lunes, 5 de diciembre de 2016

Rimas y leyendas (VII)

Capítulo V
Capítulo IV
Capítulo III
Capítulo II
Capítulo I

Pero nadie contestó a la imprecación de la vieja. La portada de la iglesia, por donde antes había asomado apenas un nimbo de luz, se retorcía ahora como las ánimas del purgatorio al trémulo resplandor de aquella lámpara de aceite. Sobre la yesería del dintel temblaba en su escudo el corderito encalado. Una niebla espesa y húmeda crecía en el atrio enroscada a las llamas del candilejo. Tras la última campanada el silencio resultaba atronador y las mujeres podían oír el latido asustado de sus corazones. La vieja volvió a vociferar, esta vez en dirección a la calle:
-¡Y vosotras, sombras! ¿No acudís? ¿Tan grato os resulta acaso vuestro lecho de piedra y liquen que ya ni siquiera visitan los gusanos?
Otra racha de frío atravesó el compás mientras el eco de aquellas palabras reverberaba entre los muros. Pero esta vez sí hubo respuesta, unos pasos de hierro sincopados se arrastraban como cadenas, más cercanos y fuertes por momentos.
-¿Quién osa convocarme en esta noche de perros?
Una voz masculina y gutural retumbó en la arcada del umbral, pero la niebla no dejaba ver más. La vieja replicó:
-¿Aun lleváis la cabeza sobre los hombros, Rey Don Pedro? ¡Todavía os suenan las rodillas!
Antes de que el caballero, encorvado por el peso de la armadura, pudiera echar mano a su espada como le dictaba su cólera una sonora carcajada femenina, descarada y sensual, irrumpió en el atrio a su espalda:
-¡Ay, don Pedro, ¿por qué no brinda a esta dama su manto de armiño que está la noche fría?
-¿Y que me ofrecéis a cambio vos? – dijo el monarca cambiando rápidamente su atención hacia ella.
-Esta hierba de fuego que aún no conocéis, este cigarro puro liado en estos muslos de canela. ¡Bien pronto recobraríais el vigor de vuestra espada!
Detrás de las macetas, bajo la niebla, las niñas y las abuelas permanecían quietas como estatuas, a la larga voluta del tabaco que se perdía en el cielo sucedió, sin embargo, un imprevisto aroma de rosales regados, igual que una pequeña primavera.
-¿No os ha enseñado nada la muerte, Carmen? –Otra figura más se adentraba en el convento, severo y negro el hábito, con la rosa roja de Calatrava bordada en la manga.
-¿Y a vos quién ha dado vela en este entierro? – Preguntó el monarca.
-Calle don Pedro, calle –añadió Carmen enojada- que este mojigato no sabe de otra cosa que no sean pústulas y exequias. ¿Verdad, don Miguel? ¿O acaso debería llamaros don Juan? Sí, olían de maravilla vuestras flores, las que cortamos juntos y las que plantaste después, pero eso también ha pasado in ictu oculi. ¿No ignoraréis que a vuestra Hermandad de la Caridad se la ha tragado la tierra y que ya no crecen allí vuestras rosales?
-¡Eso no es verdad!- gritó la abuela desde su escondrijo.
-¡Chsss!, Calla abuelita, calla- dijo la mayor de las hermanas- ellos no pueden oírnos. Inútil será explicarle que aún florece el esqueje que dejó plantado nuestro padre en el balcón junto al naranjo chino.
Desde la puerta de la iglesia, la vieja volvió a gritar alzando el candilejo:
-¿Estamos todos, pues?
-¡Estamos!- Una voz más fuerte y profunda, herida de siglos de muerte y de dolor siguió diciendo:
-¡Ordene otra vez que abran la puerta, señora! Nadie tiene más autoridad aquí que yo, servidor de todos ustedes. Yo, Fadrique, hijo del Santo Rey Fernando y hermano del vil Alfonso quien manchó su doctas manos de erudito con mi sangre. Míos son, por derecho de conquista, estos cuarteles y manzanas. Desde mi alta torre condenada he visto todo cuanto ha sucedido en Sevilla desde hace casi ocho siglos y no quiero marchar al otro mundo, ahora que hemos llegado sin remedio a las postrimerías de la ciudad, sin escuchar una vez más al bueno de Maese Pérez. ¡Aplacad vuestras disputas y poned freno a vuestras pasiones, pues habéis de limpiar primero el alma! ¡Vamos adentro!
El viento apagó el candil y todo quedó sumido en la oscuridad y la niebla. La vieja golpeó tres veces la aldaba y la puerta de la Iglesia de Santa Inés se abrió de par en par, como una gruta encendida.
-Ay, hijas, que la monja que ha abierto la puerta me parece a mí que ha sido la momia de Doña María Coronel, ¿no habéis visto su rostro desfigurado por el aceite hirviendo? Volvamos a casa que ya hemos tenido suficiente.

