viernes, 13 de enero de 2017

Adicto al FB o "La Raya"

[Soneto de pompa -de jabón- y circunstancia]

Me acuerdo del “me gusta” que le diste
a mi haiku lunar, sencillo y puro
y cómo dulcemente compartiste

mis visiones astrales en tu muro.

No sonaron entonces más violines
que en la corte de un Papa del barroco,
me vinieron a ver los querubines
mientras desfallecía poco a poco

de amor rendido frente a la pantalla,
de rodillas postrado ante tu icono,
ya sentía tu mano en mi quimono,

una pasión tan cándida y canalla,
como el baño de almíbar de un pionono
o el calambre salvaje de una raya .*

*NOTA BENE: 
Obviamente nos referimos a la especie “Torpedo fuscomaculata”, cuyas descargas no deben confundirse (o no en todo caso) con el reputado alcaloide de nombre técnico benzoilmetilecgonina.

Jean-Baptiste Simeón Chardin, La raya. Óleo sobre tela, 1728



jueves, 12 de enero de 2017

Luna llena de enero

Miro la luna
en su estanque de noche
como un nenúfar.

La Campana, Sevilla, 11 de enero JMJ

miércoles, 11 de enero de 2017

Primavera huérfana


Corto las flores 
del naranjo de invierno, 
copos de nieve
.
Ikebana, JMJ , 10 de enero 2017

lunes, 9 de enero de 2017

Orquídea

"Raíces y alas. 
Pero que las alas arraiguen y las raíces vuelen."
(JRJ, Diario de un poeta recién casado)


Un ave de los trópicos
ha extendido las alas
sobre una espiga frágil
sin emprender el vuelo.

Mantiene el equilibrio
entre las hojas verdes,
su tiempo no es el tiempo
de las flores efímeras.

Las raíces escalan
hacia el cristal del cielo,
ahondan en la luz
y más arriba siempre.

Viven en el abismo
de los seres aéreos
y acarician el agua
que asciende de la ciénaga.

En el ángulo oscuro
de los invernaderos
hay un sexo de savia
y de piedras preciosas.

La belleza no duerme
en la casa de vidrio.

Madrid, Invernadero del Jardín Botánico, 31 de diciembre de 2016.
Obsérvese el sistema radicular aéreo propio de las orquídeas epifitas.


Martin Johnson Heade Orquídea y colibrí cerca de una cascada
Colección Carmen Thyssen-Bornemisza, Museo Thyssen, Madrid.




 Debussy - La Plus Que Lente - Valse - Aldo Ciccolini 

domingo, 8 de enero de 2017

Sobre el estilo

Hay en la orquídea
una idea escondida, 
pero es esdrújula.

31 de diciembre de 2016, Jardín Botánico de Madrid.

martes, 27 de diciembre de 2016

Un año de seda


Pues sí, el año empezó como la seda:


La rueda del 2016, a la que no le faltaron dientes a pesar de todo, ha sido muy generosa con nosotros este año, estos gusanos vinieron con dos sobrinos nuevos debajo del brazo y, a pesar de las piedras de riñón, que son novedad, otros achaques se han marchado definitivamente de nuestras vidas.

Abandonamos la casa familiar en Cáceres, pero ahora tenemos otra más honda y familiar en Madrid, e incluso hemos acabado el año con 17Kg menos de poeta, por lo que es de esperar que a partir de ahora sea más airosa mi poesía, o quién sabe si justo lo contrario.

Ojalá fueran siempre así todos los años, sabemos que no, pero vaya mi gratitud a todos los que me han acompañado en este viaje por los campos de la morera: a mi compadre Pablo Pámpano y a mi amigo Lutgardo, que incluso les dedicó un poema cuando lo presentó en Sevilla. A Yelsy Heredia, que hizo una preciosa composición y a Santos Domínguez que lo apadrinó en Cáceres.

Al premio Nacional de Poesía 2015, Don Luis Alberto de Cuenca y al premio Reina Sofía, Don Antonio Colinas, que saludaron estos versos hace un año con las palabras que siguen, se ve que la seda da buena suerte.


