jueves, 16 de mayo de 2019

Que por mayo era por mayo

El 22 de mayo se presenta en Córdoba, "Que por mayo era por mayo", una selección de mi obra inédita El Lector de Almanaques, que queda así menos inédita y felizmente publicada en Córdoba por Ediciones Detorres en su colección Año XIX. 

Como no podría ser menos en la ciudad de Córdoba, que es la ciudad de mayo, se recogen aquí todas las glosas, poemas, pensamientos, es decir, almanaques, vinculados a las efemérides del mes de mayo. En los próximos días os daré más detalles respecto a su adquisición. 

Si andáis por allí me encantará veros en Córdoba, menos lejana así, menos sola. Será a las 20:30h en la Biblioteca Viva de al-Andalus (Cuesta del Bailío, 3)

Presenta el acto, que compartiremos con los nuevos libros de poemas de Pilar Redondo e Ilía Galán, Calixto Torres

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lunes, 29 de abril de 2019

3 documentos 3

El texto del pregón.

El audio del pregón.

La magnífica presentación a cargo de Enrique García-Máiquez.

La imagen puede contener: José María Jurado, de pie
27 de abril en el Real Círculo de Labradores de Sevilla

viernes, 26 de abril de 2019

Mañana en el Real Círculo de Labradores

Mañana, día 27 de abril, jornada de reflexión, tendré el honor de pronunciar el IX Pregón Taurino en el Real Círculo de Labradores, será a las 12 de la mañana, en la sede de la Calle Pedro Caravaca, en el centro, junto a la Calle Sierpes.

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Mis palabras serán introducidas por Enrique García-Máiquez, que ha tenido la generosidad de acompañarme en esta plaza.

El acto será amenizado por la Agrupación Musical Torre del Oro, que interpretará pasodobles taurinos. Al término del mismo se homenajeará al maestro de Salteras, Manuel Jesús, el Cid.

La entrada es libre, eso sí, venid con tiempo para coger sitio, que se llena.

Hablar de toros, pregonar la feria, en la misma calle Sierpes y en Sevilla, ¡casi nada!

Me haría mucha ilusión veros, en el transcurso del acto, por cierto, se entrega una copia impresa del pregón.


sábado, 20 de abril de 2019

Lunes Santo

Ardía París, pero yo lo estaba ignorando, para vivir la realidad en plenitud salgo estos días sin móvil. Es una quimera, en la alta noche recuperaré el tiempo digitalmente perdido: el fuego sobre Notre Dame.

La Semana Santa es una teoría de hogueras, Lorca lo recordaba en su poema del cante jondo, "cirio, candil, farol y luciérnaga, la constelación de la saeta", es el fuego vivificador, la llama de amor viva, la luz que atraviesa las sombras de la ciudad. 

El Cristo del Museo, encendido, es la alta aguja barroca de nuestro lunes gótico, arde su carne de madera en alta luz espiritual y no sabemos que en esa misma hora arde la catedral de la primera ciudad que cambió las Luces del siglo XVIII por el fuego devastador de la razón irracional.

También Sevilla ha conocido las llamas, las sombras de muchas imágenes espectralmente ocupa los pasos: cenizas del treinta y uno al treinta y seis, a los pies de los cristos, a los pies de las vírgenes en su secreto relicario.

Hermano fuego, hay que decir siempre con Francisco -Francesco-Francia- de Asís, el fuego siempre purifica, en la gran hoguera de Notre Dame, en los candelabros del Cristo del Museo, asciende una llama que consume y da luz.

Merezcamos la luz.



Lunes Santo, Notre Dame

viernes, 19 de abril de 2019

Martes Santo

Suspendido en el tiempo, el martes santo es el emblema de la inmortalidad cofrade, atrás aún nos deslumbran las ascuas del domingo de ramos (la blancura vibrante de la Paz entrevista a través de las abiertas flores del parque de María Luisa) y las sombras oscilantes en los altos candelabros del Cristo del Museo y sus cuatro evangelistas tutelares tallados por la gubia de Ruiz Gijón, hacedor del Cachorro. Hacia adelante el río del tiempo nos promete una abundancia de delicias, jueves santo de plata, madrugadas de oro, viernes santo de terciopelo y cristal. 

Ingrávido, inasible, inmune al tiempo, discurre el instante absoluto desde la serena caída de las guedejas del Cristo de los Estudiantes sobre un monte de lirios nazarenos, hasta el romántico nocturno de Santa Cruz, la cofradía como un largo piano enroscado a las íntimas callejas de una judería soñada, o el simbólico tránsito bajo los colgantes jardines de Murillo del palio de la Candelaria -¿gris, plata, verde azul?-.

Todo en el martes santo es eterno, menos la eternidad.