-Ahora ya es tarde, abuela- dijo Paloma, la menor de las hermanas- son las doce de la noche, estamos en Santa Inés y va a empezar la Misa del Gallo, aquel anciano ciego que pasa por el crucero ayudado por una joven que parece su hija se está acercando al órgano, y en los bancos donde están arrodillados los fantasmas de la ciudad hay también un hueco para nosotras. Nos están haciendo señas. 

Iglesia de Santa Inés en el interior del Convento, (Fotografía: JMJ, 3 de diciembre de 2016)


Saint Säens: Tercera Sinfonía, con órgano, cuarto movimiento, final



lunes, 28 de noviembre de 2016

Rimas y leyendas (VI)

Capítulo V
Capítulo IV
Capítulo III
Capítulo II
Capítulo I

V
Nadie vigilaba el convento, una solitaria botella de champán vacía era lo único que asomaba por la garita de la obra. Miguel se había esfumado como alma que lleva el diablo al poco de marchar su jefe. Un silencio y una oscuridad absolutas reinaban ahora en la calle de Doña María Coronel.
-Ya os dije que era una ocurrencia y un error venir precisamente esta noche a Santa Inés, -arrebujadas en sus abrigos y bufandas las dos hermanas y la abuela habían alcanzado la puerta del convento que permanecía cerrado a cal y canto-. ¡Con lo bien que estaríamos en casa! 
-¡Abuela! ¿Cómo nos dices eso ahora? ¡Con lo que nos ha costado traerte hasta aquí entre las dos! 
-¡Ay! ¿Qué queréis que os diga, hijas? Cuando se tienen más de cien años se ha merecido una cambiar de opinión las veces que quiera.
Las muchachas intentaron forzar las verjas que daban acceso al compás semiderruido, pero resultaba inútil. La oscuridad era impenetrable y apenas se distinguían las largas barbas de los helechos, dormidos como profetas. 
-¡Bueno, pues vamos a rezar un padrenuestro y un avemaría y nos volvemos por dónde hemos venido! -dijo la abuela-. Después de todo no reconozco como míos estos muros ni esta casa, está todo cambiado y patas arriba. No era aquí por donde yo entraba cuando venía de niña a bordar.
-¿Nos vamos entonces? -insistió la mayor.
-Aunque ya que me habéis traído... –prosiguió la abuela dubitativa de nuevo-, ¿no pensaréis que nos vamos a ir sin más de Santa Inés la noche de Nochebuena, no? ¡Anda, seguidme las dos!
Unos metros más adelante, en la misma calle se abría una angosta tronera, casi invisible, en la que apenas encajaba una decrépita hoja de madera batiente que cedió al vivo empuje de la anciana.
-¿Pero, abuela, cómo vamos a entrar ahí si ni siquiera hemos traído linternas?
A través de un larguísimo corredor, completamente a ciegas, avanzaron sorteando a tientas enseres insólitos, amortajados apenas con sábanas y alfileres: un niño Jesús de la bola, un facistol con sus libros de coro, juguetes de latón y muñecas de trapo o de cerámica que acaso dejaran allí las novicias de otro siglo antes de entrar al claustro por vez primera y para siempre, sacos de especias y semillas de Indias que unidas a la humedad prestaban al pasadizo el aire de bodega de un viejo galeón. En el otro extremo del túnel se abría una puerta que daba a la parte trasera del atrio de Santa Inés, como un pequeño patio.
-¡Esto sí que sigue igual! ¡Aquí está el torno, esas son las arcadas y ahí tenéis la fachada de la Iglesia, tal y como yo la recuerdo!-exclamó exultante la abuela  bajo el cielo estrellado mientras apuntaba a la puerta de del templo de cuyas rendijas salía un haz tembloroso de luz.
Es difícil saber si todo sucedió al mismo tiempo, pero una ráfaga gélida que cruzó sus corazones como escarcha apagó aquel halo fosforescente mientras sonaban, inmensas y lúgubres, las campanas de la Giralda inundando la noche. Tristísimas y muchas: la misa del Gallo se anunciaba en la Catedral.
-¿Y ahora qué va pasar, abuela? ¡Tenemos miedo!- Susurraron las muchachas.
Agazapadas en el atrio, muy cerca del torno, escondidas bajo los inmensos flabelos de esas hojas desgarradas que llaman en los conventos las costillas de Adán, sintieron el graznido de una llave pesada sobre la cerradura de la puerta que daba al exterior, a la calle de Doña María Coronel desde donde ellas habían intentado antes entrar inútilmente.
Una figura menuda y encorvada, vestida de negro y con los cabellos cenicientos cubiertos por un velo de color azabache se apareció ante ellas portando una lúgubre luz en la mano izquierda. Todo un jardín de sombras espectrales se alzó frente a los ojos aterrados de las nietas mientras la vieja del candil cruzaba el atrio de Santa Inés sin advertir la presencia de las mujeres. Había dejado entornada la puerta del convento, como a la espera de alguien más, y ahora golpeaba la aldaba de la Iglesia. Una voz de ultratumba se alzó contra la noche:

