 15-M y ex-militante decepcionado de Podemos que ante la expansión de la enfermedad se reintegra voluntario al servicio en la Clínica de la Paz mientras relee las memorias de su madre, niña de la guerra confinada, y se enamora de una celadora treinta años más joven que él en cuyos brazos acaba muriendo entre estertores provocados por los recortes sanitarios del PP en claro paralelismo con la dictadura franquista.

Se murmura también que Pérez Reverte está reescribiendo "EL ASEDIO", pero está vez situado en el confinado barrio de las Tres Mil Viviendas de Sevilla (otra vez con la matraca de la piel y el tambor), siendo el protagonista un patriarca gitano convicto -como en el guión del mismo título, más malo que un virus por cierto- que lucha al mismo tiempo contra los narcos y la policía en el ghetto. Lo tiene fácil, por el parecido que esa zona de la ciudad tiene con Bosnia, así que ya lleva mucho adelantado porque solo tiene que tirar del repertorio clásico y copiarse a sí mismo y ya se sabe que todo lo que no es tradición es Mostar.

Podríamos seguir así días y días, por ejemplo con la poesía, y no faltarán en las librerías "EL CUADERNO DE LA PESTE" de Luis Alberto de Cuenca, aunque el verdaderamente visionario en este negociado -quizá por su proyección internacional tan obrera como cervantina- es Luis García Montero que dio en 2017 ya -agárrense las espuelas de Wuhan porque ahí es nada- un premonitorio "A PUERTA CERRADA." Los críticos, y entre ellos principalmente mi difunto tío Miguel, que en paz descanse, ya elogian el inmortal verso primero de sus futuras "HABITACIONES CONFINADAS": Tú me llamas amor yo me confino"

Pero lo vamos a dejar aquí, total, solo hay que esperar unos meses para que se publiquen o estrenen y ustedes lo pueden leer o ver, pero ya de gratis y por gentileza de la viruencia internacional, durante el Segundo Confinamiento Mundial de aquí a un par de décadas.


Imágenes: fotografías de Atget, cuadros de Piero della Francesca y de Chirico.

feuille-d-automne: Réverbère, place de l'Opéra / rue du Quatre ...Eugene Atget, Pantheon | Eugene atget, History of photography ...

Zaragoza muestra el mundo de Giorgio de Chirico - hoyesarte.com

Clark Art - Eugène AtgetDe Chirico Inside Art – Noto Studio, 2018 – Piedra

miércoles, 1 de abril de 2020

Diario del Año de la Peste (XVIII. En el mar de los sargazos)

A los dieciocho días de abandonar la Gomera en su primer viaje Cristóbal Colón alcanzó, como nosotros hoy, el mar de los sargazos. Rodeado de algas y ante la visión de algún crustáceo creyó erróneamente que ya se hallaba cerca de la Tierra Firme, pero aún le quedaba casi un mes de confinamiento. Era el primer navegante que surcaba esas praderas verdes, casi esmeraldas, en cuya calma tensa tantos navíos varados naufragaron luego. Él no lo supo, pero fue el instante más peligroso de su trayectoria, más aún que los motines que luego se sucederían.

A nosotros nos queda todavía la misma travesía por delante, no deberíamos dejarnos confundir por la suavidad de la curva que no llega ni desesperarnos porque esté tan lejos la tierra que no se adivina.

Estamos, como el Almirante, en el mar de los sargazos.

Leo en algún tabloide "Público" que la responsabilidad de la pandemia no hay que imputarla a los gobiernos italiano o español, sino al capitalismo internacional, a Alemania y a Holanda, a las rutas que sigue el dinero, que son las de la globalización. Como hipótesis es bonita, pero no es nueva: tras la arribada española a América la población indígena quedó diezmada, otrosí habría sucedido en Europa con patógenos de ida y vuelta como la bacteria de la sífilis.

En el intercambio humano se fortalece la respuesta inmune, el mayor riesgo de este confinamiento es la gigantesca distancia que, más allá de Skype, hemos puesto sobre los otros. Si a la salida de las carabelas nos atrevemos a abrazarnos, desaparecerá la pandemia. Si aceptamos que nos embriden con el bozal de la mascarilla estaremos LOST IN TRASLATION, perdidos en la frialdad coreana o japonesa.