Martes Santo, Calle Levíes

lunes, 15 de abril de 2019

Domingo de Ramos de Luz

Ayer comprendimos por qué Juan Ramón Jiménez designó a Sevilla con ese lema tan aparentemente ajeno a su esencia como es "ciudad de nácar y espumas". Me lo recordaba Rocío mientras intentábamos elucidar el enigma de la luz de la tarde del Domingo de Ramos cuando las espadañas, los cielos que ganamos, la Giralda o la Catedral, parecían estar pintados a la acuarela: colores desvaídos o pastel, sin saturación ni estridencias, mientras apurábamos un helado primerizo con el que conjurar el sol ignaciano (Roma triunfante) que nos doblegaba. Juan Ramón Jiménez, asiduo contemplador de los atardeceres lentos de la ciudad desde el limbo o mirador de los pintores al poniente de la calle Gerona, habría observado cómo algunos días de primavera el buril de la luz cedía su intensidad al doblar las cinco de la tarde y cómo la ciudad, ahora sí, espumosa y de nácar, era cubierta por un cendal de bruma que adelgazaba todo el perfil del aireAsí, mientras paseábamos primero bajo la luz tamizada de sombras del parque que encendía la blancura deslumbrante de la virgen de la Paz o más tarde luego, bajo la luz caliente -espesa- que caldeaba los terciopelos y dalmáticas moradas -día catorce de abril en San Jacinto, Estrella republicana- pudimos observar cómo progresivamente los colores se apagaban, pero sin perder un átomo de su belleza, antes al contrario, la estridencia barroca cedía el paso a la dulzura romántica y a la sublimación del espíritu en formas delicadas y armónicas.Las marchas se volvían más melancólicas y todo asumía un tono más natural y verdadero, -Jesús de las Penas, apenas entrevisto entre el sol y el humo, meditativo en un sudario de incienso trianero-.

Hasta el río era más ancho y en lugar de la Calle Betis al otro lado del agua parecía que viéramos el Delft de Veermer.

Así fue el domingo de ramos, de ramos de luz no usada.

Imagen relacionada
Vista de Triana por Vermeer



domingo, 14 de abril de 2019

Un cuento de domingo de Ramos

Aunque de niño había acompañado con muchísima ilusión a su primer maestro a los mil y un cultos de Cuaresma -vía crucis, pregones, besamanos...- a los que este nunca faltaba por su desmedida afición a las cofradías y aunque incluso había llegado a vestir la túnica de nazareno por insistencia de aquel buen hombre que hacía con él las veces del tío o del padre que no tenía -¡y cómo pudo haberla pagado si apenas le daba para llegar a fin de mes!-, y aunque su infancia y adolescencia había discurrido entre capillas y capillitas llevaba más de tres décadas sin volver a la ciudad por semana santa y solo lo había hecho por fidelidad a aquel viejo amigo cuya muerte le habían comunicado el viernes de dolores, cuando estaba a punto de coger un vuelo para el próximo festival. No podía dejar de acudir, no había llegado a conocer a su padre, su madre ya había muerto y el viejo maestro de primaria era su única raíz con un pasado que se le antojaba muy remoto. Lo enterraron entre palmas y olivos en la misma mañana del domingo de ramos. 

Cuando volvió del cementerio al hotel a recoger sus cosas y marchar rápido de vuelta a Madrid se encontró que en la recepción habían dejado un pen drive a su nombre, el dispositivo tenía grabado un escudo que él rápidamente reconoció como el de su hermandad. Movido por una incierta curiosidad subió rápidamente a su habitación para conectarlo al portátil. Muy bajito primero y luego in crescendo sonaba una marcha de semana santa mientras en la pantalla fueron apareciendo, como de la bruma, unas fotos lejanísimas. "Sonríe, que es para tu madre; mírame; ponte ahí, enfrente del paso", su viejo amigo llevaba siempre con él una leica aún más vieja y no había dejado de fotografiarlo en los mil y un besamanos a los que habían acudido juntos. Ahí estaban todas las vírgenes de la ciudad, todos sus cristos, y en todas las imágenes aparecía él, hecho un mico sonriente, haciendo una reverencia o besando los desgastados dedos de madera de la Virgen del Valle, la Macarena, la Esperanza de Triana, la Estrella, la Hiniesta, la Candelaria...

Con lágrimas en los ojos se asomó al balcón de la habitación, una banda de cornetas y tambores marchaba tocando hacia algún templo y una vaharada remota de incienso, flotando sobre el cielo ingrávido de la ciudad llegaba directamente a su corazón, mientras, en la pantalla, seguían pasando los besos, los más puros besos que hubiera dado jamás.

Cinema Paradiso

Macarena, besamanos

viernes, 12 de abril de 2019

Todas las primaveras (descargable en PDF)

Para celebrar el inicio de la Semana Santa comparto con vosotros, en el enlace de más abajo, esta suerte de programa de mano sobre la Semana Santa que es "Todas las primaveras", parte de mi lectura en el Aula de Poesía de la Hermandad del Valle el otoño pasado.