-¡Vamos, Maese Pérez, no nos haga esperar más siglos, que nos duelen los huesos y ya son las doce de la noche! ¿A qué aguarda su merced para empezar?


Picasso, "Celestina"


"Siciliana", Gabriel Fauré

domingo, 13 de noviembre de 2016

Rimas y leyendas (V)

Capítulo IV
Capítulo III
Capítulo II
Capítulo I



IV
“Madre en la puerta hay un niño…” , sobre un viejo sillón, junto a una mesa camilla presidida por un niño Jesús de barro y una bandeja de polvorones, una mujer muy anciana, de más de cien años quizá, cantaba villancicos con un hilillo de voz profundo y desgarrado que como un río remoto venía de otro mundo, de tardes perfumadas de picón y violetas cuando los campanilleros pasaban las callejas con guitarras, bandurrias, zambombas y botellas de anís cristalizado, anunciando la  Navidad de los pobres.
-¡Niña, coge la badila y atiza las brasas, y acercarme otro dulcecito de las monjas!- Las niñas sonreían porque hacía más de medio siglo que el brasero era eléctrico, pero su abuela, tan vieja como la Giralda, hablaba siempre desde el fondo de los siglos.
-Cuando yo era niña el primer heraldo de la navidad era el perfume de los nardos de la Iglesia de Santa Inés la mañana del dos de diciembre cuando las monjas nos llevaban a ver a doña María Coronel. ¿Vosotras la habéis visto?- Inés y Paloma callaron, no habían querido contarle a su abuela, para que no sufriera, que al convento apenas le quedaban unas horas y que el cuerpo incorrupto de María Coronel, la fundadora de Santa Inés, que había arrojado a su rostro aceite hirviendo para aplacar el deseo de un rey justiciero y cruel, ahora yacía arrumbado en el almacén del museo arqueológico provincial, junto a tinajas, yeserías, cancelas y azulejos góticos.
-Las tardes de diciembre estábamos todas muy nerviosas y apenas nos concentrábamos en la labor de costura, el convento era un batiburrillo de gente que iba y venía a por los dulces y por el nacimiento, que era cosa digna de verse, con figuras gigantes que nosotras ayudábamos a vestir. Y luego, la noche de Nochebuena mi padre, que era el médico de las monjas, cada año y sin excepción, nos leía, antes de salir arrecidos de frío a la misa del gallo, la leyenda de Maese Pérez y recuerdo que me moría de miedo solo de pensar que en el momento de la Consagración, cuando sonaba la campanilla, pudiera atronar en las bóvedas de la iglesia la música increíble de aquel fantasma ciego, por más que supiéramos que aquel no era su órgano y que nadie tocaba aquel otro instrumento que también tenía una montaña de siglos. ¡Ay qué no daría yo por acercarme a Santa Inés alguna Nochebuena antes de dejar este mundo!
-Calla, abuelita -decía su nieta Inés- no pienses cosas tristes que tú no te vas a morir nunca y aquí estamos nosotras para cantar contigo villancicos. Y, de repente, las tres se pusieron a llorar mientras desenvolvían el terso papelito que tras los cándidos pliegues, custodiaba el cabello de ángel, como el último oro traído de las Indias. Entonces saltó Paloma, su otra nieta:
-¡Ahora mismo nos vamos a Santa Inés!
-¡Pero tú estás loca, hermana, si la abuela apenas puede andar!
-¡Nos vamos a Santa Inés, hoy es Nochebuena, son casi las doce de la noche y allí es donde vamos a ir!
“Madre en la puerta hay un niño…”, la abuela volvía a cantar y las hermanas se miraron llorando y riendo al mismo tiempo, porque una estrella de azúcar se había posado en los ojos de ambas y había encendido esa chispa que hace avivar el picón del alma cuando el frío se clava en los huesos.
Y salieron, no sin antes encender, por consejo y prevención de la abuela, una pequeña vela en la cancela cuya llama temblorosa y mortecina alumbraba un azulejo del Gran Poder.


Santa Inés, Zurbarán, Museo de Bellas Artes de Sevilla

