domingo, 26 de septiembre de 2010

Pesca submarina

¿Atacar? ¿Y por qué habrían de atacar? Pierdan cuidado, amigos, la gente no cruzaría medio mundo para admirar estos arrecifes si hubiera algún peligro. Nuestras islas viven de esto, si hubiera riesgos ya se encargarían el gobierno y las agencias de prohibir las inmersiones. A mí me preocupan más otras cosas, los vértigos, los mareos, los calambres, el buceo no es una actividad para cualquiera. Déjenme sus papeles para que verifique su documentación y selle los permisos. No, del dinero no se preocupen, eso se tramita directamente con el hotel y ya nos arreglamos luego entre nosotros. Porque, ¿ustedes han dejado dicha mi referencia en recepción? Ah, ¿no? En ese caso me tendrán que dejar sus pasaportes y algo de depósito, por el material. Por cierto, ¿cuál es su talla? En un rato nos vamos a hacer al agua, el sol está en todo lo alto y la visibilidad es perfecta. ¿Han visto lo azul y claro que está el mar? Hay bancos de peces ahí abajo de un color y resplandor únicos en el mundo. En serio que no deben preocuparse por los tiburones, ¿acaso estaría completo nuestro arrecife sin tiburones? Son escualos pequeños, inofensivos, que se alimentan de arenques y moluscos. Además, se han acostumbrado tanto a ustedes los turistas que se pasean entre ellos como los delfines, al instante de sumergirse lo comprobarán. Media hora. Si luego quieren bajar otra vez, no hay problema, yo no les voy a cobrar más, pero a la media hora deben salir a la superficie y que yo los vea bien; que luego la gente se me queda obnubilada con el bosque de anémonas y tengo que ir al fondo a buscarlos.¿Consigna? Sí, miren, allí junto al vestuario hay un armario de metal con una cerradura de monedas, ahí pueden dejar sus cosas, pero también pueden ponerlas por aquí si lo prefieren porque veo que vienen ustedes muy cargados. No olviden quitarse los relojes y cadenas, que luego se enganchan al traje. Voy arrancando este trasto, ustedes relájense y disfruten del espectáculo, yo no los perderé de vista, pero si necesitan algo, tiren del lastre.

El motor de la lancha está parado, los submarinistas se zambullen, enfundados en el traje de neopreno con las bombonas de oxígeno a la espalda. De cuando en cuando el instructor echa una impaciente mirada al reloj y otra al embarcadero vacío. A los cinco minutos aparece una mancha vinosa sobre el agua que poco a poco rodea la embarcación. El instructor respira aliviado y enciende la emisora.

Un hombre y una mujer, de unos treinta y cinco años, ¡criaturas! Lo de siempre, no hacen caso nunca de las advertencias. Y mira que insistí. Cruzan medio mundo para ver el arrecife, pero les pierde la impaciencia, no hay forma de disuadirlos. El gobierno y las agencias deberían hacer algo al respecto. Si de mí dependiera, lo prohibía. ¿Los papeles? Sí, todo en orden, por mí no ha quedado, yo he aplicado todos los protocolos de seguridad y más, está todo firmado. Si luego ellos se echan al agua por su cuenta y riesgo, yo qué puedo hacer. Avisa a la guardia costera, aunque no creo que encuentren nada. Voy recogiendo sus cosas en el embarcadero, los bañadores y poco más. Ni idea de dónde se hospedaban, del hotel no dijeron nada.

3 comentarios:

Fernando Moral dijo...

Escalofriante el modo en que se desenvuelve y retuerce la trama en el último párrafo.

Un abrazo.

Ramón Simón dijo...

Jolín, José María

no deja a nadie vivo,

ah! esos tiburones.

Un abrazo

José María JURADO dijo...

Gracias Fernando, muchas gracias.

Simón, ¿no era un baile "El tiburón"?

 
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