viernes, 10 de agosto de 2018

La palabra secreta de Aquilino Duque

¡Qué maravilla la antología que sobre la poesía de Aquilino Duque ha preparado Juan Lamillar para Renacimiento en su colección de rayas!

Es un completo y exhaustivo recorrido, pleno de belleza, por una obra lírica rotunda como un templo romano y, como estos, destinada a perdurar más allá de los tiempos cubierta de laureles profundos.

Entre los dones que me ha concedido el ejercicio de la poesía no ha sido el menor el de haber podido entablar conversación con algunas de las voces más eminentes de nuestra Literatura. Entre estas voces se alza aquilinamente la voz de este Duque del Aljarafe que a sus muchos más de ochenta y vigorosos años mantiene su noble porte de Senador romano, de antes del Imperio.

No erramos al decir que su poesía está entre la más alta y honda escrita hoy en España, basta tomar el último poema del libro, escrito apenas las pasadas navidades para quedar subyugados por tanta belleza, la que un artista ciego, el torero Pepe Luis Vázquez, sujeto del poema, contempla en la niebla absoluta de su vejez.

Juan Lamillar ha seleccionado cronológicamente los textos, que parecen por su frescura recién escritos, pues su escenario de fondo es antiguo y presente: siempre la Andalucía de la eternidad o la Mittleleuropa de la alta cultura, con Roma como faro hacia el plus ultra.

La poesía de Aquilino participa de la profusión verbal de cántico, pero también de la exactitud grácil y angélical de la poesía popular y, sobre todo, del gran estilo del modernismo lírico europeo, es la suya una casa querida y admirada, de la estirpe de Bécquer, pero también de Zweig o, mejor, de Hoffmansthal.

A diferencia de lo que sucede con muchos líricos milennials, esta es una poesía con sustancia, a diferencia de lo que ocurre con muchos escribidores de acertijos místicos y verbales que no dicen nada bajo su corteza, esta es una poesía que se comprende y alcanza el corazón y la inteligencia de una vez, como una flecha, una saeta acaso.

Entre los escritores pocos complacientes con el poder del mundo y su sucursal principesca que son los medios de comunicación, los hay de dos especies, la de quienes dicen siempre la verdad y la de quienes, además, no se callan nunca la mentira, aunque su palabra política conspire contra su obra, quiero decir contra el reconocimiento fatuo de la misma que es el éxito literario. Esta es la razón por la que Aquilino Duque no ha recibido los honores que merece por derecho propio como los mejores de su generación.

Pero ser indiferente a la grandeza, en palabras de Chesterton, es la expresión más común de la mediocridad y así de mediocre es nuestro panorama que ha silenciado una poesía que sin embargo cantará siempre sola.

"Las cosas de Joaquín", se decía de Romero Murube, las cosas de Aquilino decimos equivocadamente los poetas de Sevilla cuando alguien nos afea alguna opinión política de nuestro autor que en otros no censurarían a diestra y, sobre todo, a siniestra. Sabe el maestro que no hay peor censura que la que uno mismo se aplica y que quien no se calla en la Polis tampoco tiene voto en el Parnaso, pero no le importa, porque las rentas de la modernidad solo traen desastres y alguien tiene que señalar la verdad de Agamenón, que la del porquero se esparce sola. 

Porque las cosas de Aquilino son estos poemas altos y verdaderos dichos con palabras secretas que ahora han vuelto a la luz.

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