Cuando yo era más joven, quiero decir mucho más joven, bajo mi ventana de enero que yo había de abrir para espantar el sofocante abrigo de la estufa madrileña, había una pandilla, Nicks o Sharks, que todas las tardes fumaban María.
Fumaban o fumábamos porque como en un altar de quinario la columna de humo ascendía salomónica hacia el primer piso en el que me apostaba... (aunque yo no hubiera apostado un céntimo por mí)
Todavía recuerdo la primera impresión: María, María, María... I've just known a "scent" called María.
Al menos dormía feliz y conseguía ir sin nervios a los exámenes...
Sospecho que después de seis años de oración y botafumeiro debí de desarrollar alguna dependencia, porque al principio el incienso sevillano no me satisfacía y volvía de ver cofradías algo nervioso.
El caso es que esta tarde de frío y Pino Montano, apurando un café que hubiera debido ser un té, se me apareció otra vez la María, más magdalena que nunca.
Otra vez participaba del colectivo rito de ajumar la pipa de la paz -mucha paz y buen rollo-, y todo mi pasado, fórmulas electromagnéticas incluidas, volvió hacía mí en torrentera mientras apurábamos el canuto proustiano.
No diré que me sienta un Escohotado pero poco me falta: feliz en mi paraíso artificial de redes sociales de pronto he recordado que quizá la OMS lo que recomienda es una copa de vino al día y no una botella.
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