"Madre, en la puerta hay un niño", Villancico Andaluz, por Raya Real

lunes, 7 de noviembre de 2016

Rimas y leyendas (IV)

Capítulo III
Capítulo II
Capítulo I
III

“Ya sabe, jefe, que durante muchos años mi familia ha vivido de la caridad de las monjas y de las chapuzas que buenamente me empezaron a encargar a mí luego. Aquí he hecho de todo, de electricista a mozo de los recados o fontanero si se terciaba, e incluso de jardinero, antes de que la comunidad abandonara el claustro donde ahora crece la maleza por ruina inminente. Muchas noches de navidad me he camelado a los turistas contando la leyenda del órgano, tal y como la sabía por mi madrina y he ayudado a engrosar la bolsa del aguinaldo, pero nunca había podido acercarme al instrumento que está junto al coro, tras la reja de la clausura. Me decía usted antes que algunos parroquianos se habían quejado de los ruidos, pero no es la guitarra de mi padre, la que siempre viene conmigo y con la que algunos euros me saco por las viejas tabernas del barrio, que ahora llaman gastrobares, lo que han escuchado los vecinos. Yo, hasta ahora que se va a quedar esto completamente abandonado, no me había atrevido a contarle nada, pero hará cosa de unas tres días, cuando empezó a desmontarse el retablo y a retirarse la verja, me vine al coro solo. Sí, sí, ya sé que según la leyenda este no es el órgano de Maese Pérez, pero a mí siempre me ha gustado mucho la música y tenía la curiosidad de saber cómo suena un armatoste tan antiguo. Cuando atravesaba los patios hasta llegar a la Iglesia con la ilusión de tener para mí solo aquel teclado fabuloso ya había salido la luna. Los rosales sin podar y las plantas trepadoras, que han alcanzado las últimas ventanas rompiendo los marcos y los cristales, proyectaban sombras extrañas. Yo sabía por mi madrina que las monjas llevaban varios meses diciendo que había ruidos en el convento e incluso lo vi publicado en internet, de hecho yo mismo me había encargado de alejar de aquí a las cuadrillas de reporteros que cámara en ristre se empeñaban en entrar de noche, por la parte abierta de los muros. El caso es que cuando iba cruzando el compás me invadió de repente un frío terrible, no se escuchaba un alma, solo el eco del crujido de mis pasos sobre la hojarasca. No, no tenía miedo todavía, ¡que yo soy del Vacie, hombre, y he sido cocinero antes que fraile! Y, como se decía antes de que derribaran la Maestranza, en peores plazas he toreado. Pero sí que me invadió, no sé por qué, una tristeza muy grande, como la que tenía mi madre cuando le salían de verdad las siguiriyas. Y me acordé del cuento, sí, de aquella frase que se me había quedado grabado de niño la primera vez que me lo relataron: “las campanas eran tristísimas y muchas”. Creo que perdí la noción del tiempo, permanecí clavado en el centro del claustro, junto a la fuente sellada de azulejos, viendo pasar las sombras. No sé cómo me percaté de que la Iglesia estaba abierta y pensando que podría tratarse de una banda de anticuarios carroñeros no desistí de mi propósito y me abalancé hacia la puerta, que efectivamente estaba entreabierta. Una luz mortecina temblaba en el coro, como la de una hoguera cuando se apaga y aunque apenas podía distinguirse nada entre las sombras, llegué a escuchar el roce de unos dedos huesudos contra las teclas y luego sonó un gemido metálico, lo mismo que una flauta, que fue creciendo poco a poco según se iban sumando los tubos del órgano, muy bajito primero y un poco más fuerte después, pero sin la potencia propia del instrumento. Parecía que la iglesia entera llorase. Entonces se dio la vuelta y me miró, no sé si él pudo ver algo, pero yo vi cómo un rayo de luna cruzó sus ojos blancos, fijos en mí. Y con la sangre helada, salí corriendo, con la música clavada a los oídos.”