Y gracias también a todos aquellos que tan bien y generosamente les brindaron unas caricias públicas: Antonio Rivero Taravillo, José Manuel Mora Fandos, José Manuel Benítez Ariza, Álvaro Valverde, Jesús María Gómez Flores, Concha Rodriguez, Gregorio Muelas, Gonzalo Gragera, Jesús Cotta, Rafael Roblas, Aquilino Duque, Alicia Mariño, Olga Bernard...


Y a los medios que se interesaron por él: Radio Nacional de España, Periódico Extremadura, Revista La Muy de Sevilla, Periódico HOY, XYZ, Oculta...

También mi gratitud con las caricias privadas y las de Facebook.

¿Y qué decir de los amigos libreros de Céfiro, Baba Yaga o El Buscón o del Círculo Mercantil que abrieron sus puertas para este pequeño rastrillo de la Ruta de la Seda?

A continuación copio alguna de estas reseñas, la cuenta de supergoogle da un total de dieciocho, sin contar repeticiones, lo que es mucho para un libro de poesía que nació huérfano de editorial por voluntad propia.

Si he omitido algún nombre no ha sido deliberadamente, pregúntenles  a los dueños del algoritmo.

TODAVÍA QUEDAN EJEMPLARES que pueden adquirirse contactando con la cuenta

gusanosdeseda2016@gmail.com

escribiendo a este correo os indicarán una cuenta en la que hacer un ingreso de 12€ para su envío sin más costes a la dirección que indiquéis (envíos al extranjero según tarifa oficial de correo).

Bueno, pues feliz, año, que la seda os acompañe.




(1) Concha Rodríguez


(2) José Manuel Mora Fandos


(3) Santos Domínguez



(4) Periódico Extremadura



(5) Gregorio Muelas


(6) Gonzalo Gragera


(7) Jesús Cotta



(8) Rafael Roblas


(9) Álvaro Valverde


(10) Antonio Rivero Taravillo




(11) Aquilino Duque



(12) Diario Hoy


(13) Jesús María Gómez Flores


(14) Colegio de Ingenieros de Telecomunicaciones de Andalucía y Occidental y Ceuta


(15) José Manuel Benítez Ariza


(16) Alicia Mariño







viernes, 23 de diciembre de 2016

Cuento de Jerusalén V


Arrollado por el bullicio el viejo Gedeón se tambalea a tientas por la empinada calleja, ha estado a punto de rodar por el suelo, pero agarrado como un náufrago a la lona de un puesto de quincalla, uno de los muchos que reptan hacia el Templo, increpa a la multitud agitando su báculo:

-¡Por el Valle de Josafat, explicad a este ciego qué sucede!

-¡El Nazareno!¡El Nazareno!¡Han crucificado al Nazareno!

-¿Al Nazareno? –el viejo Gedeón se pone en pie y se arranca el vendaje andrajoso bajo el que lloran dos ojos traslúcidos- ¿Al Nazareno? Pues sabed que mis ojos han visto su gloria.

-¿Tus ojos? –Pregunta con sorna la dueña del tenderete de especias mientras recoge la mercancía que ha derribado el tumulto- ¿Cómo van a ver visto tus ojos a ese desgraciado si hace más de treinta que perdiste la vista y veinte desde que mendigas en este mercado?

Gedeón no contesta, en su interior hace frío, la noche es cerrada y se aprieta a sus padres para no congelarse mientras humean las brasas dormidas junto al rebaño. La escena se repite cada día antes del sueño tras sus ojos vidriados. El resplandor primero,  después el calor y el estruendo imponente, las estrellas como soles en el cielo, las trompetas, y luego el camino bajo el brillo acerado de la luz y aquel niño ante el que los pastores se postraban. Y en seguida la vuelta hacia los montes, la oscuridad eterna, la noche fría de la pupila quemada y el eco de las voces en el cielo resonando en su cabeza a todas horas, unas voces sin palabras, unas voces que ahora, después de treinta años, vuelven otra vez a su garganta mientras grita echando espumarajos por la boca, lo mismo que un poseso, ante el gentío:

-¡Gloria a Dios en los cielos y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor!