LINK:






miércoles, 3 de abril de 2019

El desguace de los poetas

A partir del minuto 61, reparto estopa: no se libra un poeta.

https://www.realbetisbalompie.es/rtvbetis/programa-radio/286

domingo, 3 de marzo de 2019

Manuale tipografico


(G. BODONI)

                                   Para Pablo Pámpano, cajista.

Bajo el cielo azul de Parma,
la de las rectas avenidas,
es uno solo el oído y la mirada.

Contemplad estas páginas, respiran,
los espacios en blanco dicen cosas
y las negras efigies de los signos
son fachadas o alzados de edificios de luz.

La clave no está solo en la armonía,
la sobriedad, la nitidez, la inteligencia.
Que las letras parezcan escritas con amor
y con felicidad, dice el maestro,
quiso decir: con gracia.

No hay idiomas ignotos
para la lengua de fuego de la tipografía.

Escucha en estas hojas cómo suena al pasarlas
un andante de Mozart.

Es otra vez la misma música,
es otra vez la misma luz.

Resultado de imagen de bodoni


Mozart, Andante, concierto N. 21 para piano, 2º Mov. Andante , K467

viernes, 15 de febrero de 2019

El martes en la biblioteca

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Schubertiada


¿Cómo? ¿Por qué? ¿Cuándo sucede el milagro? Ayer tuvimos schubertiada, acudimos juntos tres buenos amigos, todos poetas. Tuvimos la suerte de estar sentados en la primera fila ante los músicos, cuya respiración podíamos sentir, cada golpe de arco provocaba tres sonidos: el de las cuerdas vibrantes, el de la percusión en la caja, el del estremecimiento del intérprete. Estábamos dentro de la música.

Y Schubert, más que Mozart o Beethoven, es la música, en un sentido hondísimo. Estoy convencido de que Franz, que murió al filo de los 31 años, alcanzó a comprender el sentido último de la existencia.

En los dos tríos que se interpretaron, que valen por una sinfonía cada uno, y en el "Nocturno" final, asistíamos no ya a una celebración - a mí me me pareció que en un momento dado el violonchelo cantaba con voz humana y que estábamos todos junto a Franz en una taberna de Viena festejando la vida-, sino a una contemplación del tiempo que quedó suspendido ante nosotros, yo veía a Schubert y me veía a mí, como en un espejo, veía a mis hijas, veía a mis padres y mis hermanos, veía a mi mujer, todos en el tiempo y fuera del tiempo, como acaso nos ve Dios, y sentía el dolor, esa dulce cuchillada de Schubert que ascendía a mi pecho, haciéndome saltar las lágrimas, porque en esa melancolía estaba aquello que decía C. S. Lewis o su trasunto en "Tierra de penumbras", que la tristeza de hoy es parte de la alegría de ayer. Y así, escuchando a Schubert, la tristeza y la alegría de vivir era la misma y la de siempre, la de nuestra frágil condición amenazada siempre a partes iguales por la muerte y la divinidad.

Un milagro, el de la belleza, que es, siempre, el triunfo de la razón de amor del mundo.

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jueves, 7 de febrero de 2019

Naturaleza muerta con limones, naranjas y una rosa

Naranjas y limones,
azahar, un zumbido de abejas,
una rosa posada en la bandeja
y los ojos que hacen libaciones
de luz sobre la sombra,
Zurbarán de las anunciaciones.

Id más arriba,
más allá de los óleos y el barniz
a lo que tiene nombre y no se nombra,
ascended a lo hondo, a la raíz.

¿Por qué le dicen muerta si está viva?

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La buena educación

La crisis de valores, cuya raíz hay que buscar en la ausencia de ejemplaridad, se ha agravado por un modelo educativo familiar, escolar y social muy débil, adiestrado en ungir las conciencias con una removible pátina de imaginaria y frágil virtud.
Así, hoy se enseña a los niños a ser solidarios antes que generosos, tolerantes antes que respetuosos, optimistas antes que alegres, asombradizos antes que curiosos, autónomos antes que libres y simpáticos antes que felices.
Pero nadie enseña a los niños a ser simplemente buenos, acaso porque la bondad ya no cotiza en el mercado de valores relativos.