Sevilla, órgano de la catedral.
Bach, Tocata y fuga en Re Menor



domingo, 23 de octubre de 2016

Rimas y leyendas (III)

Capítulo II
Capítulo I

II
-Ya no queda nadie.- le decía el capataz a Miguel el vigilante-  ¡Y menos aún quedará mañana! –añadió con una estentórea carcajada- Bueno, aquí te dejo una botellita de champán y estos turrones, detalle de la empresa, guarda algo para tu madrina, que la he visto llorando como una magdalena, aunque no se le caía tampoco ningún bizcocho, bien despachada de dulces que iba. Oye y si te sientes solo, aguántate y no vuelvas a coger la guitarra que no quiero más problemas con los vecinos de la calle que otra vez se han vuelto a quejar al ayuntamiento de la música. Y no se te ocurra tampoco traerte ninguna gitanita guapa aprovechando que ya no están las hermanas.
Con la mirada baja, pálido y meditabundo Miguel apenas escuchaba las palabras del jefe de obra.
-Pero, ¿a ti te pasa algo, chico? Levanta esa cara, ¡mi alma!  Que estamos en Nochebuena. ¿Ni “gracias”, sabes decir?
-Tengo miedo… - dijo al fin con su grave voz de bronce, como una campana desafinada o rota.
-¡Miedo! ¿De qué? Pero si esto está completamente vacío y ya no salen en Nochebuena ni los campanilleros jubilados, ¿pues no que se trabaja mañana? ¡Y bien pronto que quiero esto despejado para las máquinas! Así que no seas niño chico y déjate de chorradas, que lo que han dicho en las noticias sobre los ruidos no era más que una campaña del arzobispo en internet para retrasar la entrega de las llaves. ¿Las monjas también, dices? Pero tú te has fijado bien en ellas, alma de cántaro, si esas pobres mariposas negras han tenido toda la vida carita de susto...
-Pero yo lo he visto, jefe…
Miguel se había criado a la vera del convento y aún había alcanzado a conocer, antes del cambio del calendario, sus últimos días de mediano esplendor, cuando tras una larga tarde de avemarías y chirridos del torno, acompañaba a su madrina a realizar los últimos repartos a las mejores casas del centro, de donde se iban surtiendo para la cena de Nochebuena de espárragos, atún en escabeche y demás retales huérfanos de las cestas de navidad. De aquella ganga caritativa destacaban las piezas de fruta escarchada que a él le recordaban las brillantísimas gemas de colores que coronan las cabezas de los santos en el retablo de Santa Inés, pues no poco de retablo tenían las cestas  para aquel hijo de cantaores ambulantes echados a perder por la droga y el aguardiente del Vacie. Su madrina y él terminaban la ronda casi al filo de la misa del gallo, cuando una larga cola nerviosa de turistas, por lo general rubicundos extranjeros, guardaba la fila para acceder al convento atraídos por la vieja leyenda del organista, aunque ya no sonara más que la música enlatada de Bach (“Tocata y fuga en re menor”) que él mismo se encargaba de pinchar en un compact disc en la sacristía antes de recibir las últimas propinas de las monjas y perderse entre las hogueras y corros de las chabolas, junto a las tapias del cementerio de San Fernando, donde se cantaría y bailarían villancicos “por Huelva”, hasta el amanecer.
-¿Qué has visto a quién, dices?
............................................................................¿CONTINUARÁ?