Rembrandt, "Anunciación a los pastores"



"Glory to God in the Highest" , de "El Mesías", Haendel

lunes, 12 de diciembre de 2016

Rimas y leyendas (VIII, epílogo y FIN)

Capítulo V
Capítulo IV
Capítulo III
Capítulo II
Capítulo I

VI
El primer acorde retumbó como un trueno, todo el silencio amontonado durante centurias resonó en las naves del templo y ascendió a las bóvedas donde la música se hizo claridad. Los tubos del órgano, como un inmenso altar de quinario, elevaban sus potentes hachas de fuego hacia las alturas y la luz, repetida en los oros barrocos del retablo, era la de una zarza que ardiera sin consumirse. Del profundo barranco de los siglos irradiaba una fuga, un haz velocísimo de imágenes y llamas que pintaba en los techos un rompimiento de gloria. Sobre el himno sonoro de Maese Pérez pudieron verse galeones henchidos de perlas y tesoros, papagayos y orquídeas de insólitos colores y una nave girar como un móvil perpetuo alrededor de un globo azul, apenas tripulada por dieciocho almas errantes y cargada de especias. Estas armonías no eran, desde luego, los coros de los ángeles, que según cuenta Becquer, atravesaban los espacios y llegaban al mundo, aquellas cadencias nacían del fondo de la tierra y elevaba en al aire el último hálito de la ciudad. Sobre la pira del sonido desfilaban las águilas de Roma y los resplandecientes hijos de Ismael hacían sonar las chirimías y degollaban corderos con alfanjes de plata. Entre los cañaverales los reyes de la Atlándida arrojaban al cieno pectorales de oro…
Galopaba la música sobre el tiempo y la historia mientras los ojos embelesados de los viejos espíritus admiraban el derrumbe de las casas antiguas, pero cuando el órgano fue debilitando su pugna, para regresar a la gruta del abismo y la muerte, también ellos, monarcas, santos y mujeres de genio, se desvanecieron como siluetas de humo.
-¡Inés, Inés, la abuela no se mueve!
La oscuridad reinaba en la Iglesia del convento. Un silencio de piedra y un vacío de hielo ocupaba el solar deshabitado al que habían arrancado y despojado de su alma para siempre. Alrededor no había nadie, solo el frío.
Paloma, la más pequeña, lloraba desconsolada mientras acariciaba los cabellos de nieve de la anciana.
-A ti nunca te lo dijo-añadió Inés gravemente- pero yo lo sabía y por eso me opuse a que viniéramos: la abuela conocía la fecha de su muerte. Sí, había rezado los once mil padrenuestros a la reliquia. Había visto en los sueños una vida muy larga, pero también el fin de sus días en una noche de Navidad, durante la Misa del Gallo, cuando la ciudad se hubiera olvidado de sus duendes y el viejo Maese Pérez tañera sobre el órgano la elegía del cisne.
Una vela apagada humeaba aún en la Iglesia en ruinas. 
Torno de Santa Inés (Fotografía JMJ, 3 de diciembre 2016)
VII
