jueves, 27 de mayo de 2010

Las tablas de Hamlet

[ACTUALIZACIÓN DE EL LECTOR DE ALMANAQUES]

Para aprender a jugar al ajedrez lo más difícil e imprescindible son los finales que destilan la lógica de la más pura de las matemáticas y que, por ejemplo, cimentaron la maestría imbatible de Capablanca.

Quien domina la teoría de los finales gobierna todo el juego, no solo porque pueda eventualmente simplificar la posición y pensar con comodidad, sino porque el entrenamiento desarrollado capacita al jugador para descerrajar cualquier problema, ya sea en el tablero, ya sea en la vida ordinaria.

El análisis de los finales de ajedrez alcanza la quintaesencia en los estudios: composiciones o problemas en los que, al filo de la lógica, los trebejos alcanzan objetivos aparentemente imposibles.

Constituyen toda una disciplina dentro del ajedrez, en la que han destacado las figuras de Kasparian o Leonid Kubel.

Vladimir Nabokov, además de ser un experto cazador de mariposas, fue también un consumado compositor de ajedrez que en sus ratos libres escribía obras maestras.

Una de las primeras reglas que aprende el ajedrecista principiante es la "regla del cuadrado" en la que se establece la distancia mínima entre el Rey y el Peón para evitar la coronación de éste.

Ricardo Rèti la desafió en un celebre estudio publicado el 4 de diciembre de 1921 en el Ostrauer Morgenzeitung: los reyes basculan a través de un recorrido que impide la mutua coronación de los peones y que, en caso de producirse, deviene en unas inapelables tablas.

Sirva de homenaje a ese célebre estudio esta hoja del calendario, (nunca pudo faltar un problema de ajedrez en un almanaque), que shakesperianamente conmemora la angustia de las tablas, ese estado del tiempo en el que ya no hay arena en el reloj y los reyes, que no pueden alcanzarse, eternamente flotan en el espacio de las especulaciones.

Y es que a Hamlet siempre le han sobrado tablas.

2 comentarios:

Olga B. dijo...

Yo comprendo la importancia de los finales, lo malo es que me ponen triste. También me pasaba en el ajedrez. Ganar o perder. Pero jugar, ah!
Hubo una etapa de mi vida en la que jugué mucho. Cuando te metes de lleno, hay un momento en que todo lo ves como fichas en un tablero, me pasaba con los vasos del desayuno... y hasta con los compañeros de clase. Es cierto, los objetos hacían el salto del caballo en cuanto estaban sobre una referencia cuadrada, ag. Es el efecto de la racionalidad en una mente irracional (y adolescente), supongo. Me quedé con las matemáticas, aunque el ajedrez lo fui dejando poco a poco. Yo creo que hice bien;-)
Pero leerte me ha dado ganas de volver.
Siempre un placer.

Ramón Simón dijo...

Tablas
para dos reyes.

Ningún ejercito vencido por el hombre, ni campo nuevo conquistado, nada que ofrecer a sus lacayos,ni joyas, ni tierras, ni coronas;
uff nueva batalla asoma
por el horinzonte.

Un abrazo.

 
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