A Bécquer con unas orquídeas, 23 de octubre de 2015
 
"En el claustro de un monasterio". Albert W.Ketelbey

viernes, 21 de octubre de 2016

Rimas y leyendas (II)

Viene del Capítulo I
Pero, atended, ¿qué es este murmullo que en un segundo se transforma en un abucheo atronador? Del interior del recinto han salido el arzobispo de Sevilla y su vicario de quienes la ordenada muchedumbre se aparta como de aquellas pestes barrocas que asolaron los arrabales de sus antepasados. Entre ambos portan una pequeña arqueta de oro, han venido a recoger las reliquias de la cabeza de una de las once mil vírgenes que acompañaron a Santa Úrsula al martirio porque desde hace apenas unos minutos, cuando el lacre selló con sus gotas de sangre el decreto canónico, el templo está secularizado y la misa de esta tarde ha sido la última. Da pena verlos alejarse solos y cabizbajos entre los gritos, como murciélagos o grajos espantados que en otro siglos hubieran podido ser los colorados príncipes de este gallinero en el que se mezclan las injurias digitales y los improperios a viva voz. Solo dulcifica la escena la azucarada constelación de las delicias que afloran del torno de madera podrida, cuyo eje herrumbroso gime a cada vuelta. Pero escuchemos, escuchemos que dice esta muchacha de ojos avispados que todavía se santiguó al paso de los ministros de Dios, para espanto de los esnobs de la repostería:
-Pues mi hermana se llama Inés porque mi abuela, que tiene más de cien años, cosía en este convento. Venía cada tarde andando desde la calle Águilas y las monjas, que entonces eran más de una docena, decían que si rezabas once mil padre nuestros a las reliquias, se te revelaba en sueños la fecha de tu muerte. Pero ella no lo hizo nunca y por eso vive todavía con nosotras. Cuando supimos que esta noche cerrarían el convento corrimos a comprarle unos polvorones para esta Nochebuena, porque nosotros todavía la celebramos.
-Cállate, Paloma –decía su hermana, más tímida y templada- ¡hablas demasiado y a estos señores qué les importan nuestras costumbres!
Sí, y aunque acaso solo importe en toda Sevilla a la familia de estas dos adorables criaturas y a su venerable abuela, por vez primera en más de setecientos años no sonará esta noche la esquila de Santa Inés llamando a la misa del gallo. Las tres últimas monjas, una guineana y dos keniatas, recogerán también hoy sus cosas después del último reparto y entregarán todos los juegos de llave a la última mandadera del convento, madrina del gitano que vigila las obras del ya nuevo centro de interpretación, porque mañana, día de Navidad, se ha fijado la fecha  para el derrumbe del claustro y de la iglesia, que amenazan ruina.
Palacio de las Dueñas, mayo 2016

Greensleeves

domingo, 16 de octubre de 2016

Rimas y leyendas (I)

-¿Y el alma del organista?
-No ha vuelto a aparecer desde que colocaron el que ahora le sustituye.”

