sábado, 2 de mayo de 2009

Der Engel

La orquídea crece solitaria y fucsia, nimbada por la luz minimalista de tres o cuatro focos indirectos. En la radio viene como el mar la música –los Cuatro Últimos Lieder de Ricardo Strauss-. Mi mujer y mi hija duermen en la habitación contigua y su respiración es el bajo continuo de este mar. Abro la ventana y llega el aire de mayo perfumado y tibio. Hay en mis manos un libro, un viejo tratado de métrica y composición... qué limpio y claro se me presenta el mundo durante esta dulce epifanía en la que he descifrado el significado del tiempo. Sin temor de los énfasis ni de la retórica podría hablaros de criaturas maravillosas, de la inmortalidad del alma o del rostro de Dios. Pero no me fío de mis sentidos embriagados y por eso alzo la mano y toco el cristal del acuario, de la fría pecera que –supongo- me envía los reflejos adormecidos de esta alucinación. La golpeo con el puño repetidamente, quiero quebrarla, llegar al otro lado. Cuando al fin se rompe como la cáscara de un huevo de cristal llega un viento frío. Ahora debería desprenderse un pétalo de la orquídea o escuchar el llanto desasosegado de mi hija. Pero no. Ha cesado el viento. Tras el espejo, otra vez, la misma claridad.

2 comentarios:

Olga B. dijo...

De vez en cuando paso por aquí y me encuentro textos como éste.
Me gusta mucho leerlos.
Saludos.

john paul winebranch dijo...

A ti es que se te embriagan los sentidos enseguida y con cualquier cosita.

Queda poco, amigo, muy poco. Estoy acabando y espero poder recompensarte la paciencia.

El texto es cojonudo (me ha costado encontrar el adjetivo)

Un abrazo.

 
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