"El Señor todopoderoso nos conceda una noche tranquila
y una santa muerte."
Así termina el rezo de Completas última oración de la
Liturgia de las Horas.
La Buena Muerte del Cristo de los estudiantes, la del Cristo
de Velázquez, es el modelo de esta
muerte, serena, santa, a la que aspira el cristiano.
Eutanasia, -el prefijo eu, como en "eufemismo" o
"eufónico", significa
"bueno"- etimológicamente vendría a decir lo mismo y, sin
embargo, qué concepto más distinto.
A la Eutanasia el diccionario la define como
"Intervención deliberada para poner fin a la vida de un paciente sin
perspectiva de cura."
San Francisco de Asís hablaba de la Hermana Muerte, de la
muerte corporal, porque para el cristiano la muerte no es el final sino el
principio, y por eso en las inscripciones de las tumbas de los primeros
cristianos se alteraba el orden que designa a Dios "alfa" y
"omega", afirmando que la vida humana transcurre de "omega"
a "alfa".
El cristiano tiene presente diariamente a la muerte en el
devenir de sus días, la filosofía existencialista, su némesis, también.
Así, para Heidegger "el hombre es un ser para la
muerte", a diferencia del animal el ser humano sabe que va a morir y esa
perspectiva orienta su existencia en busca de un sentido o, alternativamente,
según su libre decisión, al caos y destrucción de esta búsqueda por la vía de
entregarse al desorden o desmesura de los sentidos.
En sus últimas investigaciones Freud habla del instinto o la
pulsión de muerte, como oposición al eros. Eros y tánatos.
Rilke hablaba de la "muerte propia" contraria a la muerte de los médicos, entendida como la deshumanización de un final
ambulatorio. La muerte sería para el poeta un fruto interno que madura.
Pero, volviendo a la Eutanasia y a su definición, en el caso
que hemos vivido estos días el matiz está en el sintagma "sin perspectiva
de cura".
Porque es inevitable cuestionar que ante el extremo dolor y
sufrimiento Noelia haya podido disponer de un tratamiento adecuado y prolongado
en el tiempo.
"Bendito dolor físico que haces olvidar los otros
tormentos del alma", decía Kipling.
Las enfermedades mentales provocan un sufrimiento extremo
vinculado a una angustia por una existencia sin sentido que el enfermo querría
suspender, esto es así desde el ataque de pánico a la depresión profunda.
La Salud Mental en nuestro país es un desastre, pero la
ciencia médica y los tratamientos terapéuticos han dado pasos de gigante, desde
la farmacología a las psicoterapias.
El problema de leyes como la eutanasia que rigen sobre casos
extremos, en los que la mayoría de las veces convendría suspender el juicio, es
que abren puertas que deben estar selladas.
Se ha llamado eutanasia a lo que ha sido un suicidio
asistido.
El suicidio es una de las grande lacras de nuestro mundo y
desgraciadamente irá a más.
El suicidio no es una opción, el suicidio es una imposición
de la desesperación a la voluntad del ser humano en la que este queda
incapacitado para decidir otra cosa que no sea quitarse de en medio.
Una decisión se plantea entre dos alternativas, no ante una
sola.
Aunque Dante ubicara en el séptimo círculo del Infierno a
los suicidas y durante siglos la Iglesia no los enterrara en sagrado, no es
esta la visión del cristianismo hoy.
Jesús en el Monte de los Olivos, sudó sangre y pidió a Dios
que apartara de sí el cáliz.
El suicidio es consecuencia de unas causas que se pueden y
se deben mitigar, pero la ley de la Eutanasia lo que ha hecho es abrir la
puerta del balcón.
Tardan meses o años en asignar a un enfermo un tratamiento
psiquiátrico suficiente, pero solo semanas en disponer de una inyección.
Si la situación de Noelia ha conmovido al país es porque
todos entendemos que con ella la vida no ha sido ni noble, ni justa ni sagrada
y la solución no puede ser que un estado que no ha sido capaz de garantizar sus
derechos más elementales, se muestre en su esplendor garantizando su derecho
final.
Repugna al corazón y a la inteligencia.
Dale Señor el descanso eterno y brille para ella la luz
perpetua.
Imagen: Cristo de la Buena Muerte, Juan de Mesa, Hermandad de los Estudiantes (Sevilla).
Fotografía: PEPE MORÁN