Maese Pérez el organista ( G. A. Bécquer)


En Sevilla, en el mismo vestíbulo del Centro de Interpretación de la Religión, levantado por las administraciones sobre las ruinas y el solar del antiguo convento de Santa Inés, oí esta historia al community manager de la entidad mientras esperaba la inauguración de una muestra sobre el sentimentalismo y los rituales cristianos de invierno en la primera mitad del siglo XXI. Como es natural, después de oírla recorrí impaciente las salas acristaladas, ansioso de asistir a un prodigio.
Nada menos prodigioso, sin embargo, que aquellas salas frías y desnudas donde se repetían paneles sin sentido y los diferentes prebostes alternaban la vacuidad de sus discursos.
Al salir de la ceremonia no pude por menos que enviar un tuit con aire de burla al responsable de la comunidad online:
-¿Y cómo es que este espacio ha perdido su velo de misterio gótico?
-¡Toma! –me contestó- Porque aquello duró hasta que se ejecutaron las obras. Ahora ya no queda una piedra de lo que fue la iglesia.
-¿Y el alma del organista?
-No ha vuelto a aparecer desde que entraron las excavadoras.
Si a alguno de mis lectores se les ocurriese hacerme la misma pregunta, después de leer esta historia, ya sabe por qué se esfumaron los espíritus de la ciudad.
I
¿Veis esa cola de jóvenes greñudos y gafas de pasta que doblan la cerviz sobre sus dispositivos electrónicos que abarrota el atrio del convento de Santa Inés y que se extiende paralelamente a las hileras de naranjos cuajados de frutos como bolas de navidad a lo largo de  la calle de Doña María Coronel? ¿Veis a aquella muchacha en bicicleta con el gorro de lana y la bufanda rosa que arrastra por el laberinto de las callejas un cendal de bruma y brasas de castañas asadas? Ahora llega junto a la fila y abre y cierra los ojos como estrellas titilantes igual que las guirnaldas luminosas que sobre el arco de las calles despliegan una efímera arquitectura de cristales de nieve y bayas de muérdago asombrosas.
¿Reparasteis, acaso, al desembozarse el abrigo para liberar el calor de su pedalada en el pequeño folleto que esgrimen sus manos frías? Toda Sevilla ha venido aquí por la misma razón: hoy se cierra el torno de Santa Inés y ya no quedará en la ciudad ningún rincón secreto donde solicitar en voz baja las tortas de Santa Clara y el cortadillo de cidra cuyas hebras tanto se parecen a las cabelleras de las jóvenes erasmus que ríen curiosas y expectantes mientras repasan la lista de precios de los bollitos de Santa Inés, coronados de ajonjolí, y las sultanas de almendra, aderezadas con zumo de toronja y esencia de matalahúva.



Torre de Don Fadrique, junio 2016

Toward the unknown region, Vaughan Williams, sobre poemas de Whitman



martes, 30 de agosto de 2016

Oculta, nueva revista de letras

Me llega, transparente, OCULTA

http://www.oculta.es

Al cargo electrónico de Diego Álvarez y Xaime Martínez.

Gonzalo Gragera ha tenido la bondad de dedicar estas preciosas palabras a "Gusanos de Seda".

http://www.oculta.es/poesia/jose-maria-jurado-gusanos-seda/

Y yo vuelvo a sentir mariposas de alegría en el estómago.

Muchas gracias y ¡larga vida a este proyecto!

lunes, 25 de julio de 2016

Cerrar una casa

Me devuelven tus gafas, aún en la mesilla,
tu mirada severa y amorosa.

Cuántas horas tus ojos se posaron
sobre estas piedras viejas como el mundo
que amortajamos en silencio ahora.

Así vuelven las cosas al río de la vida,
todo pierde su peso cuando muere quien lo ama
y se torna liviano material del olvido,
sutil y empaquetable, alimento de sombras.

Y cerramos la puerta.

