miércoles, 19 de agosto de 2009

Relojes Chinos

En 1601 el Emperador de la China autorizó la entrada del jesuita Mateo Ricci en Pekín, ocasión que este misionero no desaprovechó. Admirado del desarrollo científico y tecnológico de la corte Ming y de su ingente y precisa maquinaria administrativa, calculó que la Evangelización del Celeste Imperio sólo podría alcanzarse mediante la conversión de la clase dirigente.

Una vez instalado en la Capital envió varios presentes a Palacio que pudieran suscitar la curiosidad del cultísimo cuerpo de funcionarios y mandarines. Entre los obsequios se encontraban un grabado de San Lorenzo del Escorial, un clavicordio y un reloj de carillón que fascinó al Hijo del Cielo quien ordenó a sus eunucos que aprendieran a darle cuerda.

Al cabo de los días el reloj se paró y los eunucos mandaron llamar a Ricci que se convirtió así en el primer occidental en entrar en la Ciudad Prohibida. La visión de estas construcciones es, todavía hoy, sobrecogedora, ¿qué pensamientos cruzarían por la mente de Mateo Ricci al franquear, sucesivamente, la Puerta de la Paz Celestial, la Puerta del Mediodía y la Puerta de la Suprema Armonía hasta llegar al Centro del Mundo según la cosmografía china?

Pero Ricci era muy consciente de su misión evangelizadora: departió con los científicos y funcionarios de la corte y al poco tiempo fue autorizado a cruzar las murallas imperiales cuatro veces al año. Pudo crear una comunidad cristiana en la que se integraron varios mandarines y dio origen a un gran intercambio cultural que al cabo de unas décadas finalizaría por parte del Vaticano con la famosa controversia de los ritos y, por parte de China, con los edictos imperiales que ordenaban la persecución de los conversos. Aunque no de los jesuitas, respetados como hombres sabios que, a lo largo de casi un siglo, habían servido fielmente al desarrollo científico y humanístico del Imperio.

Hasta la llegada de Ricci la Corte Imperial desconfiaba de los occidentales, a los que consideraba seres inferiores y codiciosos, pero los conocimientos y los grabados que traían a los jesuitas modificaron y ensancharon su concepción del universo (literalmente "China" significa "el Imperio del Centro").

Sin embargo el Emperador no vio nunca cara a cara a nuestro héroe, ya que el Hijo del Cielo no podía ser contemplado por seres inferiores por lo que mandó que le hicieran un retrato del "Hombre Sabio de Occidente" para satisfacer su acuciante curiosidad, en lo que podríamos ver un precedente de la instantánea fotográfica.

Y todo por un reloj.

No deja de ser una ironía que hoy las hordas occidentales de turistas nos arrojemos a los mercados de Pekín en búsqueda de relojes de imitación maravillosos que al cabo de las semanas se paran como el carillón de Ricci. ¿A quién llamo yo ahora para que reparen mi Rólex, mi Cartier mi Patek Philippe? No he visto el cuerpo momificado de Mao, pero tengo su retrato en los billetes de un yuan que me traje de China, aunque bien pensado mejor no lo invoco, no vaya a ser que se presente la joven, la roja, la joven guardia roja o, todavía peor, un pelotón de jesuitas revolucionarios.

3 comentarios:

José Miguel Ridao dijo...

¡Cómo cambian los tiempos! Ahora los chinos hacen en China los relojes que nosotros compramos en nuestro país en una tienda de chinos. Siguen siendo el Imperio del Centro, y nos están metiendo a nosotros en el centro también...

¡Si Mao levantara la cabeza...!

Javier Sánchez Menéndez dijo...

José María veo que el tiempo te mejora, como a Morante.

Un reloj es un reloj, y a ser posible suizo.

Un abrazo.

José María JURADO dijo...

José Miguel, funcionar lo que se dice funcionar, sólo los de sol.

Si Mao levanta la cabeza: ¡a juir!

Javier, otra vez Morante herido ¿lo veremos en Sevilla?

Y esos sí, suizo, como mi cuenta corriente.

Gracias.

 
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