lunes, 21 de septiembre de 2009

Una tragedia común

La Plaza de Toros de Écija se asienta sobre un antiguo anfiteatro romano que aprovechaba un declive natural del terreno en la parte alta de la ciudad.

Es una plaza grande, pero no es una plaza bonita; tiene, sí, su palco dieciochesco de madera pintada, sus colgaduras de gala, su Mariana Pineda, pero en conjunto resulta destartalada, como la enfermería a ras de albero en la que entrevemos, a través de los efluvios del cloroformo, tres camas de hierro barnizadas de blanco.

El cartel de hoy es bien triste: se anuncian un torero humilde de la comarca, que tomará una pobre alternativa sin demasiadas esperanzas y el hijo legítimo de una vieja figura tremendista que revolucionó esta industria en los años sesenta con sus suertes excéntricas y anfibias y su ancha sonrisa caballuna.

Al terminar el paseíllo aparece en el callejón entre cerradas ovaciones y flashes fotográficos, mientras tanto un precioso capote de paseo se coloca al amparo de la madre del toricantano. Apenas unos metros separan a ambos progenitores, igualados por la verdad redonda del albero y separados por un abismo de influencia y poder.

Tras la ceremonia de la alternativa el torero brinda a su madre que se derrumba presa de un agitado estremecimiento de dolor. El muchacho, como era de esperar, no está ni mal ni bien, ha cumplido su sueño pero ¿qué sueño?

Yo creo que a una madre esto no se le hace y que deberían haberle aliviado el trance.

Pero prosigue la lidia y el hijo del que fuera el quinto califa se deja vivo su primer toro, tras los tres avisos preceptivos, pero generosamente demorados, ante el semblante cariacontecido de su padre que está intentando apoyarle con su presencia en una carrera más que dudosa.

Ante esta lamentable e inusual circunstancia en un torero joven la respuesta habitual del público hubiera sido una sonora pitada, pero la Plaza, incómoda e intensamente horrorizada por el sufrimiento ajeno que suponen la humillación de un padre tan respetado en la región y la presumible vergüenza del hijo, responde con sensibilidad y silencio.

Y uno piensa que entre el llanto de esta madre desconocida y desconsolada y el llanto contenido del famoso padre se cifra la frágil condición de la naturaleza humana y sus comunes miserias, hechas de esperanzas imposibles y sueños rotos.

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Y como el mundo tiende siempre a una imperfecta asimetría, en su segundo toro el vástago de Manuel Benítez realiza una faena estimable, para la que el público solicita de forma entusiasta los máximos trofeos, no tanto por el mérito escaso de la misma como por restituir al mundo a su orden natural, aquél en el que los toros mueren en la plaza y los hijos triunfan en la vida.

Pero no.

Falto de sensibilidad o sobrado de orgullo, a esta hora y hoy el Presidente ha decidido que esta Plaza es Las Ventas y concede una solitaria y paupérrima oreja ante el asombro y angustia generalizada.

Sospecho que la decisión no ha se ha basado en criterios artísticos, ni en la voluntad de humillar por algún oscuro complejo de clase a un señor provecto y millonario, sino en definitiva, y cuarenta años después, en robarle unos minutos de la gloria cosechada en los televisores en blanco y negro.

Y mientras el Cordobés amenaza con su dedo al Palco, imprecando al presidente con la cara desencajada, pienso que el anfiteatro romano de Écija, que el Gran Teatro del Mundo, se asienta sobre una Plaza de Toros.

1 comentario:

José María JURADO dijo...

Uncut:
http://lagrantemporada.blogspot.com

 
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