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martes, 29 de enero de 2019

Atardecer

Comprendemos que hemos empezado a envejecer cuando vislumbramos en las cosas una pátina de eternidad. Lo que alguna vez fue contemporáneo a nosotros ya ha envejecido y aquello que fue viejo, desastrado y feo adquiere un barniz de nostálgica solemnidad. Por el contrario lo nuevo, lo muy nuevo, se torna ajeno, fuera de nuestra medida del mundo y en cierta medida, amenazante.
El presente temporal instantáneo, propio de la juventud, desaparece transformado en un presente continuo donde el pasado y el futuro se funden sucesivos. Vamos haciendo historia del presente, miramos a las cosas y en seguida sabemos lo poco que habrá de quedar de ellas y hermanamos ese poco con lo que alguna vez fue y llegamos a amar.
Se han vuelto nuestros ojos los crisoles del tiempo y nuestra mirada hacia el futuro, donde habita la muerte, es ya sólo una mirada de (infinita) curiosidad.
Apenas hemos dejado de ser niños y ya nos preguntemos asustados ¿pero podrán ellos, nuestros hijos, nuestros herederos del tiempo, con todo este mundo donde el horror y el amor se manifiestan en tan salvaje plenitud?
Solo en la plenitud del tiempo presente que ya, ay, hemos perdido, herido por la memoria y el dolor, solo en el alto sueño de la juventud existen las fuerzas para fundar lo que persiste.
La madurez, la vejez, son las edades de la mirada lenta. 
La madurez es ver piedras de oro en los escombros y ver escombros en el amanecer.
No, Yeats lo sabía, aunque vivamos muchas vidas en la vida, no es la vida un país para viejos.

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sábado, 19 de enero de 2019

Historia naturalis palmarum

Carl Friedrich Philipp von Martius recorrió el Amazonas durante dos años y a los veintipocos de su edad. Formaba parte de la embajada científica que acompañaba desde la gélida Europa a la emperatriz del Brasil, esto fue en las primeras décadas del siglo XIX.
A su regreso, recibió las más altas distinciones académicas y científicas, dedicando toda su vida a estudiar las muestras que trajo de aquellos años de aprendizaje. Entre sus numerosas obras destaca "La Historia Natural de las Palmeras" que tanto alabó Goethe y cuya publicación en tres partes le llevó cuarentas años.
De el inmortal autor de la Historia Natural de las Palmeras dijo Alexander von Humboldt: “Mientras se conozcan las palmeras y se las mencione, el nombre de Martius no caerá en el olvido"

Es fama que a su muerte, sus discípulos y colegas cubrieron su féretro con hojas de palmera.

HISTORIA NATURALIS PALMARUM


 Carl Friedrich Philipp von Martius

“Mientras se conozcan las palmeras y se las mencione, el nombre de Martius no caerá en el olvido"

Alexander von Humboldt

[Múnich, 13 de diciembre de 1868]

No termina aquí tu viaje,
aunque así lo designe la nieve,
el aulario vacío,
y la verja oxidada de los invernaderos.

Escuchad al tucán.

Alguien pasa las hojas de tus libros,
clasifica las muestras,
sigue ordenando el mundo.

El destino del hombre es vencer a la muerte.

Este ataúd cubierto de palmeras,
estas hojas de quencia y cocotero
como los remos de una nave ignota,
no te alejan del mundo de los vivos,
hienden solo unas aguas más profundas.

Existe otro Amazonas, en su orilla
te celebran los pájaros, los árboles se comban
y ondean en el cielo las palmeras salvajes
y el jaguar sinuoso se desliza de nuevo
entre las lentas ramas de la luna.



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Lámina de la Historia naturalis palmarum de Martius

Carl Friedrich Philipp von Martius.jpg
Carl Friedrich Philipp von Martius

La exuberancia musical tropical de Ravel, en la Suite de Daphnis et Chloé

Alfa y Omega



¿Cuántos lectores pudo tener Ovidio en Roma? ¿A cuántos pudo recitar sus Tristia en su remoto exilio danubiano?
¿Y el Salmista? Su voz de fuego, empapada de las ardientes llamas de Yahvé, ¿cuántos, qué número exacto de elegidos, escucharon los arpegios del arpa de David?
No más de dos o tres comarcas conocieron al clérigo o juglar que en una plaza de Castilla, tras el oficio divino, enaltecía la sombra de Mío Cid, el que en buen hora nació.
¿Y quién supo del temblor de Emily? Junto a las flores prensadas y el tarro de compota, sobre el mantel de hilo, ¿quién escuchaba al caer de la tarde el murmullo misterioso de sus copos de nieve, la blancura de Amherst?
Carece de importancia que el poeta sea lector único de su obra, como carece de importancia que alrededor suyo el mundo se desmorone, barrenado por la oscuridad de la tecnología.
La palabra es, la palabra existe.
Porque no existe fuerza en el universo que pueda aniquilarla, porque el mismo universo procede de ella como escribió - ¿para cuántos?- el discípulo amado en la isla de Patmos, combatida por vientos y demonios.
En el principio fue el verbo y también lo será en el fin.

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El anciano de los días, W. Blake

Herbario de sombras


Mi poesía aspira a preservar el instante, pero ha elegido un procedimiento inapropiado: no se debe cortar la rosa del rosal del presente.

Sobre el papel de estraza del libro de poemas languidecen los frágiles pétalos de las epifanías, apenas una huella remota de lo que fuera tiempo y belleza.

Y así, entre los inciertos anaqueles de la vida vamos acumulando pliegos para un herbario de sombras.
.


