Los mercadillos medievales son esos lugares donde un tío vestido de bufón te vende una funda para el iphone y una señora disfrazada de celestina te sirve un gofre con siglos de caducidad.
La edad media de estos mercadillos es más viejuna que medieval, proliferaron, con el milenarismo, hacia el año dos mil.
Yo creo que ya debe de estar a punto de jubilarse el primer juglar y sería interesante que contara sus memorias de tinglado en tinglado y que algún monje de pega la pusiera por escrito.
El caso es que han proliferado como emblema cultural en todas las ciudades, medievales o no, donde la concejalía de festejos mayores coincide con la de cultura.
Si indagáramos seguramente destaparíamos como poco un oligopolio de varios reinos de taifas enfrentados por un quítame allá la subvención.
No sé si lo son, pero parecen una franquicia, no porque invoquen a Carlomagno al frente de los francos, sino por lo que tienen de homogéneo.
De hecho en muchos lugares de España ya no se dice "se parecen como dos gotas de agua", sino como "dos mercados medievales".
Uno se imagina al contramaestre o corregidor de la empresa mercadaria en los despachos del concejal de turno: lo tienes todo en uno, la historia, la cultura y la gastronomía.
Nadie ignora que para que una tapa sea medieval solo hay que ponerlo en la carta.
Gazpacho medieval, pollo asado medieval, con que lo sirva un mozo vestido de capa y espada ya incorpora todo el sabor de la vieja Europa y las Cruzadas.
Los costes, imagino, vienen sobre todo por el atrezzo, pero como lleva amortizado varios siglos y una prenda medieval, como una tapa, es lo que uno quiera que sea, prácticamente no tiene coste.
Si hace falta un arreglo de última hora se envía al Marco Polo de turno por la ruta de la seda (o del Shein) hasta el chino de la villa y se completa el atuendo.
Yo me imagino al encargado negociando con el mercadillo eventual o el rastro de la población los trajes en cada tenderete: tú, el de los sellos, vas a ir del Séptimo ídem y tú, el de los calcetines, te vas a calzar estas polainas.
Los más específicos o sofisticados incluyen gallardetes y banderines, algunos escudos de marquetería, levemente historiados, y otros un puesto de cetrería, porque los halcones y las águilas visten mucho en la cosa heráldica.
Me consta, además, que hay innovaciones. A veces suelen ser radicales y el mercado pasa a ser romano o fenicio, es decir, cambiando las polainas por túnicas, eso sí, sin tocar las mercancías.
Otras son más sutiles y algunos años adquieren el matiz de especialización, bien "jacobeo" o "renacentista", pero a poco que uno indaga ni aparece por allí el caballo blanco de Santiago, ni siquiera el actor que haga de cardenal Cisneros.
Eso sí, la tortilla jacobea y el gazpacho renacentista, estarán más ricos que nunca.
Fue una pena que con la Covid dejaran de celebrarse algunos años, porque ahí sí hubieran dado su verdadera dimensión apocalíptica.
Un mercadillo medieval con su buena peste negra, es una atracción insuperable.
(Imagen: el Jueves de Sevilla, abierto desde 1292, este sí, un verdadero mercadillo medieval.)
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