Al otro lado queda nuestra vida:
los cristales de azufre y el ópalo de fuego,
la malaquita verde que apresa con su garra 
un terrorífico dragón de China 
y los bosques de cuarzos y de jades
que custodian un iris bajo tanta dureza.

Salgo a la calle, corro,
y tu reloj me aprieta el corazón.

Ha partido el camión de la mudanza,
oscuro como un vientre de ballena
hacia el mar de la niebla y las cenizas.

Pero tu colección de minerales ciñe
la corona de Reyes y Profetas.

Vitrina de minerales de mi padre número 1 (antes)
Vitrina de minerales de mi padre número 1 (después)

Antonio Hurtado, 17, antes 15
Cáceres



"Adios rios, adios fontes", Rosalía de Castro - Amancio Prada

jueves, 14 de julio de 2016

Escritura automática

¿Que por qué no he cambiado de coche en diecisiete años? La cosa sucedió más o menos así: iba yo por la autovía el mismo día que me lo dieron cuando se encendió el piloto rojo del combustible. Como es preceptivo en estos casos me salté la primera gasolinera y luego la segunda. Visto que no había necesidad ya me salté la tercera y la cuarta. Y así hasta la fecha. No sé qué cosa es eso de repostar.

La lucecita sigue encendida, se ve que me ha salido tan buena como el motor.

domingo, 12 de junio de 2016

Verano del 42

He traído las begonias al balcón. Son tres, cada una de un color. Una tiene las flores rosas con una cenefa blanca como de encaje en el borde de los pétalos. Otra hace gala de unas corolas rojas y turgentes, tiene el fulgor de los trajes de Valentino. La tercera es amarilla casi blanca, pero abre su cancán plisado igual que las magnolias, estrecha la cintura, verde y ácida. Parecen listas para abrir el baile de la ópera. La mata de verbena también ha florecido, prendió en el jarrillo de latón y, tras unas semanas de duda, ahora las pequeñas flores violetas levantan con timidez sus ramitos de luz morada bajo la barba rizada y venerable del helecho. Una brisa fresca anuncia la mañana del sábado. Enciendo la televisión. Aún no ha empezado el concierto. Yo antes lloraba mucho escuchando a Beethoven, pero hoy he me ha gustado más la música de Mozart, más acorde a mi temperamento de estos meses, adulterado dulcemente por la química. Miro otra vez las flores. Conozco su tristeza. Sube en seguida el calor y el ruido de la calle y en el pasillo escucho las voces claras de las niñas recién levantadas. Pronto cumpliré cuarenta y dos años. En las novelas rusas esta es ya una edad provecta cargada de nieve y de resignada desolación. En nuestros días los usos  y costumbres han desterrado el  final de la juventud. La ciencia y el progreso, se afirma con aliviado convencimiento, han alargado la vida; pero yo creo más en las novelas rusas que en la ciencia y me he dado a la aprensión y a las melancolías. Acaso terminó la primavera. Yo sé que alguna tarde aún los cielos habrán de imponerme el Toisón de Oro y temblará mi mano cuando vuelva a ceñir el cetro de las rosas del mundo. Mientras, preparo mi café descafeinado. Hay una silla de enea en la cocina, junto a la puerta que se asoma al campo, allí me he de sentar alguna vez para admirar las mieses, su dorado fulgor antes de julio.  Ya hierve el agua. Una cucharada primero, luego otra. Regreso a mi balcón y a mis macetas. También la ancianidad tiene su infancia y puede que también su adolescencia. Primero una pastilla, luego, otra. Y Mozart otra vez en mis oídos.
Grecia 33, Sevilla, 11 de junio de 2016 (JMJ)


Mozart, "Gran Partita",  Adagio, Sir Neville Marriner and the Academy of Saint Martin in the fields

jueves, 9 de junio de 2016

SILK FRIDAY

¡¡¡Mañana no te pierdas el SILK FRIDAY!!!

Sí, también nosotros hemos preparado una fiesta de verano para celebrar los seis primeros meses de vida de estos gusanos y la gran puesta anual.

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¡¡¡Vente de verbena con nosotros a la ruta de la seda!!!

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