IMAGEN: Emily Dickinson. Herbario

sábado, 22 de diciembre de 2018

Entre un Quijote y otro


                                               (Iglesia de San Lorenzo, Sevilla)

Camino bajo el peso de los siglos,
por capillas y naves de humo y fuego,
algunos hombres buenos me acompañan,
su fe es más poderosa que la mía,
que a tientas me conduzco por la bruma.

Mi mirada se pierde en el vacío
y me tiemblan las piernas y las manos,
no soy digno de estar bajo estas andas
que dócilmente portan a la madre
que eternamente es hija de su hijo.

Me consuela admirar tanta belleza
en el templo sin tiempo de este tránsito,
por un bosque de altares y columnas
avanzamos de noche sin más guía
que la del corazón hecho pedazos.

A mi derecha un paño de cerámica
ha desplegado un friso inextricable
de esmaltado amarillo, azul y verde,
un bestiario de emblemas y de acantos
con la fecha de 1609.

Los viejos alfareros de Triana
impusieron sus manos a estos muros
antes de que Cervantes escribiera
la última aventura de su Hidalgo,
quiero decir: entre un Quijote y otro

Y ahora somos nosotros escuderos
que avanzan por la Iglesia entre las sombras
y andantes caballeros de la gracia
que descansa en los hombros de estos hombres
de cuyo nombre no puedo acordarme
                                                                   sin llorar.

Iglesia de San Lorenzo, cerámica de Triana, 1609

Febrero de 2016, traslado de la Virgen de la Soledad 
                                                                                         

jueves, 6 de diciembre de 2018

Catalina mía

 (Manuel Vallejo, 1926)


                                      Para Federico Calderón

Existen dos especies de belleza:
la belleza apolínea,
la que emana del logos y del número
-Mozart de camino a Praga en un carro de oro-
y la belleza convulsa
que emerge de la tribu
como un diamante bruto.

Ambas nos hieren, pero cuando se unen
nos hieren de una forma más profunda,
semejante a la muerte.

Ya la memoria me trae cosas que estoy olvidando.

Y es ahora, de pronto, el viaje de invierno,
en la niebla y la nieve Franz Schubert está solo,
hace cantar al viejo organillero.

Drüben hinterm Dorfe steht ein Leiermann

Y es ahora Vallejo, -¡Vallejo! -
la Niña de los Peines y un café de Sevilla,
ponme la mano aquí, Catalina mía.
la niebla del cigarro y la desolación.
que la tienes fría,
ponme la mano aquí.

Manuel Vallejo, (Sevilla, 15 de octubre de 1891-7 de agosto de 1960),



Manuel Vallejo, Catalina, tangos arrumbaos (1926)



Der Leiermann (Viaje de Invierno, F. Schubert)



jueves, 29 de noviembre de 2018

Toro en el campo


La del alba sería, la primera
madrugada de enero,
salíme al campo a ver
la gran rueda del cielo.

Sobre el paisaje plácido y sencillo
verdecían las matas de romero,
la hierbabuena y el tomillo.

En el aire tronaban los disparos,
las voces de alambique y los lebreles
del cazador lejano.

(Como violines de Viena
los rifles afinados:
 “¡Vente al Alosno, niña,
vente temprano!”).

Despacio, muy despacio
yo caminaba
hacia la plenitud del año.

De pronto,
en mitad del camino de las vides,
el mundo se hizo hondo,
semejante a la noche
triste y silencioso.

Vaharadas de niebla y de penumbra,
solo yo vi pasar al toro.


Trigueros (Huelva), mayo de 2016.
Hijos de Celestino Cuadri (JMJ)




Rocío Márquez y Manuel Herrera / Fandangos de Huelva

jueves, 15 de noviembre de 2018

Todas las primaveras


Doy, prácticamente sin corregir, las palabras que antecedieron al recital de ayer, cuyo audio podéis descargar en este enlace:



He querido empezar con unos versos que no son míos, pero que, sin embargo, son más míos que cualquiera otros que yo hubiera podido escribir o escriba nunca.  Son lo de mi abuelo Miguel García Posada a quien no tuve la dicha de conocer pues un trágico accidente segó su vida al filo de los cincuenta años. Para quienes creemos que la muerte no es el final, las categorías kantianas del tiempo y el espacio carecen de sentido y yo sé que él está sentado aquí junto a nosotros y es quien más orgulloso se siente de que yo hoy me halle en el Valle.

Gracias a la Hermandad del Valle, gracias Honorio, gracias Rafael.

Quiero tener un recuerdo muy especial hacia vuestro hermano, el poeta Manuel Lozano que nos dejó en junio, y a quien pude conocer en la primera sesión del Aula, cuando mi querido Lutgardo García Diaz inauguro esta preciosa iniciativa de confirmar, lo que por otro lado siempre hemos sabido los letraheridos sevillanos, el enorme peso específico y el caudal literario que junto al patrimonio emocional, devocional y artístico, por ese orden, arrastra la semana Santa de Sevilla.

