domingo, 19 de septiembre de 2010

La máquina del tiempo (I)

Lo que más me llamó la atención de la Ciudad, además de la impenetrable oscuridad de aquel dédalo enfangado de adobe y de madera, fue el llanto inconsolable de los niños de pecho, un estrépito angustiante que enhebraba miles de ventanas ciegas. También me admiró el sabor de las aceitunas en salmuera porque no difería en absoluto de nuestros aliños contemporáneos. El vino, en cambio, era turbio y amargo, no había agua ni miel que lo endulzara, pero no paraban de beberlo, a pesar de resultar horrendo al paladar. Había un gran alboroto en las tabernas que no se debía al asesinato de César, sucedido esa misma mañana a las puertas del Senado, la mayoría, o bien no lo sabía, o parecía no importarle. A mí nunca me ha interesado demasiado la política, por eso, y porque era la primera noche que probaba este artilugio, preferí no aventurarme por los barrios patricios y seguí merodeando alrededor de las mismas calles perdularias en busca de otros manjares.

3 comentarios:

Jesús Cotta Lobato dijo...

Esto promete. Yo siempre me pregunté a qué sabrían su vino y sus aceitunas. Un abrazo.

José Miguel Domínguez Leal dijo...

Interesante comienzo. Espero que haya continuidad.

Ramón Simón dijo...

Bueno, bueno, ¡por fin! nos vamos a enterar que pasó en aquellos años.


Espero que no seas J.J. Benitez,
es broma.

Un abrazo

 
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