viernes, 26 de febrero de 2010

Cuaresma (día 10)

Viernes. Frente a ti ondula un bacalao seco con la costra de sal nívea y las dunas grisáceas que serpean del abrupto espinazo hasta tu boca. Da sed. La sal es un desierto diminuto de pequeñas ciudades olvidadas donde viven ancianos estilitas flagelados por pecados capitales. He probado la carne y era amarga. Todavía sabía a matadero. A músculos abiertos en canal. Y por eso prefiero el trigo y el pescado. Ni la carne del cerdo ni la res ni la carne del pollo ni del pato. Las espigas crecen del sol y de la lluvia, que dan vida. Y los peces, del agua de los ríos y del mar.

Que es el morir.

4 comentarios:

Ramón Simón dijo...

Fantástico. Hermoso, bello. "Jenial".
abrazo.

Al norte de los nortes dijo...

Parce mentira que me adentres en este mundo litúrgico sólo por el paladar, genial, un saludo

L.C. dijo...

Siempre me ha sorprendido el modo en que un estandarte puede acabar teniendo forma de "bacalao", y bordarse de modo que sea sólo un escueto trozo central el que se borde y anuncie el escudo y las armas de la Hermandad.

Como la valentía de esa cofradía de Nervión que en una época peculiar de la historia y la religión se hicieron a la calle, primero por el barrio y luego a la catedral, con un Crucificado pidiendo algo de agua. De mi primera Semana Santa en Sevilla recuerdo de forma vaga sus andas sin dorar, aunque no sé si es real o luego imaginado...

José María JURADO dijo...

Gracias.

Lorenzo, no lo has soñado, estaba sin dorar.

 
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