Miguel el vigilante caminaba tambaleándose por la calle Monasterio de Veruela, llevaba la guitarra al hombro y colgada al cuello una llave misteriosa, la que abría y cerraba la última peña flamenca de Sevilla, fundada por un médico anciano y respetable, al que adoraban los gitanos porque asistía a sus partos y sufragaba sus juergas por un poco de cante. Además del champán, que ya le quedaba lejos, a Miguel lo rodeaba un aura de coñac y manzanilla. Iba camino del Vacie, pasado el cementerio, con la improbable esperanza de que su prima aún no se hubiera dormido, aunque por el Aljarafe empezaba a pintarse una raya morada como sus ojeras. A la altura de la Venta de los Gatos, lo llamó la atención una hoguera muy alta, casi como una columna de fuego y no pudo evitar acercarse, contento de no ser, a esa hora del día, cuando aún es de noche, el único con ganas de jarana. Se acercó tocando por bulerías, olvidado del miedo de los días pasados, pero cuando estuvo más cerca se le desencajó la cara y se le aflojó el vientre, tiró la guitarra al suelo y corrió como nunca había corrido en toda su vida, ni siquiera detrás de la Guardia Civil, cuando aún había a las afueras huertos de nísperos e higueras que saquear si apretaban el hambre y el aburrimiento.
Mientras huía como alma que lleva el diablo Iba jurando por todos sus difuntos que nunca más abandonaría su puesto de trabajo, que jamás volvería abusar de la bebida y que acabaría los estudios de bachillerato como había prometido a su madrina y buscaría un trabajo decente y que para dejar constancia de su firme propósito iba a ser el primero en besar el talón del Gran Poder a cuya basílica marchaba corriendo.
Don Fadrique tomó lo la guitarra que había soltado Miguel y siguió tocando con las desnudas falanges de sus dedos, don Pedro y don Miguel, que ahora era de nuevo don Juan, competían por ceñir la cintura cadavérica de Carmen, y la vieja del candil, con su rostro horripilante, cantaba sin pausa por campanilleros. Y cuentan quienes por allí pasaron, aterrados y fugaces, que aún hasta bien entrada la mañana, cuando el sol deshizo su apariencia, se prolongó la última fiesta de aquella ciudad legendaria que había sido capital de un imperio.
VIII
Un hombre joven, embozado en una capa negra, el cabello ensortijado, breve el bigote y larga la perilla, baja de una casa con un balcón de cristal enrejado, sobrevolado de madreselvas y nidos de golondrinas, por la Calle Conde de Barajas. Miguel lo ha visto pasar, mientras espera a que se abra la Puerta del Gran Poder y decide seguirlo sin saber por qué. Amanece y las calles sepultadas bajo la niebla de la mañana de Navidad parecían un laberinto de cal y humo. Va camino del río, no hay duda  de que sabe exactamente a qué punto se dirige. Superadas las últimas construcciones fluviales y las más modernas dársenas de piraguas, existe aún una alameda. El otoño dura aún en Sevilla y son doradas las hojas de los árboles, sobre su tronco se enrosca una yedra que da flores azules a pesar de la estación. Hay en el centro de aquel pequeño claro un laurel muy alto, Miguel conoce el sitio, ha cogido hojas allí para su madrina con más de una amiga. El hombre joven corta una rama, parece que fuera a trenzarla, pero antes la desmenuza y la echa al río, acto seguido se tiende en el suelo, como para dormir un sueño eterno. La bruma se condensa en una fina lluvia que pronto se hace más fuerte, pero el joven no se inmuta, como si fuera mármol, y Miguel comprende que no debe perturbar su descanso en aquel ángulo oscuro de la orilla. Poco a poco sube el cauce del río y arrastra al durmiente hacia su seno, como a una Ofelia ahogada.

