Sevilla, como Venecia o Nápoles, de todos manoseada, de todos deseada, de todos vilipendiada o repudiada.
¿Qué saben de ti quienes ignoran
que son siglos los que hacen falta para comprender el idioma de tus campanas?
Más fría de lo que dicen los
desengañados y más ardiente de lo que sueñan los fervorosos, qué difícil explicar
una ciudad que es, antes, una idea y luego una civilización.
Como dijo Chaves Nogales, en ella
se agolpan los estratos de veinte siglos, de veinte edades de España.
Madre y madrastra, adorable por
mil razones y por otras mil, que no diremos, frustrante y cercenadora.
No existes, pero existes en
"Los borrachos" de Velázquez o en "Las Hilanderas... en los
niños de Murillo y en "Las novelas ejemplares" de Cervantes.
De error de amor habló Cernuda al
recusar el fervor de José María Izquierdo... Cernuda, quien nos dejó el mayor
testimonio de fervor en ese "Ocnos" sin nombres propios.
Está uno cansado de dar
explicaciones.
No me gusta la caricatura de la
ciudad, pero menos aún quienes denostan la caricatura.
Y menos aún me gusta el fervor de
quienes desconocen la urdimbre que atiranta a la ciudad.
¿Sabrán que antes de la feria y
de las exposiciones fue la ciudad, y aún quiere serlo, extremadamente
conventual y replegada en sí?
Sevilla se parece a su
literatura, que es la de España, con su Guzmán de Alfarache, su Blanco White,
su Bécquer, sus Machados y sobre todo sus silencios.
No hay una forma legítima o
verdadera de corresponder al destino de la ciudad, porque esta entelequia acaso
solo aspira a hacer verdad la idea occidental de la polis, de la urbe romana,
pero con la desidia espiritiual o la indolencia del oriente de occidente de que
hablaba Yourcenar.
Por eso, nada más -y nada menos-
sevillano, que el silencio, que la transparencia, que la lejanía y la
ocultación.
Sevilla es más Sevilla cuando
retorna intramuros, cuanto más calor hace, cuanto más silencio escuches, cuanto
más solo estés y te haga sentir.
Sevilla no está en los Alcázares,
nunca lo ha estado, sino en las huertas de la Alameda, en las casapuertas de
San Bernardo, en el Camarón de las Tresmil.
Y en la Epístola Moral.
Fabio, las esperanzas
cortesanas...