[Libia, 21 de febrero de 2015]
Habíamos borrado
el nombre de Jesús de Nazaret
y su bonita
historia:
ese cuento de hadas
que arrullara a Pascal en las noches de abismo,
ese film de la Disney
que entretuvo a Descartes
e inquietaba a Unamuno.
Cosas, en fin, de niños y de bobos…
Que por algo teníamos pantallas,
pantallas y pantallas de pantallas,
toda una gran pirámide de luz
a mayor gloria de Horus.
Y he aquí, de repente, ante nosotros,
con la veste naranja de los condenados,
ventiún hombres justos.
No miréis a la Bestia detrás de la pantalla,
mirad sus labios puros,
cómo dicen el Nombre que atravesó el desierto
desde los días de Atanasio
-no digas que fue un sueño, Alejandría-
sobre lenguas de fuego.
El mar de Galilea recoge vuestra sangre
como un cáliz inmenso y un sudario infinito,
Oigo, mientras escribo, la carcajada,
la carcajada truena desde antes del mundo,
pero miro la sangre,
cómo entra la sangre por la puerta de casa.
La risa es un cuchillo para cortar cabezas.
Ventiún hombres justos,
ventiuna coronas sobre el cielo de Egipto.
3 comentarios:
Todos somos coptos. Cuánto me entristece la indiferencia de lo que era la Cristiandad occidental. Ex Aegypto, lux. Gracias por este peristephanon tan hermoso.
Preciosa su muerte, preciosa su sangre, precioso su himno.
Muchas gracias, Daniel.
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