martes, 10 de agosto de 2010

Ajedrez soviético

ACTUALIZACIÓN DE EL LECTOR DE ALMANAQUES

Las predicciones del pulpo Paul no tienen nada de extraordinario, después de más de sesenta años invirtiendo en el fútbol como escaparate político lo raro era que la selección española no hubiese ganado antes el Mundial.

Lo verdaderamente asombroso es que el cefalópodo hubiese profetizado nuestra victoria en la olimpiada de ajedrez, ese deporte de masas.

Los comunistas en seguida se percataron de los maravillosos efectos propagandísticos del ajedrez y de la gimnasia, dos disciplinas en las que se cultivan, sin propósito final, los talentos más altos del hombre: la mente y el cuerpo.

En esto creo que el capitalismo ha sido más pérfido y el comunismo más triste, como en casi todo: el deporte ha generado legiones de esclavos felices en el mundo occidental, satisfechas cuando no ahítas con su partido de los domingos, sus raquetas inglesas y sus bicicletas para el verano, mientras que a nuestros queridos camaradas ex-soviéticos se les ha quedado la cara de pardillo, con sus músculos portentosos, que no cotizan ni en las Olimpiadas y unas inteligencias prodigiosas que se valoran menos que las de Paul, el de las ocho patas en la cabeza.

Da bastante pena ver por los campeonatos de Andalucía a decenas de grandes maestros de ajedrez (¡con lo que era un Gran Maestro al otro lado del telón de acero!) compitiendo por unos eurillos. No deja de ser cruel que los sistemas políticos totalitarios dejen, después de todo, generaciones bien formadas que tengan que sufrir las mediocridades de la democracia universal, ¡qué le vamos hacer, parece que eso es lo que hay!

Pero lo cierto es que crear ciudadanos energéticos y listos tiene su riesgo, un riesgo que los rusos modularon durante 80 años eliminando selectivamente a los más peligrosos, porque lo del ajedrez, como casi todo, tenía su algo de trampa.

La máquina soviética era perfecta e imbatible, con sus lentas evoluciones posicionales, con sus eternas partidas cerradas, con sus muros de Berlín en cada flanco, con sus cientos de jugadores, con sus parapsicólogos, su KGB y sus tablas amañadas…

Es curioso cómo el ajedrez, lo hemos dicho en otras ocasiones, reproduce el signo de los tiempos, sólo en los últimos años del descafeinado Kruschev brillaron el alegre juego combinatorio de Tahl, casi contrarrevolucionario, y los modales de dandy europeo de Spassky que tan grave disgusto ocasionaron al camarada Breznev en Islandia (Fischer).

Pero Breznev puso la lentitud en su sitio y la bota en el tablero, con las purgas oportunas (Korchnoi, Spassky) y la ortodoxia juvenil de Kárpov, al que mimaron más que a Yuri Gagarin.

Cuando la Perestroika Kárpov representaba el ala dura del Partido, Kasparov se bautizó a sí mismo como el “hijo del cambio”. Y ahí anda, a la gresca con Putin, si acaso queda alguna porción de Rusia que no se haya quemado a la hora en que esto se edita.

Ambos, Kárpov y Kaspárov, procedían de la misma escuela soviética que fundara Mijaíl Botvínnik, un tipo de apariencia más bien gris, pero que fue cinco veces campeón del mundo, siendo curiosamente además el jugador que más veces perdió y recuperó la corona, cosa rara en este juego en el que los triunfadores llegan como el rayo y persisten como rocas, pero explicable dentro de los procedimientos soviéticos que él mismo ayudó a fundamentar. Aunque, en honor a la verdad, no cabe duda de que era un genio que contribuyó, y mucho, al desarrollo de la inteligencia artificial.

En el Lector de Almanaques nos acordamos hoy de Mijaíl Botvínnik, pero esto es sólo una excusa, marca de la casa, para darle otra vuelta de tuerca al grave asunto de la URSS que nunca debe perderse de vista.

El mejor “producto” del ajedrez soviético, fue, claro, un americano, Bobby Fischer, quien supo combatirlos en el tablero y fuera, pero esa es otra historia y ya la hemos contado en otra ocasión.

Yo sé que a mis amigos les gustaría que escribiese de otra cosa, antes que de ajedrez, y que este procedimiento es maravilloso para perder lectores, sólo comparable a la afición a los toros.

Siempre será un reto recuperarlos, como a la afición en Cataluña.

Por otro lado, pensar que la inteligencia ajedrecística pueda constituir una semilla para la libertad, no deja de ser un brindis al sol o una mixtificación, o un exceso de optimismo, pero con estos mimbres trabajo, ya lo saben si han llegado hasta este párrafo. Muchas gracias, amigos.

ACTUALIZACIÓN DE EL LECTOR DE ALMANAQUES

5 comentarios:

José Miguel Ridao dijo...

Pues yo estoy encantado de que escribas de ajedrez, un juego para héroes de otro mundo. Por eso no se adaptan al nuestro, su vida se resume en 64 escaques.

Buen verano, espero.

Ramón Simón dijo...

Buenos días José María.

La entrada, como todas las anteriores, magnífica.

El asunto, tema sobre los deportes minoritarios y los deportes de masas se puede hacer extensivo a la
novela (masa) y a la poesía (minoritaria). Los primeros son reconocidos por el público, se gana dinero; los segundos apenas son reconocidos por la familia, amigos.., y no se cobra por publicar poemas.

El lector, no deja indiferente a quien lo lee.

Un abrazo.

Ps: Espero tu llamada para vernos.

Otro abrazo

José María JURADO dijo...

Con amigos así, qué alegría.

Ramón te he llamado, no te pillo.

José Miguel, debemos jugar una partida.

El verano, a la espera de vacaciones en Septiembre.

Ide dijo...

Los primeros párrafos son geniales -luego baja un poco en mi modesta opinión- pero ya sabes que me gusta mucho cuando le das al humor fino. Un abrazo

José María JURADO dijo...

Gracias, Carlos, la segunda parte me la escribió Paul.

 
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