Miguel ha deshecho su camino y aguarda nuevamente a que se abra la gran hoja de madera del Gran Poder.  Piensa en lo vivido y en lo soñado durante la noche, contempla, bajo el puro sol de invierno, que asoma entre las nubes, los descarnados huesos de la ciudad, su caserío exangüe y arruinado, y exclama para sí con un suspiro: ¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!

FIN
Gustavo Adolfo Bécquer [1836-1870] (Museo de Bellas Artes de Sevilla)
Retrato por su hermano Valeriano Bécquer [1833-1870]



Maurice Ravel (1875 - 1937) Daphnis et Chloé (1909 - 1912)

Ballet en tres partes


lunes, 5 de diciembre de 2016

Rimas y leyendas (VII)

Capítulo V
Capítulo IV
Capítulo III
Capítulo II
Capítulo I

Pero nadie contestó a la imprecación de la vieja. La portada de la iglesia, por donde antes había asomado apenas un nimbo de luz, se retorcía ahora como las ánimas del purgatorio al trémulo resplandor de aquella lámpara de aceite. Sobre la yesería del dintel temblaba en su escudo el corderito encalado. Una niebla espesa y húmeda crecía en el atrio enroscada a las llamas del candilejo. Tras la última campanada el silencio resultaba atronador y las mujeres podían oír el latido asustado de sus corazones. La vieja volvió a vociferar, esta vez en dirección a la calle:
-¡Y vosotras, sombras! ¿No acudís? ¿Tan grato os resulta acaso vuestro lecho de piedra y liquen que ya ni siquiera visitan los gusanos?
Otra racha de frío atravesó el compás mientras el eco de aquellas palabras reverberaba entre los muros. Pero esta vez sí hubo respuesta, unos pasos de hierro sincopados se arrastraban como cadenas, más cercanos y fuertes por momentos.
-¿Quién osa convocarme en esta noche de perros?
Una voz masculina y gutural retumbó en la arcada del umbral, pero la niebla no dejaba ver más. La vieja replicó:
-¿Aun lleváis la cabeza sobre los hombros, Rey Don Pedro? ¡Todavía os suenan las rodillas!
Antes de que el caballero, encorvado por el peso de la armadura, pudiera echar mano a su espada como le dictaba su cólera una sonora carcajada femenina, descarada y sensual, irrumpió en el atrio a su espalda:
-¡Ay, don Pedro, ¿por qué no brinda a esta dama su manto de armiño que está la noche fría?
-¿Y que me ofrecéis a cambio vos? – dijo el monarca cambiando rápidamente su atención hacia ella.
-Esta hierba de fuego que aún no conocéis, este cigarro puro liado en estos muslos de canela. ¡Bien pronto recobraríais el vigor de vuestra espada!
Detrás de las macetas, bajo la niebla, las niñas y las abuelas permanecían quietas como estatuas, a la larga voluta del tabaco que se perdía en el cielo sucedió, sin embargo, un imprevisto aroma de rosales regados, igual que una pequeña primavera.
-¿No os ha enseñado nada la muerte, Carmen? –Otra figura más se adentraba en el convento, severo y negro el hábito, con la rosa roja de Calatrava bordada en la manga.
-¿Y a vos quién ha dado vela en este entierro? – Preguntó el monarca.
-Calle don Pedro, calle –añadió Carmen enojada- que este mojigato no sabe de otra cosa que no sean pústulas y exequias. ¿Verdad, don Miguel? ¿O acaso debería llamaros don Juan? Sí, olían de maravilla vuestras flores, las que cortamos juntos y las que plantaste después, pero eso también ha pasado in ictu oculi. ¿No ignoraréis que a vuestra Hermandad de la Caridad se la ha tragado la tierra y que ya no crecen allí vuestras rosales?
-¡Eso no es verdad!- gritó la abuela desde su escondrijo.
-¡Chsss!, Calla abuelita, calla- dijo la mayor de las hermanas- ellos no pueden oírnos. Inútil será explicarle que aún florece el esqueje que dejó plantado nuestro padre en el balcón junto al naranjo chino.
Desde la puerta de la iglesia, la vieja volvió a gritar alzando el candilejo:
-¿Estamos todos, pues?
-¡Estamos!- Una voz más fuerte y profunda, herida de siglos de muerte y de dolor siguió diciendo:
-¡Ordene otra vez que abran la puerta, señora! Nadie tiene más autoridad aquí que yo, servidor de todos ustedes. Yo, Fadrique, hijo del Santo Rey Fernando y hermano del vil Alfonso quien manchó su doctas manos de erudito con mi sangre. Míos son, por derecho de conquista, estos cuarteles y manzanas. Desde mi alta torre condenada he visto todo cuanto ha sucedido en Sevilla desde hace casi ocho siglos y no quiero marchar al otro mundo, ahora que hemos llegado sin remedio a las postrimerías de la ciudad, sin escuchar una vez más al bueno de Maese Pérez. ¡Aplacad vuestras disputas y poned freno a vuestras pasiones, pues habéis de limpiar primero el alma! ¡Vamos adentro!
El viento apagó el candil y todo quedó sumido en la oscuridad y la niebla. La vieja golpeó tres veces la aldaba y la puerta de la Iglesia de Santa Inés se abrió de par en par, como una gruta encendida.
-Ay, hijas, que la monja que ha abierto la puerta me parece a mí que ha sido la momia de Doña María Coronel, ¿no habéis visto su rostro desfigurado por el aceite hirviendo? Volvamos a casa que ya hemos tenido suficiente.

-Ahora ya es tarde, abuela- dijo Paloma, la menor de las hermanas- son las doce de la noche, estamos en Santa Inés y va a empezar la Misa del Gallo, aquel anciano ciego que pasa por el crucero ayudado por una joven que parece su hija se está acercando al órgano, y en los bancos donde están arrodillados los fantasmas de la ciudad hay también un hueco para nosotras. Nos están haciendo señas. 