Manuel me habló de mi abuelo, como si acabara de saludarlo en su tertulia del Rinconcillo, recuerdo que había en su mirada la paz y la dulzura de los cofrades antiguos. ¡Qué entusiamo ponía con sus muchos más de noventa años en este aula!

Manuel, estoy seguro de que el largo amor que en tu larga y fecunda vida tuviste a tu Hermandad y a todas las hermandades de Sevilla te habrá guiado desde este Valle de lágrimas hacia los ojos purísimos y llenos de amor de tu Virgen del Valle.

El descubrimiento de la Semana Santa de Sevilla constituye, después de mi bautizo, el hecho capital de mi vida.

A la Semana Santa de Sevilla debo yo mi vocación literaria, la decisión, más bien la pasión o la locura, de haber vivido aquí hace desde hace más de veinte años y -en segunda derivada- que son las importantes, porque resuelven las incógnitas, los renglones en los que Dios va escribiendo derecho, el conocimiento de mi mujer Rocío y aun el nacimiento de mis hijas, Inés y Paloma, una a cada lado del río.

Yo nací en Sevilla, en 1974, pero abandoné muy pronto la ciudad, tan pronto como en 1978. Quiero creer, sin embargo, que el incienso inhalado en aquellas primaveras casi embrionarias fue tan definitivo que se amasó con mi sangre y me dejó enganchado de por vida a la Semana Santa.

Tengo recuerdos sevillanos, guardo una Sevilla del buen recuerdo, cuando un niño cambia mucho de ciudad, recuerda mucho más y desde bien pequeño agavillé esas primeras postales como un precioso tesoro. Así, uno de las primeras imágenes de mi vida es la de una tarde de Jueves Santo, yo cruzaba el centro de la ciudad con mi madre y  un nazareno de antifaz morado me daba un caramelo. Siempre he querido pensar que aquel nazareno lo era del Valle, por eso ahora me hace tan feliz corresponder a ese primer óbolo que me dio carta de naturaleza cofrade con esta lectura.

Por cierto, que yo llegué a conocer personalmente a Rafael Montesinos en una lóbrega noche de noviembre, en un recital de poesía en el Colegio Mayor Nuestra Señora de África, al filo de las once de la noche, tendría yo apenas veinte años, escuché por primera vez de viva voz los versos del Rito y la Regla.

Y silencioso y sin hablar con nadie,

el nazareno escogerá el camino
más corto...


Antes, y por mediación de mi tío Miguel García-Posada, de quien luego hablaré había compartido un refresco con este hombre menudo, grave, cabal y silencioso,  que crecía de nostalgias al recitar sus poemas.

En ese momento y a esa tempranísima edad de los cuatro años se extingue todo mi contacto físico con la Semana Santa de Sevilla: Madrid, Cáceres, Aracena, nuevamente Cáceres por más de diez años y finalmente Madrid me apartaron de Sevilla, pero no obstante mi casa era sevillana, muy sevillana y cofrade por parte de mi madre.

Hablaba de mi nivel pediátrico de incienso en sangre, pero en mi sangre por vía umbilical, ya corría un torrente de cera y nazarenos. Mi educación sentimental fue como la de esos irlandeses exiliados en los que la matriarca va cultivando en sus repollos una nostalgia de verdes valles y colinas rojas, de forma que como John Ford podría decir y nunca mejor dicho hoy aquí en la Aunciación: “ ¡Qué morado era mi valle!”

La cultivada y siempre presente nostalgia de mi abuelo Miguel, pregonero de la Semana Santa en 1954 y autor de un libro hermosísimo como “Facetas cofradieras”, autor también de la profesión de fe de nuestra Hermandade de la Soledad (“no nos dejes nunca, ni ahora ni en el trance supremo de la muerte”), me marcó definitivamente. No recuerdo ninguna Semana Santa en el exilio en que mi madre no nos recitara el fragmento que en su pregón dedicara al Valle, amparados al dulzor de unas torrijas desterradas.  Mi abuela, su mujer, Enriqueta Huelva había sido camarera del Calvario, la que apareció en una portada del ABC nacional un domingo de Ramos de posguerra, como recientemente ha recordado Carlos Colón en un artículo dedicado al que fuera hermano mayor del Calvario, Manuel Huelva, también pariente mío, pues era hijo de mi tío abuelo Joaquín, hermano de Enriqueta, célebre, como recogen los diccionarios cofrades por haber patentado un método de clasificación de las cofradías y por haber designado a la Virgen del Dulce Nombre como la gracia de Sevilla bajo palio.

No tuve sin embargo y hasta los dieciséis años ninguna otra experiencia ni directa ni indirecta de la Semana Santa de Sevilla más allá de estas memorias maternas,  carecía, por otra parte de cualquier otra experiencia cofrade extracomunitaria, recuerdo que en Cáceres apenas salía a ver las procesiones y acaso lo hiciera con desgana, prefería irme a un campamento franciscano a celebrar la Cuaresma Postconciliar.

