viernes, 22 de mayo de 2009

Jacarandas

Las jacarandas sulibeyan por mayo a los poetas de Sevilla, que constituyen un noventa por ciento de la población censada.

Y no es para menos, el árbol morado de la jacaranda o jacarandá -según como ande uno de apurado con los acentos o las sílabas- hace ondear al viento su tropical exuberancia sobre la fronda maciza de los árboles cuando entra mayo, cuando el fuego artificial de los abriles sevillanos disipa con sus escopetazos feriados el alma breve de los azahares.

Después del mes cruel nos encontremos, también con Eliot, otra vez en una ciudad irreal y en la hora violeta (at the violet hour.)

El morado es un color libertario y comunero, es el color rojo saturando el azul hasta su justo punto de provocación jacobina. Morados son los cielos que perdimos y morado el poniente de la tarde cernudiana. Y hasta la cubierta de la Historia de los Heterodoxos Españoles de Marcelino Menéndez Pelayo en la Biblioteca de Autores Cristianos es también de color morada...

No sé qué causa puede abrazar un lazo morado, pero las amatistas arbóreas de las tardes de mayo pudieran ser un emblema de la Poesía. Juan Ramón Jiménez, por ejemplo, prefería el amarillo y el malva sobre todas las cosas. Pero los poetas ya andan sobrados de amarillos con la mala suerte de querer ser poetas y sus estériles intentos de hablar con los dioses, los animales y las plantas que, como se sabe, son mudas. Aunque a veces se encienden como la zarza vanguardistas de estos árboles excéntricos, lo mismo que apariciones.

Yo tengo para mí que la devoción por la jacaranda procede del desarrollismo, los poetas sevillanos hasta mediado el siglo XX vivían en el centro de la ciudad y nadaban en la abundancia aromática de los naranjos, los claveles y las gitanillas, por eso, creo, no conozco ni copla, ni poema, ni canción que las ensalce. El centro de Sevilla es literariamente blanco y frío, como el Magnolio de Luis Cernuda, pero con el punto verde y sabroso de la bética albahaca.

Pero hacia la antigua calle Oriente, hacia el Prado y los nuevos viejos barrios campean estos árboles, con su sombra especular y espectacular de flores rendidas que también pintan las aceras, como una alfombra suprematista, como un camino salido de un sueño que a dónde irá.

Yo puse una vez una jacarandá en Triana porque me venía bien en un poemita, con su acento y todo, pero no he visto ninguna por allí, aunque por allí entraron, Puerta y Puerto de Indias, según se dice habitualmente con pompa y circunstancia, y el poeta es un fingidor y hay, de hecho, alguna por la margen sevillana del Río y que más da y el viento se lo lleva.

Cuando volví a Sevilla hace diez años, después de un exilio como el de Kipling en la India, me sorprendió por mi barrio del Plantinar de Sevilla este árbol, desconocido completamente para mí, que no había dejado de venir a la ciudad ninguna Semana Santa, de morados lirios más compuestos.

Pero aquí conviene recordar a Rimbaud y lo que se le dice al poeta a propósito de las flores


Mais Cher, l’Art ‘est plus, maintenant
-C’est la vérité, -de permettre
À l’Eucalyptes étonnant
Des constrictors d’un hexamètre

Pero, Querido, el Arte ya no es, ahora,
-de verdad- permitir
al sorprendente Eucalyptus
constreñirse en un hexámetro


(Traducción Carlos Barbáchano)

Y lo que se dice del eucalipto vale para la jacaranda o cualquier otra industria vegetal del ramo.

Aún así, la jacarandá, en mitad de lo verde, funciona como una metáfora o una imagen deslumbrante, de éstas que por una excesiva sumisión a las poéticas mandonas, de canto moderado y alicorto, tan falsamente cerca de la emoción como alejadas del lenguaje, echo tanto en falta en la poesía moderna de nuestros días.

Me gustaría que la Poesía fuese como una jacaranda, a veces llana, a veces aguda, pero siempre morada o lila o violeta o malva. Y también me gustaría que los poetas de Sevilla saturasen con el color morado de la jacaranda, con el moderado barroco de nuestra gran tradición lírica, tantos versos que se quedan sin florecer, mustios y venenosos como adelfas en la mediana de la autopista que lleva a Córdoba, lejana y sola.

El dadaísta Tristan Tzara dejó escrito que "La vida es un antílope malva en un campo de atunes" que no significa nada, se mire por donde se mire, pero que lo explica todo, como la jacaranda o la jacarandá.

5 comentarios:

Javier Sánchez Menéndez dijo...

Todo y todos. Las jacarandas o jacarandás, como dice Baltanás.

Bello post. Digo, y he dicho siempre lo mismo.

Las de Sevilla están pelás por culpa del Alcalde.

Un abrazo.

Juan Antonio Glez. Romano dijo...

Gracias, de nuevo, por el enlace, José María. Y ya puestos, habrá que escribir algunas coplas o soleares a las jacarandas o jacarandás, según convenga.

Javier Sánchez Menéndez dijo...

Me acordé de ti.

Vaya faena de Morante en las Ventas.

Memorable.

Para escribirle un poema.

Un abrazo.

José María JURADO dijo...

Impresionante, yo sigo toreando, lo hemos contado aquí:

http://lagrantemporada.blogspot.com/2009/05/madrid-21-de-mayo-de-2009-y-yo-estaba.html

y aquí


http://lagrantemporada.blogspot.com/2009/05/celestial-capote.html


Y ya cayó el poema, para Morante aquí

http://www.jmjurado.org/?q=node/243

aunque habrá que hacer otro de capa allí.

Jesús Cotta Lobato dijo...

Nosotros somos los poetas de la generación de la jacaranda. Llevaremos flores de jacarandá en el ojal a la tertulia.

 
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