Iglesia de Santa Inés en el interior del Convento, (Fotografía: JMJ, 3 de diciembre de 2016)


Saint Säens: Tercera Sinfonía, con órgano, cuarto movimiento, final



lunes, 28 de noviembre de 2016

Rimas y leyendas (VI)

Capítulo V
Capítulo IV
Capítulo III
Capítulo II
Capítulo I

V
Nadie vigilaba el convento, una solitaria botella de champán vacía era lo único que asomaba por la garita de la obra. Miguel se había esfumado como alma que lleva el diablo al poco de marchar su jefe. Un silencio y una oscuridad absolutas reinaban ahora en la calle de Doña María Coronel.
-Ya os dije que era una ocurrencia y un error venir precisamente esta noche a Santa Inés, -arrebujadas en sus abrigos y bufandas las dos hermanas y la abuela habían alcanzado la puerta del convento que permanecía cerrado a cal y canto-. ¡Con lo bien que estaríamos en casa! 
-¡Abuela! ¿Cómo nos dices eso ahora? ¡Con lo que nos ha costado traerte hasta aquí entre las dos! 
-¡Ay! ¿Qué queréis que os diga, hijas? Cuando se tienen más de cien años se ha merecido una cambiar de opinión las veces que quiera.
Las muchachas intentaron forzar las verjas que daban acceso al compás semiderruido, pero resultaba inútil. La oscuridad era impenetrable y apenas se distinguían las largas barbas de los helechos, dormidos como profetas. 
-¡Bueno, pues vamos a rezar un padrenuestro y un avemaría y nos volvemos por dónde hemos venido! -dijo la abuela-. Después de todo no reconozco como míos estos muros ni esta casa, está todo cambiado y patas arriba. No era aquí por donde yo entraba cuando venía de niña a bordar.
-¿Nos vamos entonces? -insistió la mayor.
-Aunque ya que me habéis traído... –prosiguió la abuela dubitativa de nuevo-, ¿no pensaréis que nos vamos a ir sin más de Santa Inés la noche de Nochebuena, no? ¡Anda, seguidme las dos!
Unos metros más adelante, en la misma calle se abría una angosta tronera, casi invisible, en la que apenas encajaba una decrépita hoja de madera batiente que cedió al vivo empuje de la anciana.
-¿Pero, abuela, cómo vamos a entrar ahí si ni siquiera hemos traído linternas?
A través de un larguísimo corredor, completamente a ciegas, avanzaron sorteando a tientas enseres insólitos, amortajados apenas con sábanas y alfileres: un niño Jesús de la bola, un facistol con sus libros de coro, juguetes de latón y muñecas de trapo o de cerámica que acaso dejaran allí las novicias de otro siglo antes de entrar al claustro por vez primera y para siempre, sacos de especias y semillas de Indias que unidas a la humedad prestaban al pasadizo el aire de bodega de un viejo galeón. En el otro extremo del túnel se abría una puerta que daba a la parte trasera del atrio de Santa Inés, como un pequeño patio.
-¡Esto sí que sigue igual! ¡Aquí está el torno, esas son las arcadas y ahí tenéis la fachada de la Iglesia, tal y como yo la recuerdo!-exclamó exultante la abuela  bajo el cielo estrellado mientras apuntaba a la puerta de del templo de cuyas rendijas salía un haz tembloroso de luz.
Es difícil saber si todo sucedió al mismo tiempo, pero una ráfaga gélida que cruzó sus corazones como escarcha apagó aquel halo fosforescente mientras sonaban, inmensas y lúgubres, las campanas de la Giralda inundando la noche. Tristísimas y muchas: la misa del Gallo se anunciaba en la Catedral.
-¿Y ahora qué va pasar, abuela? ¡Tenemos miedo!- Susurraron las muchachas.
Agazapadas en el atrio, muy cerca del torno, escondidas bajo los inmensos flabelos de esas hojas desgarradas que llaman en los conventos las costillas de Adán, sintieron el graznido de una llave pesada sobre la cerradura de la puerta que daba al exterior, a la calle de Doña María Coronel desde donde ellas habían intentado antes entrar inútilmente.
Una figura menuda y encorvada, vestida de negro y con los cabellos cenicientos cubiertos por un velo de color azabache se apareció ante ellas portando una lúgubre luz en la mano izquierda. Todo un jardín de sombras espectrales se alzó frente a los ojos aterrados de las nietas mientras la vieja del candil cruzaba el atrio de Santa Inés sin advertir la presencia de las mujeres. Había dejado entornada la puerta del convento, como a la espera de alguien más, y ahora golpeaba la aldaba de la Iglesia. Una voz de ultratumba se alzó contra la noche:

-¡Vamos, Maese Pérez, no nos haga esperar más siglos, que nos duelen los huesos y ya son las doce de la noche! ¿A qué aguarda su merced para empezar?


