jueves, 23 de julio de 2026

Declara que algo queda

La banalización del mal que denunció Hanna Arendt no es, o no solo, que un burócrata sin pensamiento crítico, cumpla órdenes perversas sin cuestionarlas.


[Que es también lo que seguramente hace la ministra con estas declaraciones].

Es, además, emitir juicios frívolos y desproporcionados o comparaciones desniveladas en sus términos sobre cuestiones éticas y morales que demandan, de entrada, respeto por las víctimas y, en todo caso, un análisis profundo y una revisión exacta de sus términos.

El efecto terrorífico de aplicar esta ley del punto gordo donde todo es Stalin o todo es Hitler no es la crispación ni la confrontación, que van por delante.

No, no es la polarización.

Cuando el lenguaje se usurpa y las descripciones se pervierten, nos adentramos en la papilla de la amoralidad o de la antiética.

Y es entonces cuando, de verdad, vendrá el lobo, y no lo veremos venir y será rojo o será pardo, y no va a dejar de degollarte aunque pertenezca a su manada.

Las declaraciones son triplemente miserables, porque además de involucrar a las personas, a Feijoo, a los partidos y sus votantes (es decir, a los ciudadanos y por extensión a nuestra democracia) las hace una ministra de un gobierno que ha pactado con el brazo político de una banda que no ha pedido perdón por sus crímenes que son de ayer, como quien dice.

¿La memoria selectiva o la memoria histórica?

Un gobierno que, ítem más, ha pactado con los herederos políticos del comunismo, cuya aplicación práctica no ha sido precisamente ejemplar.

Estas declaraciones deberían ser de expulsión directa, pero ¿qué podemos esperar si este es precisamente el problema que padecemos en un ágora pública en que la consigna precede a la idea y el partido a la razón?

Pero es el efecto que se busca, es la anestesia de los umbrales morales, porque si todo es Hitler, ¿qué hacemos que no nos arrojamos ya a los brazos del benévolo padrecito Stalin?



No hay comentarios:

 
/* Use this with templates/template-twocol.html */