jueves, 22 de diciembre de 2011

T.S. Eliot y T. Malick te desean feliz Navidad


De pequeño me parecía que el árbol de Navidad era un estandarte de la herejía. Frente al franciscano, sevillano y humilde Nacimiento de barro, el abeto, como el árbol del bien y del mal, estaba henchido de bolas rojas de cristal, de seductoras manzanas acaudilladas por Papá Noel, el Belcebú protestante de los capitalistas que se multiplicaba en las burbujas doradas del champán. Luego, con el tiempo, la metamorfosis de las plantas lo convirtió en el Tannebaum, la romántica nostalgia de una Alemania ideal, con los lieder de Schubert y de Schumann, con cánticos tristes que inundan el corazón de nieve y fuego. Ya, de mayor, y sobre todo este año, el árbol ha sido el Árbol de la Vida, el tronco que enhebra la película de Malick y el río de eternidad que late en los Cuatro Cuartetos de Eliot, el poeta que más nos ha enseñado de poesía y de fe.

Feliz Navidad, mundo.


EL CULTIVO DE ÁRBOLES DE NAVIDAD


Hay varias actitudes hacia la Navidad,
de algunas de las cuales podemos prescindir:
la social, la torpe, la abiertamente comercial,
la juerguista (las tabernas abiertas hasta la medianoche),
y la infantil -que no es la del niño
para quien la vela es una estrella, y el ángel dorado
extendiendo las alas en lo alto del árbol
no es sólo un adorno, sino un ángel.
El niño se asombra del Arbol de Navidad:
dejadle seguir en el espíritu de asombro
ante la Fiesta como un acontecimiento no aceptado como pretexto;
de modo que el arrebato refulgente, la sorpresa
del primer árbol de Navidad recordado,
de modo que las sorpresas, el deleite en nuevas posesiones
(cada cual con su olor peculiar y emocionante),
la espera del pato o el pavo y el esperado respeto ante su aparición,
de modo que la reverencia y la alegría
no se olviden en la experiencia posterior,
en el aburrido acostumbrarse, la fatiga, el tedio,
la conciencia de la muerte, la conciencia del fracaso,
o en la piedad del converso
que puede estar manchada de presunción
desagradable a Dios e irrespetuosa para los niños
(Y aquí me acuerdo también con gratitud
de Santa Lucía, su canción y su corona de fuego);
de modo que antes del fin, la octogésima Navidad
(con “octogésima” quiero decir la que sea la última)

los recuerdos acumulados de emoción anual
queden concentrados en una gran alegría
que también ha de ser un gran temor, como en la ocasión
en que el temor invadió todas las almas:
porque el principio nos hará recordar el fin
y la primera venida, la segunda venida.



T.S. ELIOT

 (”El libro de Ariel, 1927-1954, Traducción de José María Valverde)



5 comentarios:

Alejandro dijo...

Feliz Navidad, José María.

Mora Fandos dijo...

Gracias por el guiño, José María, qué oportuna tu puesta en blog de este poema de Eliot, y esta historia cordial del árbol de Navidad que nos entregas, tan bien coronada con la estrella final.

In my beginning is my end.
(...)
In my end is my beginning.

("Principio" y "fin" de East Coker, II Cuarteto).


¡Feliz Navidad a ti y los tuyos!, y un 2012 de continuo asombro.

Ramón Simón dijo...

Feliz Navidad,

Familia,

un abrazo

José María JURADO dijo...

Gracias, amigos.

Feliz Navidad.

José Miguel Domínguez Leal dijo...

Feliz Navidad, José María.

 
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