Picasso, "Celestina"


"Siciliana", Gabriel Fauré

domingo, 13 de noviembre de 2016

Rimas y leyendas (V)

Capítulo IV
Capítulo III
Capítulo II
Capítulo I



IV
“Madre en la puerta hay un niño…” , sobre un viejo sillón, junto a una mesa camilla presidida por un niño Jesús de barro y una bandeja de polvorones, una mujer muy anciana, de más de cien años quizá, cantaba villancicos con un hilillo de voz profundo y desgarrado que como un río remoto venía de otro mundo, de tardes perfumadas de picón y violetas cuando los campanilleros pasaban las callejas con guitarras, bandurrias, zambombas y botellas de anís cristalizado, anunciando la  Navidad de los pobres.
-¡Niña, coge la badila y atiza las brasas, y acercarme otro dulcecito de las monjas!- Las niñas sonreían porque hacía más de medio siglo que el brasero era eléctrico, pero su abuela, tan vieja como la Giralda, hablaba siempre desde el fondo de los siglos.
-Cuando yo era niña el primer heraldo de la navidad era el perfume de los nardos de la Iglesia de Santa Inés la mañana del dos de diciembre cuando las monjas nos llevaban a ver a doña María Coronel. ¿Vosotras la habéis visto?- Inés y Paloma callaron, no habían querido contarle a su abuela, para que no sufriera, que al convento apenas le quedaban unas horas y que el cuerpo incorrupto de María Coronel, la fundadora de Santa Inés, que había arrojado a su rostro aceite hirviendo para aplacar el deseo de un rey justiciero y cruel, ahora yacía arrumbado en el almacén del museo arqueológico provincial, junto a tinajas, yeserías, cancelas y azulejos góticos.
-Las tardes de diciembre estábamos todas muy nerviosas y apenas nos concentrábamos en la labor de costura, el convento era un batiburrillo de gente que iba y venía a por los dulces y por el nacimiento, que era cosa digna de verse, con figuras gigantes que nosotras ayudábamos a vestir. Y luego, la noche de Nochebuena mi padre, que era el médico de las monjas, cada año y sin excepción, nos leía, antes de salir arrecidos de frío a la misa del gallo, la leyenda de Maese Pérez y recuerdo que me moría de miedo solo de pensar que en el momento de la Consagración, cuando sonaba la campanilla, pudiera atronar en las bóvedas de la iglesia la música increíble de aquel fantasma ciego, por más que supiéramos que aquel no era su órgano y que nadie tocaba aquel otro instrumento que también tenía una montaña de siglos. ¡Ay qué no daría yo por acercarme a Santa Inés alguna Nochebuena antes de dejar este mundo!
-Calla, abuelita -decía su nieta Inés- no pienses cosas tristes que tú no te vas a morir nunca y aquí estamos nosotras para cantar contigo villancicos. Y, de repente, las tres se pusieron a llorar mientras desenvolvían el terso papelito que tras los cándidos pliegues, custodiaba el cabello de ángel, como el último oro traído de las Indias. Entonces saltó Paloma, su otra nieta:
-¡Ahora mismo nos vamos a Santa Inés!
-¡Pero tú estás loca, hermana, si la abuela apenas puede andar!
-¡Nos vamos a Santa Inés, hoy es Nochebuena, son casi las doce de la noche y allí es donde vamos a ir!
“Madre en la puerta hay un niño…”, la abuela volvía a cantar y las hermanas se miraron llorando y riendo al mismo tiempo, porque una estrella de azúcar se había posado en los ojos de ambas y había encendido esa chispa que hace avivar el picón del alma cuando el frío se clava en los huesos.
Y salieron, no sin antes encender, por consejo y prevención de la abuela, una pequeña vela en la cancela cuya llama temblorosa y mortecina alumbraba un azulejo del Gran Poder.


Santa Inés, Zurbarán, Museo de Bellas Artes de Sevilla

"Madre, en la puerta hay un niño", Villancico Andaluz, por Raya Real
 
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