En el año 1991, apenas a los trece de su edad, enfermó mortalmente mi dulce prima Luisa María, a quien siempre tengo en el corazón cuando pienso en mi amor por la Semana Santa: la hermana de mi madre, mi madrina, mi tía Luisa, quiso que yo compartiera con ellos, con ella y con mi primo, Ángel García-Posada -el prestigioso arquitecto, profesor y ensayista-, aquellos días mayores en los que el mayor dolor y traspaso cedió su paso al amor, porque entre todos supimos hacer blanca cera y dulce miel de aquel dolor hondísimo.

Así, y aunque me costara muchísimo, renuncié para siempre a los franciscanos, (¡y qué descubrimiento no sería para mí el de la Hermandad del Buen Fin donde aún sigo viendo profesores pues Cáceres y Sevilla formaban parte de la misma provincia bética!) y el 25 de marzo de 1991 ocupaba por primera vez una silla en la Avenida, que no es ciertamente el lugar más recomendable para ver las cofradías, pero sí el más, cómo decirlo, sevillano, es la palabra.

El ecosistema de las sillas ha dejado una impronta perdurable en mi formación cofrade y es muy probable que sea la carrera oficial y su rancio abolengo la que expida carta de naturaleza hispalense, pues no hay mayor unanimidad y uniformidad sociológica que la que corresponde a cada tramo entre la Campana y la Catedral.

Recuerdo que cuando, ya de retirada y  pasadas con mucho las doce de la madrugada, porque entonces no importaban tanto los retrasos como ahora, digo que recuerdo que cuando se me apareció el Cristo del Amor, imponente, en toda su majestad y su ternura en la Plaza de San Francisco, yo caí rendido para siempre, como San Pablo camino de Damasco.

En ese instante cambió mi vida. ¿Con qué podría compararlo? Muchas veces he pensado que quienes habéis vivido en contacto con esta realidad durante toda vuestra infancia y adolescencia no seáis acaso plenamente consciente de lo que es realmente la Semana Santa de Sevilla.

Leo de mi libro CÚPULAS Y CAPITELES:

El día de la Ascensión Venecia revivía sus esponsales con el mar, desde la proa del bucentauro el Dogo arrojaba al Adriático dos anillos de oro consagrados: “Desponsamus te, mare. In signum veri perpetuique domini.”

En algún lugar de la obra de Ovidio se relata la fiesta de la Palilia: cada veintiuno de abril los niños de Roma subían al monte Palatino para conmemorar la fundación de la ciudad, llevaban corderos sobre los que caía una lluvia de pétalos de rosas que luego eran sacrificados a los dioses eternos.

Durante las fiestas de las Panateneas las canéforas subían a la Acrópolis para vestir a la diosa Atenea con el peplo sagrado tejido por las mujeres de la ciudad a lo largo del año, los ancianos subían con ramas de olivo, los jóvenes guerreros iban detrás con sus armaduras. La procesión está esculpida con detalle en los frisos del Partenón.

Sevilla es otra Atenas y otra Roma y otra Venecia bajo las nubes de incienso y de azahar que velan los ojos con los que el hombre se asoma al abismo trágico de su existencia.
Pero detrás de las nubes está la mirada intensa de Dios .

Como expresión religiosa la ciudad es una nueva Jerusalén, como expresión artística es la obra de arte total, tan romántica como barroca, tan wagneriana como chopiniana en sus excesos y en su suprema elegancia. Como los Festpieles suizos de los que nos hablaba Borges en su tema del traidor y del héroe donde toda la población desempeña un papel.

Hacia el miércoles santo de esa Semana Santa primitiva (esto quiere decir lo de primitiva cofradía de nazarenos)  y según su costumbre vino desde Madrid mi tío Miguel García Posada, el memorialista,  poeta y crítico literario. La ciudad aún debe un homenaje a uno de los hijos que más la ha amado y que ha escrito algunas de las más bellas páginas dedicadas a nuestra fiesta mayor, pienso en esa tercera del ABC el Gran Poder, el Gran Esfuerzo o aquella columna suya sobre la Mortaja nada menos que en EL PAÍS, “porque todos los progres de Madrid, cuando vienen a mi casa desfilan ante la Macarena” o la preciosa recreación del mundo de ayer en su libro de memorias “La Quencia”, donde comparecen Romero Murube o Antonio Rodríguez Buzón. Miguel figura en la fotografía del estreno del paso de la Soledad junto a Joaquín y mi abuelo, murió con el corazón puesto en la Macarena, su única esperanza, la última vez que lo vi, solo quiso decirme estos versos tan inconexos, como terribles:


“La Macarena sale para bendecir a sus muertos, cuando yo era niño yo iba a verla pasar y la llevaba el gran Alfonso Borrero con su voz de cómitre profundo que parecía recién salida del infierno” .

Cada sevillano hereda un callejero y yo soy heredero del callejero que me legó mi tío Miguel,  de sus “esencias” como las llamábamos.