No, ningún gobierno tiene el poder de sofocar o de agitar al virus, este sigue su curso natural como lo sigue la especie desarrollando anticuerpos.

En el mundo anterior a las vacunas había siempre pandemia, nosotros no lo hemos conocido, pero basta recordar alguna visita a un cementerio: diariamente salían de las casas ataúdes blancos de niño y si un hombre joven enfermaba se encamaba hasta las cejas esperando a la muerte.

Esa vida preñada de muerte era, siento decirlo, más viva que la nuestra que ha perdido el sabor como la fruta transgénica. La gente está injustamente aterrada, pensamos en el bicho como si fuera la peste bubónica, pero la peste en apenas dos meses redujo en 1649 la población de Sevilla a 50.000 almas, quiero decir que se llevó casi 75.000. Y esto fue casi ayer, treinta y cuatro años después de la Segunda Parte del Quijote, donde España ya es España, con sus Pedrosánchez y su Vox.

Lo decíamos el otro día, ellos no tenían miedo a la muerte sino al infierno, "por aquí se avisan los sacramentos a deshora", el viático era su 112. ¿Cómo podían en mitad de tanto sufrimiento y tanta inseguridad no ya construir edificios increíbles o hacer sinfonías eternas -Schubert muerto a los 31, Mozart a los 36- sino simplemente vivir?

Esa es la respuesta que debemos dar cuando se acabe esto y alcancemos por fin la Isla de Guananí, ¿hasta qué punto el nihilismo nos ha devorado el alma? 

Creo, quizá lo he dicho ya, que esta es la primera vez en la historia de la humanidad en que los sanos se esconden en sus madrigueras y se deja solos a los desvalidos y enfermos, yo creo que habría que haberlo hecho al revés -pero esto quién hubiera podido saberlo-: confinar a los ancianos con sus cuidadores y el resto de ciudadanos construir una barrera inmunológica mediante un contagio masivo.

(Disculpen la digresión anterior: no soy médico y puedo pensar hoy una cosa y mañana la contraria inducido por los golpes del corazón, pero me resisto a creer que salvar vidas justifique dejar morir sola a la gente y no enterrarla: esa es la verdadera pandemia, la de una humanidad que quería extirpar a la muerte e ingresar en la inmortalidad de las pantallas).

Pero la máscara de la muerte roja ha venido para aguarnos la fiesta.

Estamos en el mar de los sargazos y nos queda por delante mucha travesía entre las sombras: "todas mis amigas se están quedando viudas", me dice mi madre, ya mayor -pero siempre igual su sitio al paso de mi alma- con una resignación desolada. 

Los ancianos que nos están dejando -y no se me olvida que también mueren jóvenes, pero es la excepción- fueron niños de la guerra y la posguerra, vieron todavía los ataúdes blancos y las cartillas de racionamiento, pero no vieron nunca morir -masivamente- a nadie en soledad.

¿Sería mucho pedir que con la vacuna volviera otra vez la humanidad?

lunes, 30 de marzo de 2020

Diario del Año de la Peste ( XVII. Rosal)

Como no está en nuestra mano el hacer nada, decidimos ayer salvar al mundo, que es lo que dice Voltaire que hace quien cuida su jardín. Paloma y yo plantamos un rosal de rosas rosas. Habíamos comprado el esqueje el día antes del confinamiento, cuando ignorábamos su gravedad y su dureza, pero ya sospechábamos su duración.

Las plantas son bienes de primera necesidad y el trabajo de jardinero tampoco debería cesar nunca. Como otros pasean a su perro debería estar permitido salir a cortar flores.

Calculo que tendremos rosas en octubre, cuando Paloma haga la primera comunión, que por mayo iba a ser por mayo, cuando hiciera la calor, sino fuera porque, tristes y cuitados, vivimos en una prisión a la que ahora no se le ve fin y a la que solo cantan los pajarillos de Twitter.

Uno imagina las calles y plazas henchidas, rebosantes de vida: el río de la gente en la Gran Vía en agosto, el incienso de otoño bendiciendo Sevilla con sus procesiones extraordinarias, la Maestranza bajo la luz ambarina de la miel de octubre...

Pero no. 

La realidad ahora es que con el cambio horario el país ha entrado en pausa. Todos los años por esta fecha nos roban una hora de la primavera, pero este año la primavera está en la UCI.

