lunes, 25 de noviembre de 2013

Sevilla-Sanlúcar-Mar (X)

En el capítulo anterior

-Morfina

Tras un segundo de estupor general, continuó: 

-Cuando se torea en Madrid o Sevilla no hay de que preocuparse, pero ¿quién puede garantizar no ya un cirujano, sino un simple médico en algunas plazas y, en caso de haberlo, quién asegura la existencia del instrumental y de las drogas precisas? No era un secreto que procurábamos llevar con nosotros ampollas de morfina para dulcificar el trance final de un compañero si se presentaba. ¿Saben que se puede morir de dolor? Yo he visto morir de dolor… fue poco antes de pasar a Cuba. Creí que podría olvidarlo, pero la experiencia imprime carácter. Las pesadillas me torturaron durante la travesía y lentamente fueron inoculando en mí este rechazo visceral a las corridas con el que ahora les martirizo. Cuando, poco después de nuestra llegada, subimos a la sierra emplazados por una facción rebelde y vimos a los mutilados y agonizantes en acciones militares, otra vez se me revolvieron las entrañas. Allí dejamos todo lo que traíamos y prometimos volver con más.
No, no pretendo que me juzguen como un filántropo, porque no lo soy. He comerciado con el dolor ajeno y no he tenido escrúpulos, pero entonces pensaba que el trato no era muy diferente de lo que públicos y empresarios habían hecho con muchos de nosotros. Aquellos jóvenes que caían en la selva acribillados a balazos, ¿en qué se diferenciaban de los muchachos que cada tarde caían a los pies de un toro? A ambos los traicionaba la misma épica, es la misma gloria en venta la que enciende la antorcha del soldado desconocido y el habano del apoderado. Puede que yo pensara así porque era un banderillero frustrado y pobre, un resentido en suma, y no les faltaría razón, pero me movía un genuino sentimiento de piedad y un creciente aborrecimiento de la sangre. 
Gracias a nuestra tupida red de contactos pronto suministramos morfina a buen precio incluso al ejército regular, la importábamos de los Estados Unidos. El negocio se acabó definitivamente cuando los yanquis entraron en la guerra, casi diez años después, pero para entonces yo ya hacía más de cinco que había saldado mi plantación de azúcar y estaba de vuelta en España, comerciando cepas de vid americana para acabar con la plaga de la filoxera. Toda la suerte que no había tenido en la plaza me la daban ahora los negocios, no sentía yo, sin embargo, que hubiera diferencias sustanciales: todo lo que había aprendido en el ruedo era aplicable al mundo de las finanzas y parecidas las cornadas. Bueno no exactamente, el toro es más noble y, además, ahora también corneaba yo. Me convertí en un miserable, pero eso ya se lo advertí al principio. ¿Otra ronda? 

Lentamente el San Telmo se adentraba en las marismas, bajo el arco del cielo el horizonte se dilataba en una raya imposible que como un tiralíneas separaba el azul más intenso y el más húmedo verde. La inabarcable llanura, sin árboles ni casas, se ofrecía a los viajeros como un inmenso plano que hubiera descendido justo hasta la línea de flotación donde las palas del vapor espantaban a las garzas y a los patos. La luz rubia de la hora se multiplicaba en los vasos de manzanilla seca, dulce y salada como el humedal.

-Yo ya he hablado mucho, cuéntenme algo más de este Alvarito. ¿Qué tal maneja el capote? 

Justo en ese instante, como obedeciendo a una orden, una bandada de flamencos rosas cruzó ante el barco y quedó un segundo suspendida en el aire para luego virar suavemente de vuelta trazando una espiral púrpura indeleble lo mismo que un brochazo de pintura salvaje. 

-Aproximadamente así.


"Cogida y muerte de Pepe Hillo", E. Lucas y Velázquez

Mahler, Tercera sinfonía, "Titán", Mov. 3 "Marcha fúnebre"

No hay comentarios:

 
/* Use this with templates/template-twocol.html */