En los años siguientes yo viví nada más que pensando en la Semana Santa.

Era tanta la intensidad de mi pasión que incluso escribí una novela, la ficción más larga que he compuesto, y gracias a la que confirmé mi vocación de escritor, con la única voluntad de transportarme a Sevilla cada noche, a mis ventiún años, mientras estudiaba la carrera de Ingeniero de Telecomunicaciones en Madrid, como quien cumple una condena.

De Atenas:

Sombras largas crecían por la calleja, lenta e imponente avanzaba la fila de nazarenos. Siempre habían estado allí, no era preciso aguardar el estallido del incienso, ni la luz infinita del Domingo de Ramos. Siempre estaban allí. Un reguero continuado, espectral y penitente. Siete días al año los altares abrían sus entrañas y era posible sentir la cera derretirse por las calles, pero eso era una broma más de la Primavera. La muerte y la vida no luchaban por conquistar una semana, por muy Santa que ésta fuese. La sangre y la luz se habían retorcido, eran un único cuerpo, una única plegaria trágica y esperanzadora. Por eso, cuando vio estirarse ese cuerpo de hombre crucificado contra la muchedumbre no sintio ningún desgarro. Todo se quedó callado, un rumor sordo de corazones latientes crecía entre las hojas quietas de los naranjos. El mundo se había parado un segundo, el segundo que se precisa para introducir otro clavo.El sabía que cualquier noche era posible encontrarse la tragedia de un hombre rodando por el Gólgota a punto de morirse en cualquier calle de Sevilla. Siempre era Semana Santa...

Así pues en el inicio de mi escritura, está la Semana Santa.

Aunque soy hermano de la Soledad de San Lorenzo y he cumplido con mi estación de penitencia casi todos los sábados santos del último cuarto de siglo; aunque soy un jartible infinito, y solo recuerdo un día de estos venticinco años -y esto porque me asoló una gripe anómala- en que no haya cubierto una peonada de al menos ocho horas “cofradiles”; aunque siempre he asediado con incansable entusiasmo -para pesar de mis pacientes hijas, condenadas a seguir el ejemplo de su padre-, calles y plazas recoletas, a pesar de todo esto –digo- siempre he vivido la semana santa como un espectador, quiero decir que no he entrado en el mundo de las cofradías como se espera de un capillita de rancio abolengo.

De haber vivido en Sevilla toda mi infancia yo habría sido el clásico niño que conoce hasta el último orfebre que le diera al soplete en el llamador de un paso de vísperas. Tengo que confesar que a mí, a diferencia de Lutgardo, que lo dijo con mucha gracias, sí me hace falta buscar en la wikipedia para hablar de cofradías.

Pero esto yo lo he vivido como un don, pues para mí la Semana Santa de Sevilla, el hecho capital de mi vida, siempre se me ha aparecido como un tiempo único en todo su esplendor.

¡Qué misterio hay en esto!  A mí, que siempre me ha costado muchísimo escribir, ¡qué sencillo me ha resultado enviar TODAS LAS PRIMAVERAS, como en la saeta de Antonio Machado, estas postales desde el cielo, escritas en el descanso almibarado de torrijas de cada jornada de pasión! Publicadas por más de diez años en LA COLUMNA TOSCANA, mi blog, cuando he querido reunirlas para esta lectura, me he encontrado con más de de media centena, que unidas a mis Cuaresmas, de próxima publicación si Dios quiere, darían para un libro curioso, como una revisión contemporánea de aquellas facetas cofradieras que mi abuelo escribió. 

A estas postales líricas, se unen también otros poemas y reflexiones que han nacido bajo las luces penitentes y la azarosa esencia del azahar sevillano. En este cuadernillo he seleccionado una veintena para ustedes. No, no os la voy a leer todas, líbreme Dios de perpetrar ese crimen, pero sí querría destacar, antes de leer algunas muestras, que de ellas destacaría, además de un profundo amor por nuestras cofradías, la voluntad de ofrecer una visión literaria, incluso si me lo permiten, estilista, quizá en exceso estilista, en la que destacan la imagen audaz y, hasta donde me ha sido posible, la ausencia del tópico. Con el tiempo he comprendido que su barroquismo guarda una fuerte relación con “El discurso de las cofradías de Sevilla”, de Rafael Laffón, a mi juicio el libro más importante desde el punto de vista literario sobre la Semana Santa, que sin embargo leí muchos años después de dar inicio a estos envíos porque nihil novum sub sole, como saben los armados de la Macarena..

Paso a leerles algunas de estas estampas:  he querido ceñirme a la ortodoxia del orden temporal, tan poco frecuente ya en los pregones, porque,  como decía, el tiempo de la Semana Santa es uno solo, empieza por el eterno domingo de ramos y se completa, en mi caso, bajo las cúpulas y capiteles del sábado perpetuo de San Lorenzo.

La imagen puede contener: una persona, sentada e interior
Fotografía de Pepe Morán

 
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