miércoles, 26 de junio de 2013

Muerte de un culturalista

Era de noche y llamaron a la puerta, querían proponerme un trato. Yo había publicado un artículo en el que afirmaba que, de ser posible, cedería gustoso lo que me quedaba de existencia más o menos miserable a cambio de ampliar el breve espacio de vida que le había sido concedido a otras almas más altas y más nobles. Recuerdo que como ejemplo daba los nombres de Keats y de  Chopin. En definitiva, venían a matarme y yo, que soy un hombre de palabra, no tenía argumentos para negarme. Señalé, sin embargo, que no era justo que, puesto que iban a concederme mi deseo, me quedara sin conocer los frutos de mi sacrificio. Les pareció razonable y me hicieron pasar a una estancia con libros y un piano en el centro. Sobre el teclado había un conjunto de partituras, dos o tres nocturnos, un esbozo de sonata y lo que parecía una obra teatro en inglés. Realmente nada del otro mundo. Poco después abrieron una puerta y me sacaron a la calle. Bajo una luna inmensa resplandecía el perfil de una guillotina. Aquel guiño macabro no me dejó indiferente y por primera vez supliqué, pero una voz resonaba: “¿Bueno y qué te ha parecido todo? Espero que te haya merecido la pena”.

Fotograma: El gabinete del Doctor Caligari (Robert Wiene, 1920)


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