Salimos a aplaudir y ya es de día, pero la lluvia cae como un llanto, y es otra vez de noche en nuestro corazón.

Aún así debemos aplaudir por nuestras hijas, porque ellas están derrotando a algo mucho más terrible que el virus: en sus aplausos el mundo está empezando a enderezar el rumbo. Y aunque no sea más que una ilusión, de estos días de encierro guardarán siempre la alta memoria de la esperanza.

Parece que el rosal en un solo día ya hubiera crecido "In memoriam víctimas COVID19".

Ojalá que como aquellos rosales de Mañara que crecen todavía en el compás de la Santa Caridad, donde Rilke escuchó gemir a los ancianos moribundos y que tantas epidemias ha conocido, no dejen de florecer nunca sus rosas por los siglos de los siglos.



Diario del año de la Peste XVI (Simón dice)

No es una leyenda urbana, el chico de la curva existe y da más miedo que la muchacha de la carretera. Aunque se parece más a Garfunkel su nombre es Simón. Simón dice. 

Simón dice y todos nos encogemos, no hay más que ver la cara de pánico que pone la intérprete de signos que lo dobla. La verdad es que el hombre tiene aplomo para seguir aguantando el tipo con el rosario de afirmaciones desmentidas por la realidad que arrastra. O es un monje zen o la marca de ansiolíticos que gaste debería hacerse publicidad con él, porque mejor no pueden ser.

Inevitablemente es uno de los malos de la película, como al virus no se le ve, el virus tiene la cara de Simón. Lo ve uno aparecer cada día con los ojos más hundidos y se dice, qué drama humano el suyo, ¿podría pasarme esto a mí? Nunca se sabe. La vida a veces nos hace responsables de situaciones que nos exceden, la cuestión sin embargo es que, por lo que ha indagado uno, este hombre se postuló para epidemiólogo mayor del reino. Y por ahí ya no hay escapatoria.

No sabe uno que cosa sea eso de ser epidemiólogo en España, pero hasta el COVID debía de ser algo así como una canonjía o una sinecura. Un oficio, como el verdugo de Berlanga, de esos que no se ejercen nunca, hasta que toca.

Me pregunto cuántos simones habrá ahora en España, ¿hay un Simón para la prevención y detección de huracanes? ¿Acaso otro Simón para las mordeduras de serpiente? ¿Un Simón de los terremotos y tsunamis y otro para las erupciones volcánicas?

A todos nos despistó lo de la gripe con la que comparamos a este bicho, yo no sé si la influenza en tiempos de influencers pertenece a su negociado, pero sí sé que cuando uno examinaba las cifras de muerte por gripe resultaban sorprendentemente altas. Habrá que darle una vuelta a esto también, por si acaso tenemos la gripe también descontrolada y nos hemos salido de la curva.

Seguimos sin material sanitario, la mejor Sanidad del Mundo se está vistiendo con bolsas de basura y los enfermos llevan cascos de snorkel. Esto resulta deprimente para el país y mina la moral de cualquiera, no hay aplauso que lo remedie.

Además nos estafan o tenemos mala suerte con los test y las mascarillas, cuando lleguen  -si llegan- no sabremos dónde almacenarlas. Seremos el primer proveedor del mundo. Se imagina uno ahora este mercado peor que el del tráfico de armas o el de la droga. Procede, pues, hipotecarse todavía más a China, la productora del virus.

Mientras tanto seguimos aplicando la tecnología medieval que es la única probada y, siendo realistas, la única que tenemos. Lo  que valía para la peste bubónica se espera que sirva ahora, -SIMÓN DICE- pero, ¿y si no? El virus está desbocado y en América o la India lo  natural es esperar una hecatombe. Hasta que no enfermemos todos no parece que tenga solución la cosa y no creo que podamos seguir eternamente en casa.

Ojalá el verano.

Cuando los tsunamis de Haití o del Índico murió en diez minutos tanta gente como va a morir ahora. Pero lo de ahora es un tsunami a cámara lentísima y es muy difícil de asimilar. Pero lo asimilaremos, así es la naturaleza humana, mucho más fría de lo que aparenta, de puertas para adentro (nunca mejor dicho). Y saldremos a la calle a pillar el virus, confiando en la inmunidad de los otros, hará frío afuera, pero más frío hará en casa.

