Con sus hielos perpetuos, sus estaciones científicas, sus antenas transmisoras de onda corta, su ignota fauna de mamuts y tigres blancos de dientes de sable, con los submarinos nucleares bajo los icebergs y los servicios de inteligencia, piratería y contrabando desplegados en los embarcaderos congelados, operados por esquimales, la guerra de Groenlandia tiene un espíritu retro, entre el Transiberiano y Lovecraft, entre Corto Maltés e Indiana Jones que enciende la fantasía con las luminarias del ciberpunk.
Yo creo que, como todo, esto ya lo vimos en el cine, cuando se estrenaban los ochenta.
Y me la imagino así, como en la batalla de Hoth del Imperio Contraataca.
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