jueves, 11 de septiembre de 2008

El Aleph acelerado

Borges advierte al principio de “El Aleph” que la
muerte de su amada Beatriz Viterbo es el principio
de una serie infinita de cambios cuya incontrolable
corriente abarca el universo en su totalidad:

“comprendí que el incesante y vasto universo ya
se apartaba de ella y que ese cambio era el primero
de una serie infinita”

¿Qué acción, qué movimiento, qué pensamiento
no pueden desencadenar una secuencia de acciones
y causas enlazadas que den como resultado un
cambio absoluto en el Cosmos?

La puesta en marcha del acelerador de hadrones
ha renovado estos temores. La Física de Partículas
es inquietante, la Mecánica Cuántica cuestiona los
más razonados corpus filosóficos y abre puertas
microscópicas a universos paralelos y simultáneos.

En la vida práctica siguen rigiendo, sin embargo,
las leyes inmutables de la física newtoniana o relativista,
según el fenómeno que queramos explicar. En esto
la ciencia tiene no poco de religión: para analizar el
comportamiento de un fotón a veces lo consideramos
una partícula con masa, a veces una onda de luz.

Ambas suposiciones, excluyentes entre sí, son sin
embargo válidas para diseñar, por ejemplo, la
apertura automática de una puerta o una cámara
de vídeo.

La Ciencia se fundamenta a veces en pilares “mistéricos”
no menos incomprensibles que la Santísima Trinidad:
la dualidad onda-corpúsculo en este caso.

Es curioso que, excepción hecha de los físicos teóricos,
pocas veces se cuestionen los axiomas que constituyen
la base de nuestro progreso, inspirado todavía más en
la praxis, en el ensayo y el error, que en el conocimiento
verdadero.

La clave para explicar la dualidad onda-corpúsculo
parece que está en el Bolsón de Higgs que es la particulita
que van a empezar a rastrear en el acelerador
de hadrones, donde, como si dijéramos, van a radiografiar
las canicas de Dios, con sus pequeños y monstruosos
“Big-Bangs”.

Entre las consecuencias improbables que puede
tener el choque de partículas se enumeran: la creación
de un agujero negro, la creación de materia masiva, la
creación de monopolos magnéticos, la activación de un
vacío cuántico.

Todas estas tragedias, si lo fueran, las podría desencadenar,
igualmente, un estornudo. Una maceta mal anclada
puede ser, en un momento dado, el fin del universo
fenomenológico para alguien desafortunado.

¿Por qué preocuparse?

A mí, en cambio, me hace ilusión la posibilidad de que
el acelerador de hadrones genere un Aleph porque
creo que el conocimiento poético se adelanta siempre
al conocimiento científico:

“un Aleph –dice Borges- es uno de los puntos del
espacio que contienen todos los puntos”(...)si todos
los lugares de la Tierra están en el Aleph, ahí estarán
todas las luminarias, todas las lámparas, todos los
veneros de luz”


Esto es, las maravillosas explosiones microscópicas
que van a tener en el gigantesco toroide, los “fiat lux”,
van a generar embriones de universos, cosmos paralelos,
mínimas fuentes que irradien una visión absoluta de
lo venido y lo por venir.

Alephs. Innumerables Alephs.

Tengo la esperanza de asomarme a uno de estos
abismos diminutos donde todo se contempla al mismo
tiempo y, entre otros millones de cosas más interesantes,
verme otra vez a mí mismo redactando estas líneas
de las que Borges advierte al principio de “El Aleph”.

2 comentarios:

José Manuel Gómez dijo...

No deja de ser curioso que el Donut gigante del que hablas, el cual puede acabar con la vida en la Tierra, responda al intento del hombre de conocer los porqués de la creación del Universo. Resumiéndolo mucho: te puedo destruir por quererte conocer mejor. Un abrazo.

José María JURADO dijo...

Claro, José Manuel, como le sucedió a Ícaro. Un abrazo.

 
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