Las noticias del Sur de Italia hablan de grupos que atacan los supermercados porque sin trabajo no hay dinero para los yogures. No sé si llegaremos a esto, pero el confinamiento no es gratis, es psicológicamente duro y a estas alturas es imposible aspirar a la desaparición del virus.

Al cumplirse el mes o nos abren la puerta o las abriremos, porque mayor será el perjuicio de seguir encerrados y no se le pueden dar dos vueltas a las series de Netflix sin salir perjudicados.


Cuando salgamos del Arca de Noé habrá que revisar bastantes cosas, entre ellas quiénes están al mando en cada puente y si lo merecen por mérito y sabiduría. La respuesta ya la sabemos, hace muchas décadas que el dinero y la ideología arrastraron por el suelo la excelencia.

Se ha decretado el cierre total de la actividad económica, pero el listado de actividades permitidas supera las cuarenta, lo que da una media de casi dos por ministerio y más de dos por presidente de comunidad autónoma.

Porque a día de hoy esta es la realidad en España: tenemos mucho de todo, particularmente presidentes y políticos, pero luego no hay de nada.

Ni epidemiólogos.

sábado, 28 de marzo de 2020

Diario del Año de la Peste (XV. Signos)

El mar ha arrojado una ballena muerta a una playa de Cádiz, pero en su vientre no duerme Jonás. Un cometa de larga cabellera verde se acerca a la tierra directo a precipitarse contra el sol como Ícaro. En las sabanas de África bulle la plaga bíblica de la langosta, una legión millonaria de mandíbulas batientes se abate contra los tallos tiernos del cereal.

En todas las ciudades del mundo el Ángel Exterminador está recorriendo las calles vacías y entrando en las casas: solo pasa de largo en aquellas marcadas con la sangre egipcia de la juventud.

Ayer viernes el velo del Templo se rasgó, se estremeció la tierra y se rompieron las rocas y los sepulcros se abrieron porque el Hombre Blanco había surgido ante la inmensa explanada del dolor portando el estandarte de la Resurrección. 

In hoc signo vinces.

Como la Serpiente de Bronce cuya mirada sanaba a los israelitas en el desierto del Sinaí, un Cristo de madera redentora se alzaba junto a la Basílica de San Pedro, irradiando su serena majestad a los cinco continentes eléctricos. En el silencio hondísimo de la lluvia se escuchaban los aullidos de cinco siglos de peste y vimos el espectro de las masas inmundas que entre bubas putrefactas y vómitos de fiebre se hacinaban en las callejuelas de Roma cuando aún no estaban completos estos muros.

¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?

No, no era un sortilegio, en el vacío abrazado de la plaza de San Pedro toda la humanidad latía. Frente a los televisores contemplamos la soledad cósmica del mundo, la misma que hace veinte siglos rodeó con su vacío al Gólgota. La gigantesca ausencia arquitectónica era al mismo tiempo la imagen del alma devastada y la presencia universal del espíritu. En la calma de la piedra el Hombre Blanco avanza abrazado por el paño humeral del dolor . 

¡Elohim, Elohim, lama sabactani!

Toda la Verdad en este cordero de trigo redondo que llena el vacío existencial de esta hora en el Monte de los Olivos, surcada de invisibles latigazos de sangre y coronas de espinas de virus.

A punto de girarse los goznes que abren las compuertas del Valle de Josafat -donde se habrá de celebrar el Juicio de los Juicios-, quedamos en suspenso contemplando, ahora que atardece, cómo la Voz increpa al viento huracanado y al mar de los gentiles.

La plaza de San Pedro es ahora la playa donde rompen las encrespadas olas de un  planeta que sufre dolores de parto y que poco a poco se abaten apagadas, silenciosas, acaso derrotadas.

Porque en mitad de los océanos oscuros está ardiendo como un faro un mástil de luz blanca más alto que cualquier sol.


viernes, 27 de marzo de 2020

Diario del Año de la Peste (XIV. Oriente y Occidente)

Me admira el candor, -y me sumaría a él de buena gana si, como buen conservador, no fuera escéptico por naturaleza-, con el que se proclama que el actual confinamiento va a provocar un cambio de paradigma mundial. En el mejor de los casos vendrán, y mucho sería, los felices años veinte. 

La primera guerra mundial no fue vacuna para la segunda y el conflicto de hoy no es sino una variación de la WAR ON TERROR con que se abrió el siglo XXI. El arma de destrucción masiva está ahí en la calle, campando por sus respetos.

