viernes, 22 de agosto de 2008

Una lengua alienígena

En el siglo noveno se produjo una súbita
ocupación de la Llanura Panonia por las siete
Tribus Magiares. Estos pueblos nómadas
procedían de los montes Urales o, más al norte
de Rusia, de la Península de Kola. A lo largo de
diez siglos dominaron la Europa transdanubiana
y alcanzaron su apogeo durante la monarquía
bicéfala de Austria-Hungría. Tras la Primera
Guerra Mundial su territorio se redujo en dos
tercios, tras la Segunda Guerra Mundial fue
la única nación que se reveló contra la Unión
Soviética, en1956, doce años antes de la
Primavera de Praga y treinta y tres años
antes de la caída del muro. O al menos eso
es lo que dicen los libros de historia e incluso
Google, pero nadie avisado ignora que este
pueblo orgulloso de sólo diez millones de habitantes
(del tamaño y población de Andalucía) es de
origen extraterrestre, como confirman muchas
y variadas fuentes. Cuando el célebre físico nuclear
italiano Enrico Fermi se preguntaba obsesivamente
por la ausencia de vestigios de inteligencia
ultraterrena en el universo, su colaborador
Leo Szilard, precursor de la bomba atómica,
lo miró fijamente a los ojos y le dijo muy en serio:
“ya estamos aquí, nos llaman húngaros”.
Y es que los magiares han desarrollado una
misteriosa capacidad para la ciencia y la tecnología,
reconocida por una decena de premios Nobel
(recordemos que España apenas llega a siete,
de los cuales cinco no cuentan porque son de
Literatura), que ha producido, entre otras muchas,
las siguientes invenciones y descubrimientos, a cual
más inquietante: el bolígrafo y el carburador, la
bomba H y la vitamina C (fuente de la eterna
juventud), el ordenador y el Basic, la holografía...
Aparejos todos de muy extendido uso y
absolutamente requeridos para construir una
nave espacial como las de Star Trek y asegurar
una larga travesía, en la que el aburrimiento
intergaláctico se puede evitar (o no) visionando
“Casablanca”(Michael Curtiz se llamaba en
realidad Manó Kertész Kaminer) o practicando
cálculo manual con el endiablado cubo de Rubik.
Como se ve, a poco que se investigue, no se hallará
ámbito de la tecnología humana donde no aparezca
un húngaro extraterrestre. La mayoría de ellos,
por costumbre o educación, se someten a las
convenciones humanas, otros como Henry Houdini,
Johnny Weissmüller o Bela Lugosi han hecho
exhibición sin pudor de sus facultades sobrenaturales.
Por cierto, que Hungría tiene el índice más alto
de suicidios y el menor de creencias religiosas,
lo cual, a todas luces, no es sino una forma de
ocultar las misteriosas transmigraciones a las que
han sido siempre muy aficionados los extraterrestres.
Por algo ilustró Stanley Kubrik las apariciones del
monolito de “2.001 Una Odisea en el Espacio”
con la música cósmica del húngaro György Ligeti.
La lengua magiar es la única no indoeuropea del
continente, con el estonio, el finés y el vascuence.
Cualquier turista en Budapest podrá comprobar su
origen absolutamente sideral, con todas esas K’s
como naves nodrizas y esos acentos voladores como
cazas. Para un terrícola es imposible entenderse en
este idioma. Durante el Imperio se hablaba el alemán
como lengua franca y, durante el control soviético,
el ruso, por eso nadie habla todavía inglés. Esto es
un problema grave para el desarrollo económico de
Hungría: Budapest sería una inmensa Barcelona
y Madrid, Viena. Budapest, cuando más y mejor ha
crecido, ha sido en el ámbito germánico. Pero los
húngaros son extraterrestres y pueden permitirse
una lengua minoritaria, emigrar, vivir de sus inventos.
Me pregunto qué sería de nosotros, los iberos, los
terrícolas mas pegados al terruño del planeta,
criaturas casi del subsuelo, si nos decidimos un día a
abrir de par en par las entornadas compuertas
de la torre española de Babel.

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