Lo que sí parece claro, como sucedió con el terrorismo y nuestra facilidad para plegarnos a sus exigencias (cámaras, controles, limitación de movimientos) es que estamos ampliando la respuesta condicional al miedo.

Debemos estar alerta y no inclinar la cerviz ante el mantra de que no son las vacunas las que nos salvan, que lo que cura es el Big Data.

No os dejéis implantar el chip del pensamiento unificado.

Durante el último lustro la economía estaba aterrada ante los efectos devastadores de algún posible virus informático y aunque es verdad que algunas empresas sufrieron terroríficas pérdidas, no son comparables ni por asomo con las que ha producido esta enfermedad.

A Dios gracias existe la realidad humana, separada de la tecnológica. No siendo solo de pan por lo que vive el hombre el peso de la economía debería ser relativo. Se puede enjaular al cuerpo, pero no se puede enjaular el alma.

No desparecerá el capitalismo por la misma razón que no ha desaparecido el comunismo y, si algo debiera servirnos esta crisis, es -precisamente- para evitar que ninguno de los dos sistemas -que son dos caras del materialismo bien cuajadas de crímenes- gane el terreno del espíritu.

La única respuesta al dolor sigue siendo la que yace confinada en el corazón del hombre. De todos los modelos de relación metafísica con la realidad solo el humanismo cristiano de occidente ha acertado plenamente en la construcción de un corpus intelectual, social y trascendental invulnerable a las catástrofes.

Lo que ahora se llaman "los valores".

Habiendo desvirtuado las viejas escalas eternas occidente sucumbe al miedo contra el que siempre se reveló, ya cruzando las aguas del Danubio y del Rhin para sojuzgar a los bárbaros, ya arrojándose partisanamente al monte para combatir al tirano.

Estamos de saldo, no en vano ha escrito hoy mismo en el Diario de Sevilla Ignacio F. Garmendia que una sociedad que se desentiende de sus ancianos es una sociedad indigna de perpetuarse."

Y frente a esto, el resurgir de China: "nuestros amigos" chinos nos proveen de material sanitario y anuncian al mundo un nuevo amanecer.

Pero será un amanecer siniestro: en la China el capitalismo más despiadado va uncido al más abyecto comunismo y todo el Oriente parece haberse contaminado de esa uniformidad viral. Hasta Japón, de quien hubiera uno esperado un liderazgo más individualista tras sus experiencias de dolor extremo.

Así, se nos dice que gracias a la dictadura China y a la obediencia asiática es normal que allí hayan salido tan rápido de la crisis, cuando en España -y a pesar de nuestros gobernantes- todos nos hemos recluido cívicamente con un rigor prusiano.

Pero las cifras de China, que sigue aislando territorios, tienen aproximadamente las misma validez  que los reactivos ful con lo que han timado a Don Simón.

Por otro lado nos inquieta comprobar, nos hace culpabilizarnos incluso, el hecho de que en Europa hubiéramos minimizado los efectos de la pandemia, como si no fuera con nosotros. Pero, ¿no será que en la China nadie podía escribir un diario como este? ¿No será que en China no existen escritores o poetas que como aquí los entendemos porque son aplastados por el sistema antes de poder levantar acta?

¿No será que nos faltaban testimonios ciertos y que solo hicimos caso cuando desde Italia nos reprendieron con nuestro mismo idioma?

Esa voz que no nos ha explicado el horror de Wuhan, como las voces silenciadas que no explicaron el horror de los soviets o de los congresos del partido nazi, son las que deben alzarse a defender un humanismo nuevo cuando esto acabe. Que no será sino el humanismo de siempre. El que llevamos cincuenta años echando a perder en brazos del cuerno de la abundancia y de las causas débiles.

Y mientras proliferan filósofos sofistas que, tras un aparente esplendor arriman el ascua a su sardina liberal o socialista. No les creamos. Son flautistas de Hamelín.

El gobierno de Italia y el de España tenían el deber de habernos protegido mejor, pero esa protección -aviso para el futuro- no se puede lograr a cualquier precio. Si el mundo orienta el rumbo a mejor puerto, que es el puerto de Occidente, los mártires del Covid serán, como todos los mártires verdaderos, mártires de la libertad

Eso que Lenin decía que no servía para nada.
 
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